La evolución de la sociedad y su efecto sobre los valores humanos
Claudio Naranjo
Construyendo el mundo conscientemente
En un congreso reciente en España sobre la necesidad de una nueva educación se planteó que ésta debería ser “desde la vida y para la vida” y creo que la acción de tomar la frase para la economía no sólo es válida, sino que tomar ese título resultará inspirador.
Es evidente que el orden de la economía perjudica al mundo, de modo que no puede servir a la vida, y se puede argumentar que ni los procedimientos de la vida ni el significado de la expresión “naturaleza humana” nos son de fácil comprensión. Pero debería haber insertado el significado al final de la frase anterior y, por lo tanto, la mayoría de la gente insistirá en que nuestra economía es precisamente la expresión de la “naturaleza humana”, tan problemática que llevó a Hobbes a afirmar que, como humanos, somos como lobos en ese sentido.
Entonces, decimos que la naturaleza humana es la condición sana y es virtuosa y superior a las perversiones de la naturaleza humana que se caracterizan por las “pasiones inferiores”. La condición superior de la naturaleza humana la conocemos principalmente a través de esfuerzos individuales aislados por elevar la condición ordinaria de la humanidad en gran parte de nuestra cultura, instituciones, estilos de vida y opiniones dominantes, de modo que la única forma de explicar la expresión de una mentalidad anormal, pero para los ciegos, es la similitud de los psicóticos que creen que son normales. Nuestra misma civilización ha conocido a lo largo de la historia la condición anormal y disfuncional.
Es esto lo que afirma el famoso mito de la caída en el judeocristianismo, presente también en otras culturas como la de la India, Grecia y el México precolombino. Podemos descifrar la metáfora implícita de la “gota”, que dice que la tradición que quieren comunicar es una degradación progresiva de la conciencia humana a lo largo de la historia. Hemos perdido, según esta visión, nuestra virtud, cayendo en el pecado. Hemos perdido también nuestra sabiduría, volviendo a la “ignorancia” de nuestras circunstancias reales y a la confusión de tal manera que debería interesarnos recuperar nuestra misma conciencia, que ha caído en una especie de sueño que tantas pesadillas produce a los individuos y a los colectivos.
Así se pensaba antes de que la concepción darwiniana de la evolución biológica de las especies llegara a servir a la era industrial como argumento de la nueva doctrina del progreso tecnológico, que nos lo confirmó hasta que, de repente, nos enteramos de las crisis reales, que al principio sólo se presentaron como financieras, y después como económicas, ecológicas, etc. Después de eso, la gente empezó a cuestionarse sobre la sostenibilidad de lo que hemos llamado nuestra civilización.
Pero así como los individuos sólo son capaces de conocer su condición anormal después de un despertar de su conciencia de que su tiempo requiere un proceso de transformación, también en la esfera sociocultural y en nuestra economía sólo tenemos una percepción imperfecta de nuestra aberración colectiva y menos podemos ver el estado potencial de la salud del colectivo, lo que hace que el tema que he elegido parezca aún más cuestionable que la simple utopía.
Pero ¿no pueden decirse otras cosas sobre la economía que sean coherentes con la salud de nuestra vida emocional y de nuestras relaciones? En primer lugar, me propongo examinar una tesis posterior que no se ha considerado en las publicaciones de los expertos: la de que a lo largo de la historia hemos interpretado simplemente cómo “lo malo” y “lo injusto” ha resultado del desequilibrio entre la madre y el padre y el hijo de la familia nuclear. Este desequilibrio fue instituido en todos los pueblos de las civilizaciones y en el derecho romano que vino a formular la institución de las familias paternas, según la cual tanto la mujer como los hijos son propiedad del hombre y deben serle completamente obedientes.
Naturalmente, la subordinación de la mujer al hombre en las familias ha tenido su eco colectivo en la opresión, explotación y generalización de la mujer en la esfera económica, la devaluación de la mujer en la esfera cultural y su casi expulsión de la vida política y religiosa. Así, lo que llamamos la “historia de la civilización” fue, hasta hace muy poco, la historia de hombres que gobernaban sociedades y se orientaban como guerreros y valores negociables que descuidaban los valores materiales o empáticos que se centraban en la vida y la comunidad.
Desde el descubrimiento de Bachofen a finales del siglo pasado, la existencia de “matriarcas” (como las llamamos ahora), antes de la instauración del patriarca dominante de la sociedad, otras antropologías y estudios de la metodología han interpretado la transición entre el mundo materno y el paterno como una de las etapas de esa caída mítica de la especie humana entre una condición arcaica más satisfactoria. Sin embargo, en vista de la dificultad de poder pensar en una reconstrucción convincente de la prehistoria, se conviene en que, al hablar del orden patriarcal y de sus desventajas, no nos apoyamos tanto en el análisis de los datos históricos, sino simplemente en el presente, en el que la prevalencia del espíritu materno y paternal sobre nosotros se evidencia en el hecho de que vivimos en una sociedad de mínima solidaridad donde prevalece la competencia sobre la cooperación, el afecto y la agresión al individualismo del bien común.
Además de este predominio de los aspectos “masculinos” sobre los correspondientes “femeninos”, también está omnipresente en la vida de la civilización el carácter represivo de la sociedad, que opera como si el proceso de civilización se definiera implícitamente como el control racional sobre la espontaneidad de los niños y los animales.
Acabo de llamar “mente patriarcal” a aquello en que se producen al mismo tiempo un eclipse sistemático del aspecto maternal y empático de nuestra mente y el aplanamiento de eso que somos capaces de llamar el “niño interior” en nosotros con la espontaneidad inocente de sus deseos y el hallazgo del placer de su satisfacción.
Claudio Naranjo
Profesor universitario chileno con amplia trayectoria a sus espaldas, iniciada cuando en 1959 se graduó como médico.
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