Salud y paisaje

Autor: Yago Cavaller

La naturaleza y la vida están sostenidas por una compleja red de hábitats y ecosistemas formados por una enorme diversidad de especies. Las relaciones que se establecen entre ellas —su comportamiento, colaboración, evolución y etología— hacen posible un equilibrio natural tan preciso como frágil. Un equilibrio que, cuando se observa con atención, se revela como una lección magistral para cualquiera que proyecte espacios habitados.

La simple observación —y más aún, la participación— en los procesos que rigen la dinámica de los ecosistemas naturales, provoca una experiencia estética que trasciende, con mucho, a las cualidades plásticas de los elementos naturales aislados, ya sean vivos o inertes. No es el árbol como objeto, sino como proceso, como sistema vivo integrado en una red mayor.

Ver cómo una abeja o una mariposa va de flor en flor polinizando pistilos y estambres, para que esas flores generen, semanas después, pequeños frutos que, acabarán alimentando a los pájaros que cada mañana nos despiertan con su canto, es una maravilla muy difícil de superar. Es la belleza de lo útil, de lo necesario, de lo perfectamente engranado. Una belleza que no se diseña, pero que puede —y debe— ser acogida por el proyecto el paisaje urbano.

Esta experiencia estética profunda es, en esencia, la misma que está en la base de la salud que los japoneses bautizaron hace décadas como Shinrin-yoku, los populares “baños de bosque”. Una práctica terapéutica cuyos beneficios saludables, ampliamente documentados por la ciencia, trascienden a lo fisiológico y alcanzan lo emocional, lo cognitivo, lo psicológico e incluso lo espiritual.

No es una intuición romántica, los datos son contundentes. El informe Lancet Countdown 2025 revela que más de 22.000 muertes anuales en España están relacionadas con la contaminación atmosférica. En las ciudades, esta contaminación procede principalmente del tráfico rodado, y es precisamente aquí, donde el arbolado urbano actúa como un aliado silencioso pero eficaz y esencial.

Un estudio de la Junta de Andalucía (2007), titulado “Los sumideros de CO₂”, situaba a la Melia azederach como el árbol urbano con mayor capacidad de absorción entre los analizados: 5,9 kg de CO₂ al año, además de más de 1,4 kg de partículas PM₁₀ y una reducción de hasta 5 ºC en la temperatura sensible durante los episodios de calor extremo. Datos que convierten al árbol, en una infraestructura climática de primer orden.

Un análisis internacional que involucró a 744 ciudades europeas concluyó que, aumentar la cobertura arbórea urbana en tan solo un 5 %, podría prevenir alrededor de 5.000 muertes prematuras al año, gracias a la reducción de la contaminación y otros efectos ambientales. Si hiciéramos un cálculo sencillo, podríamos estimar cuántas vidas salvan los árboles urbanos cada año… y también cuántas muertes prematuras provocan decisiones políticas y técnicas que permiten la pérdida masiva de arbolado, como ocurrió cuando más de 10.000 árboles del casco urbano de Barcelona, se dejaron morir por falta de riego durante los recientes periodos de sequía.

Resulta paradójico que, aun siendo enormes los beneficios fisiológicos del verde urbano, los beneficios mentales, anímicos y psicológicos, sean todavía mayores. Durante la sequía severa entre 2021 y 2024, psicólogos y psiquiatras comenzaron a hablar de una nueva patología: la ecoansiedad. Una afección especialmente presente en adolescentes y jóvenes, alimentada por noticias alarmistas sobre la destrucción del planeta y agravada al ver morir de sed los árboles de su propia calle.

Lo más curioso —y quizá lo más ignorado— es que los árboles no podrían ofrecernos ninguno de estos servicios ecosistémicos sin la vida que existe bajo nuestros pies. Hongos, bacterias y microfauna, forman un entramado invisible que hace posible la absorción de agua y nutrientes a través de los micelios, pero también la generación de suelo fértil mediante la descomposición de la materia orgánica procedente de las hojas que desprenden naturalmente los árboles.

El suelo está vivo y es esa vida, la que sostiene al árbol. Sin embargo, en el diseño urbano solemos mirar solo la parte aérea, olvidando que lo más importante de cualquier planta son sus raíces y el volumen de suelo vivo que pueden explorar. Compactar, sellar o destruir la estructura del suelo es, en realidad, condenar al árbol a una lenta agonía.

Para beneficiarnos plenamente de las ventajas que nos ofrece la vegetación, no basta con plantar y cuidar árboles: es necesario sentirse cerca de ellos, percibir la proximidad de lo vivo. Sentirse parte y conectado a la vida y a la naturaleza. Esa necesidad profunda de conexión fue definida por el biólogo Edward O. Wilson como biofilia: el anhelo humano de pertenecer a la vida.

Gran parte de la belleza y del bienestar que nos genera la naturaleza, no procede únicamente de su estética, sino de sus procesos, de su dinamismo, de su precisión y de su economía perfecta. En la naturaleza no hay nada superfluo, no falta ni sobra nada. Cada ser vivo ocupa su lugar y, a través de su comportamiento y cooperación, contribuye a un equilibrio armónico que nos transmite paz y bienestar.

Tal vez el reto del urbanismo contemporáneo, no sea solo diseñar ciudades más eficientes, sino ciudades más vivas y verdes. Ciudades que entiendan la naturaleza no como decoración, sino como estructura esencial de la salud y el bienestar humano. Y ahí, la arquitectura y los paisajistas tenemos una responsabilidad —y una oportunidad— extraordinaria que no debemos ni podemos desaprovechar.

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