Ser o Tener de Erich Fromm

Si hay un pensador del Siglo XX al que vale la pena desempolvar ese es Erich Fromm

El pensador incómodo que se fue de casa

Fromm llegó a Nueva York en 1934 huyendo de los nazis, abrió consulta en Columbia y se codeó con los pesos pesados de la Escuela de Fráncfort. Pero pronto chocó con sus colegas: Fromm era demasiado humanista para ellos. Mientras Adorno y Horkheimer se enrocaban en la crítica del capitalismo, Fromm insistía en que el malestar psicológico no podía tratarse sin comprender las condiciones sociales que lo generaban, pero tampoco al revés. Se fue del Instituto y siguió su propio camino: una mezcla compleja de psicoanálisis, filosofía existencial, espiritualidad judía y una curiosidad infinita por entender qué hace que una vida merezca la pena vivirse.


El dilema que nos atraviesa: ¿Ser o Tener?

Libro publicado originalmente en 1976, ¿Ser o Tener? se convirtió rápidamente en un fenómeno editorial y en un libro de culto para la generación del 68, que reconoció en sus páginas el malestar que ya empezaba a sentirse en las sociedades de consumo. El título suena a pregunta filosófica de domingo, pero para Fromm era mucho más concreto: se refería a dos modos radicalmente distintos de estar en el mundo.

El modo Tener. Bajo este orientación, la relación con el mundo se reduce a una operación de posesión. Todo —cosas, personas, conocimientos, títulos, afectos— puede convertirse en objeto de propiedad. La vida se vuelve una carrera por acumular: casas, diplomas, amantes, experiencias. Pero ahí está la trampa: cuando uno se define por lo que tiene, la pérdida de eso se experimenta como pérdida de uno mismo. Fromm lo describía en términos casi clínicos: los objetos se convierten en extensiones del propio ser, y la angustia aparece en cuanto alguien los amenaza.

El modo Ser. Aquí la cosa cambia de registro. Ser no es una cualidad estática ni un logro que se alcanza de una vez para siempre. Es un hacer continuo, una actividad interior. Para Fromm, ser significa renovarse, crecer, fluir, amar, trascender la prisión del ego aislado. Implica usar productivamente las propias facultades, dejarse afectar por el mundo y responder a él con autenticidad, sin necesidad de posesiones que respalden la existencia. En sus propias palabras: «la propiedad funcional es una necesidad real y existencial del hombre; la propiedad institucional satisface una necesidad patológica, condicionada por circunstancias socioeconómicas». Es decir, necesitamos comida, abrigo, herramientas. Pero necesitar un coche último modelo para sentir que valemos algo ya es otra historia.

La sociedad que nos moldea para acumular

Fromm no era iluso. Sabía que el capitalismo no solo produce bienes, sino también subjetividades. Si el sistema recompensa la competitividad, la avaricia y el afán de lucro, termina produciendo personas que encarnan esas características y castigando a quienes no encajan. Y lo más turbio: la mayoría no advierte que lo que cree verdadero y evidente es, en buena medida, una ilusión inducida por el mundo social en el que vive.

Esa fábrica de deseos tiene un efecto paradójico: mientras más se consume, más crece la insatisfacción. El paraíso prometido por la revolución industrial —más bienes, más vida, más progreso— no ha traído la felicidad prometida. Al contrario: extiende la miseria, profundiza la desigualdad y genera peligros ecológicos y sociales que ya nos resultan familiares.

¿Qué puede hacer la psicología con todo esto?

La pregunta clave que Fromm dejó sobre la mesa —treinta años después de su muerte, mientras seguimos enganchados al carrusel de comprar, mostrar y acumular— sigue siendo terriblemente actual: ¿una persona puede ser psicológicamente sana en una sociedad enferma? Desde su perspectiva humanista, el bienestar mental no puede desvincularse de las condiciones sociales que lo hacen posible (o imposible). Una terapia que se limite a ajustar al individuo al sistema sin cuestionar sus premisas fundamentales es, para Fromm, parte del problema, no de la solución.

Pero Fromm no era un profeta del apocalipsis. Creía que el cambio empieza por hacerse una pregunta sencilla y devastadora: ¿para qué quiero vivir?. Y advertía que esa pregunta no puede responderse desde los catálogos de posesiones que el mercado nos ofrece. Hay que examinar, en carne propia, qué es lo que realmente da sentido a una vida.

Esa pregunta, quizás, sigue siendo lo más revolucionario que nos dejó.

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