Hay una forma de cansancio que no se cura durmiendo. Es la que aparece después de haber dicho “sí” cuando querías decir “no”. La que queda flotando tras una conversación en la que mediste cada palabra, cada gesto, cada silencio. La que se instala cuando, antes de tomar una decisión —grande o pequeña—, tu mente ya está preguntándose: ¿qué pensarán?.
Por Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
No hablamos de ese momento puntual en el que nos importa la opinión de alguien a quien queremos. Eso es humano y hasta necesario. Hablamos de otra cosa: de cuando el criterio ajeno deja de ser una referencia y se convierte en tribunal. De cuando la aprobación externa funciona como una droga de efecto rápido y resaca lenta. De cuando vivir pendiente de la mirada del otro nos aleja, poco a poco, de nuestra propia voz.
La psicología lleva décadas nombrando este fenómeno. Se ha hablado de dependencia emocional, de necesidad de aprobación, de locus de control externo, de personalidad complaciente. Pero más allá de las etiquetas, lo que hay es una experiencia muy concreta: la sensación de que no somos suficientes por nosotros mismos. Como si nuestro valor necesitara una firma externa que lo valide.
El espejo que nos enseñaron a mirar. Desde pequeños aprendemos a leer el rostro de los demás. Un bebé busca la cara de su madre o de su padre para saber si el mundo es seguro. Esa mirada primaria no solo nos calma: nos enseña quiénes somos. Si nos sonríen, existimos. Si nos ignoran, algo falla. Si nos corrigen con dureza, aprendemos que ser como somos puede costarnos el afecto.
Con el tiempo, ese espejo se multiplica. La escuela, los amigos, la pareja, las redes sociales, el trabajo. Todos parecen tener algo que decir sobre cómo deberíamos vivir. Y en ese murmullo constante, la propia voz queda a veces ahogada. No porque hayamos dejado de tenerla, sino porque hemos aprendido a desconfiar de ella.
El problema no es escuchar a los demás. El problema es cuando su criterio pesa más que el nuestro hasta el punto de que ya no sabemos qué queremos. Cuando elegimos una carrera para orgullo de alguien, cuando sostenemos una relación por miedo al qué dirán, cuando publicamos una foto pensando en los “me gusta”, cuando callamos una opinión para no incomodar. Ahí la brújula ya no apunta al norte: apunta al otro.
La trampa de la aprobación. La aprobación ajena tiene una cualidad paradójica: calma un momento y genera ansiedad al siguiente. Es un alivio breve, como rascarse una picazón que vuelve. Porque si nuestro valor depende de fuera, nunca está garantizado. Hoy te aplauden, mañana te ignoran. Hoy te quieren así, mañana esperan otra cosa. Vivir en esa cuerda floja agota.
Además, la aprobación no siempre es sincera. A veces se compra con sumisión. Se paga con silencios, con renuncias, con una sonrisa que no sentimos. Y en ese trueque perdemos algo esencial: la coherencia. Esa sensación de que lo que hacemos, decimos y sentimos va en la misma dirección. Sin coherencia, la autoestima se vuelve frágil. No porque seamos débiles, sino porque estamos sosteniendo un personaje que no somos.
No es egoísmo: es salud. A veces se confunde la autonomía con egoísmo. Como si tener criterio propio fuera una falta de respeto hacia los demás. Pero no es lo mismo ser considerado que ser complaciente. Escuchar, tener en cuenta, cuidar los vínculos, sí. Pero a costa de desaparecer, no.
El humanismo psicológico lo ha dicho de muchas formas: la persona sana no es la que se pliega a todos, sino la que puede estar en relación sin perderse. La que puede decir “te escucho, pero no estoy de acuerdo”. La que puede sostener la mirada del otro sin dejar de sostener la propia.
Recuperar el criterio propio no es un acto de rebeldía adolescente. Es un acto de madurez. Es reconocer que tenemos una vida que solo nosotros vamos a vivir, y que las decisiones importantes no pueden delegarse en el aplauso o el ceño fruncido de los demás.
Pequeños gestos de reconquista. No se trata de hacer un cambio radical de un día para otro. La dependencia de la mirada ajena se teje en años y se desteje en detalles. A veces basta con empezar por lo pequeño:
Decir “no” a algo que no queremos hacer, sin justificarnos en exceso.
Elegir una prenda, un plan o una opinión sin consultarlo antes con cinco personas.
Sostener un silencio en una conversación sin llenarlo con lo que el otro quiere oír.
Preguntarnos, antes de decidir: ¿esto me acerca o me aleja de mí?
Permitirnos decepcionar a alguien sin que eso signifique que somos malas personas.
Cada uno de esos gestos es una pequeña devolución de poder. No se trata de no importarles a los demás, sino de que su opinión sea un ingrediente, no la receta completa.
El derecho a ser imperfectamente propio. Hay una libertad que no aparece en los manuales de éxito: la de ser alguien que no le cae bien a todo el mundo. La de tomar decisiones que otros no entenderían. La de vivir sin pedir permiso constante. Esa libertad no es arrogancia. Es la forma más honesta de habitar la propia vida.
No estamos aquí para cumplir el guion que otros escribieron sobre nosotros. Estamos aquí para escribir el nuestro, con tachones, dudas y páginas en blanco. Y quizá, en ese proceso, descubramos algo que la adicción a la aprobación nos ocultaba: que el criterio más importante no está en la mirada del otro, sino en esa voz interna que llevamos años intentando silenciar para que no incomode.
Tal vez hoy sea un buen día para volver a escucharla.
EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850