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Hay preguntas que no son síntomas. Son, más bien, señales de que algo profundo se ha puesto en marcha. “Qué extraña es la vida, qué extraño es vivir, ¿por qué? ¿para qué?”. No es una frase que suela aparecer en un manual diagnóstico. Pero sí es una de las puertas de entrada más honestas a eso que la psicología existencial lleva décadas intentando nombrar: la búsqueda de sentido.
La canción popular lo sabía antes que muchos tratados. “Qué extraña es la vida”, cantaba Pedro Flores, “cuántas verdades no se comprenden y sin embargo son la verdad” . La extrañeza no es un defecto de la percepción. Es una experiencia humana legítima, a menudo el primer peldaño de una pregunta más honda.
La extrañeza como umbral, no como patología. Viktor Frankl, psiquiatra y fundador de la logoterapia, planteó que la pregunta correcta no es solo “¿por qué?” sino “¿para qué?”. En su perspectiva, no importa tanto lo que esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros . Esa inversión cambia el eje. La extrañeza de vivir deja de ser un callejón sin salida y se convierte en una interpelación.
Frankl hablaba de la “voluntad de sentido” como un motivo humano primario. Cuando esa voluntad se frustra, aparece lo que llamó “vacío existencial”, un malestar que no siempre se presenta como tristeza clínica, sino como esa sensación difusa de que algo falta, de que la vida transcurre pero no termina de “sabernos” . La pregunta “¿para qué?” no es, entonces, un capricho filosófico. Es una necesidad psicológica.
Lo que la investigación confirma
La evidencia contemporánea respalda esta intuición clínica. El sentido de la vida se ha consolidado como un factor protector frente a la ansiedad y la depresión. Diversos estudios muestran que las personas que perciben sus vidas como significativas presentan menores niveles de sintomatología ansiosa y depresiva, incluso en contextos de adversidad . No se trata de una felicidad ingenua, sino de la capacidad de sostener coherencia incluso cuando las circunstancias no acompañan.
Desde el modelo de terapia de aceptación y compromiso (ACT), la flexibilidad psicológica —la habilidad de estar con emociones y pensamientos difíciles sin luchar contra ellos, orientando la conducta hacia los propios valores— aparece directamente vinculada a la percepción de sentido . La extrañeza de vivir no requiere ser eliminada. Requiere, más bien, ser habitada con cierta apertura.
Las tres vías de Frankl, hoy
Frankl propuso tres caminos para acercarse al sentido: los valores creativos (lo que aportamos al mundo a través del trabajo o la creación), los valores experienciales (lo que recibimos del mundo: el amor, la belleza, el encuentro con otros) y los valores actitudinales (la actitud que elegimos frente al sufrimiento inevitable) .
La pregunta “¿por qué? ¿para qué?” puede recorrerse en cualquiera de esas direcciones. A veces el sentido no aparece en una respuesta intelectual, sino en un gesto: cuidar a alguien, sostener un proyecto, aceptar una pérdida sin claudicar del todo. La extrañeza no desaparece, pero deja de ser angustia pura y se convierte en asombro, o al menos en posibilidad.
Un cierre sin receta
Desde El Periódico de la Psicología no pretendemos responder a la pregunta que el lector trae. Sería una falta de respeto a la complejidad de su experiencia. Lo que sí podemos decir, con el respaldo de la tradición humanista y de la investigación actual, es que esa extrañeza no indica que algo esté roto. Indica que algo está vivo.
La vida sigue siendo extraña. Vivir, también. Pero entre el “¿por qué?” y el “¿para qué?” hay un espacio. Ese espacio es donde la psicología, cuando tiene alma, puede acompañar.
Este artículo se inscribe en la línea editorial de El Periódico de la Psicología (ISSN 2696-0850), un medio que cree en una psicología viva, humana y compasiva, capaz de mirar lo invisible y de tender puentes entre la ciencia y el corazón . www.elperiodicodelapsicologia.info