La rueda de las emociones que te ayuda a saber por qué explotas (y cómo desactivarte antes)
Por el equipo de Redacción de El Periódico de la Psicología
Hay días en los que sientes algo raro. No es tristeza, pero tampoco es enfado. Es como una mezcla de hormigueo en el pecho y ganas de mandar todo a freír espárragos. Y cuando alguien te pregunta “¿qué te pasa?”, lo único que sabes decir es “no lo sé, pero no me toques los ovarios”. A todos nos ha pasado.
Pues bien, a finales de los 80, un psicólogo llamado Robert Plutchik se cansó de que las emociones fueran un cajón de sastre y decidió ponerles orden. No era un cualquiera: llevaba décadas estudiando cómo reaccionamos los primates (incluidos los humanos de traje y corbata). Y se sacó de la manga una herramienta visual que aún hoy me parece una mariconada de bonita y útil: la rueda de las emociones.
Si nunca la has visto, imagina una flor de ocho pétalos, o mejor, un pastel de cumpleaños al que le han dado un mordisco desde arriba. En el centro, las emociones más intensas (éxtasis, terror, admiración). En los bordes, las más suaves (serenidad, preocupación, aceptación). Y alrededor, ocho colores que representan los ocho sentimientos básicos que, según Plutchik, compartimos con los perros, los chimpancés y hasta con tu cuñado cuando le quitan el postre.
¿Cuáles son? Alegría, confianza, miedo, sorpresa, tristeza, aversión, ira y anticipación. Cada una tiene su opuesta, como en un combate de boxeo: la alegría contra la tristeza, la confianza contra la aversión, el miedo contra la ira… y la sorpresa contra la anticipación (esto último tiene su miga, porque quien vive anticipando desgracias apenas se sorprende de nada, ¿verdad?).
Lo bueno no es solo que las nombres, sino que las combina. Porque la vida real no es un sentimiento puro, sino un batiburrillo. La alegría + confianza da amor (no el amor de película, sino ese querer estar al lado de alguien). La tristeza + sorpresa da decepción. La ira + aversión da desprecio. Y la anticipación + alegría… eso es el optimismo, o lo que es lo mismo, la tontería de creerte que este año sí vas a apuntarte al gimnasio.
Uso esta rueda a menudo en consulta, sobre todo con gente que viene diciendo “no sé lo que siento”. Les pinto la rueda en una servilleta de papel (soy muy cutre para los materiales caros) y les digo: “Señala la emoción que más se parezca a tu ruido interior”. Y funciona. Porque ponerle nombre a algo que te duele ya es medio domarlo. Es como cuando te duele la tripa y el médico dice “es apendicitis”: duele igual, pero al menos sabes por dónde van los tiros.
También la uso con adolescentes que viven permanentemente enfadados. Les muestro la rueda y les pregunto: “¿Seguro que es ira o debajo hay miedo o tristeza?”. Y entonces, a veces, se les cae la careta y aparece un enano asustado. La rueda de Plutchik tiene eso: te obliga a mirar las capas. Porque la rabia casi siempre es un escudo, y detrás hay un rencor o un miedo a que le den por culo a uno.
Eso sí, no todo es perfecto. A la rueda se le han puesto muchas pegas con razón. Por ejemplo, que las emociones no son compartimentos estancos; que la cultura las moldea (la “vergüenza” en Japón no es lo mismo que en Sevilla, por mucho que Plutchik lo metiera en algún pétalo); y que pretender que todo encaje en un diagrama de colores es un poco como intentar explicar un atasco con un plano de metro. Pero oye, como herramienta de andar por casa, es mejor que decir “estoy raro”.
Al final, la rueda no deja de ser un mapa. Y los mapas no son el territorio, pero sin ellos nos pasamos la vida dando vueltas por la misma glorieta. Así que si hoy te sientes mal y no sabes por qué, búscala en Internet. Imprímela. Pega un chincheta en la nevera. Y la próxima vez que alguien te pregunte “¿qué te pasa?”, en lugar de mandarlo a la mierda, señálale un pétalo. O dos. O tres. Porque sentir es un lío, pero nombrarlo ya es medio deshacerlo.
Artículo publicado originalmente en la edición de febrero de El Periódico de la Psicología. Si te ha gustado, la próxima semana hablamos de por qué la envidia no siempre es verde y de cómo el asco puede salvarte la vida.
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