¿Se hereda el dolor psíquico y el emocional en el ADN?

Un viaje entre la ciencia, la memoria y la sanación
Por El Periódico de la Psicología. Barcelona. 25.08.2025

“Tengo un dolor que no entiendo, como si no fuera mío, como si viniera de más atrás…”
Esta frase, pronunciada por muchas personas en procesos terapéuticos, abre una pregunta inquietante y profundamente humana: ¿es posible que el sufrimiento emocional se transmita de generación en generación? ¿Puede el ADN guardar la huella del trauma vivido por nuestros antepasados?

Durante mucho tiempo, la genética fue entendida como un guion fijo, inamovible. Pero los avances en epigenética están revelando algo fascinante: no solo heredamos genes, sino también marcas emocionales que modifican la expresión de esos genes, especialmente cuando han sido activadas por experiencias intensamente dolorosas.

La epigenética es una rama de la biología que estudia cómo el entorno —incluyendo el estrés, las relaciones, las vivencias emocionales— puede modificar la expresión genética sin alterar la secuencia del ADN en sí. Es como si los genes fueran teclas de un piano, y las experiencias fueran las manos que deciden qué notas se tocan, cuándo y cómo.

Estas modificaciones, llamadas marcas epigenéticas, pueden ser transmitidas a la descendencia. Es decir, el trauma emocional vivido por una persona puede dejar señales bioquímicas que afectan a las siguientes generaciones.

Uno de los estudios más impactantes fue realizado por Rachel Yehuda y su equipo en Nueva York. Investigaron a hijos de sobrevivientes del Holocausto y descubrieron alteraciones en los niveles de cortisol —la hormona del estrés— tanto en los padres como en los hijos. Algo similar ocurrió en descendientes de veteranos de guerra, sobrevivientes de abuso, y víctimas de desastres naturales.

Otro experimento, realizado en ratones, demostró que si una generación era expuesta a un olor asociado a un trauma (como una descarga eléctrica), sus crías reaccionaban con miedo al mismo olor, aun sin haber vivido nunca la experiencia traumática. La información emocional se había transmitido biológicamente.

Estos estudios no solo hablan del dolor: también abren una puerta a la esperanza. Porque si algo se puede transmitir, también se puede sanar.

Heredamos más que biología: también historias no contadas

Muchos dolores emocionales que cargamos hoy no siempre tienen una causa evidente en nuestra vida presente. A veces sentimos una tristeza antigua, un miedo inexplicable, una vergüenza que no sabemos de dónde viene. La terapia familiar sistémica y las constelaciones familiares han explorado esta transmisión invisible, no solo desde la biología, sino también desde el inconsciente familiar y colectivo.

La ciencia y la psicología comienzan a encontrarse en este punto: hay memorias no habladas que siguen vivas en los cuerpos de quienes vienen después. Cuando algo no puede ser expresado, a menudo se convierte en síntoma.

¿Qué hacemos con esta herencia?
No se trata de culpabilizar a los ancestros ni de resignarnos al destino biológico. Se trata de reconocer que llevamos historias dentro. Algunas son fuentes de fuerza y sabiduría, y otras, de heridas sin cerrar.

La buena noticia es que la epigenética también muestra que estas marcas pueden revertirse. La neuroplasticidad del cerebro, las prácticas de autocuidado, el vínculo terapéutico y el trabajo emocional profundo pueden activar genes de reparación, calma y resiliencia.

De hecho, estudios han mostrado que intervenciones como la escritura terapéutica, la meditación, la expresión emocional, el acompañamiento terapéutico, el ejercicio físico y el contacto con la naturaleza pueden generar cambios epigenéticos positivos.

Escribir para sanar lo heredado
Una de las formas más profundas de empezar a sanar es dar palabra a lo que nunca fue dicho. La escritura terapéutica puede ser una herramienta poderosa para explorar esta dimensión transgeneracional. Te invitamos a probar este ejercicio:
Ejercicio: Carta al ancestro invisible
Cierra los ojos y piensa en una emoción que te duele, pero que sientes que no te pertenece del todo.
Imagina que esa emoción tiene raíces antiguas.

Escribe una carta dirigida al “ancestro invisible” que pudo haber sentido algo parecido.
“Querido ancestro,
Hoy siento un miedo que no entiendo del todo. Tal vez tú lo viviste. Tal vez tu historia quedó sin voz. Hoy te escribo no para juzgarte, sino para comprender. Gracias por la vida que me diste. Hoy tomo lo que necesito y devuelvo con amor lo que ya no me corresponde…”

Este acto de conciencia y compasión puede marcar el inicio de una transformación silenciosa y liberadora.

Somos el puente entre lo que fue y lo que puede ser
Sí, heredamos más que el color de ojos o la forma de la nariz. También recibimos emociones, memorias y huellas de quienes vinieron antes. Pero no estamos condenados a repetir su historia. Cada uno de nosotros puede convertirse en un punto de inflexión, en un eslabón consciente que transforma el dolor en comprensión, y la herencia en libertad.

Cuando nombramos lo innombrado, cuando escribimos lo que no se dijo, cuando sentimos con amor lo que dolió sin culpa, algo cambia. No solo en nosotros, sino en las generaciones futuras.
Porque sanar uno, es comenzar a sanar muchos.

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