Un creciente número de investigaciones sugiere que la creatina, ese aliado de los culturistas, podría tener efectos inesperados en la depresión, la memoria y la fatiga mental.
Recuerdo la primera vez que un paciente me preguntó por la creatina. Era un chico de veintipocos, ansioso, que había empezado a entrenar fuerza para “despejar la cabeza”. Me dijo: “Doctor, no sé si es cosa mía, pero desde que tomo el suplemento, los pensamientos negativos no me atacan con tanta fuerza”. En aquel momento, casi lo atribuyo al efecto placebo del sudor y la rutina. Pero hoy, varios años después, los estudios empiezan a darme la razón.
Porque la creatina, ése compuesto que se vuelve a poner de moda cada vez que alguien quiere ganar músculo o mejorar su sprint, podría tener una segunda vida: dentro del consultorio de psicología y psiquiatría. Y no, no estoy hablando de convertirnos en levantadores de pesas con libreta, sino de entender que el cerebro también necesita combustible, y que a veces ese combustible no es solo la glucosa o el oxígeno.
¿Por qué una molécula muscular interesaría a un psicólogo?
La explicación es sencilla, aunque la hayamos pasado por alto durante décadas. La creatina actúa como un reservorio rápido de energía en las células. Permite reciclar el ATP, que es como la moneda de cambio energética de todo lo que hacemos. Y el cerebro, aunque solo pese dos kilos, consume el 20% de la energía del cuerpo. Las neuronas, sobre todo en momentos de estrés, razonamiento complejo o cuando luchamos contra una depresión, demandan una cantidad brutal de combustible. Si ese sistema falla, aparece la fatiga mental, la niebla cognitiva y esa sensación de que el cerebro va a cámara lenta.
Aquí es donde entra el planteamiento de varios equipos de neurociencia: si damos creatina extra, ¿ayudamos a las neuronas a mantener el ritmo cuando están bajo presión? Los primeros resultados, como suele pasar en ciencia, son modestos pero prometedores.
Lo que dicen los estudios (sin aburrir con números)
Un metaanálisis publicado hace un par de años en Neuroscience & Biobehavioral Reviews revisó decenas de ensayos clínicos y encontró algo curioso: la suplementación con creatina redujo significativamente los síntomas depresivos, especialmente en mujeres. ¿Por qué las mujeres? Porque tienden a tener reservas más bajas de creatina en el cerebro debido a los efectos del estrógeno en su metabolismo. Es decir, no es que funcione solo “para ellas”, sino que el déficit de partida es mayor, y al suplementar, el cambio se nota más.
Pero hay más. En personas con fatiga crónica, fibromialgia o incluso en adolescentes sometidos a privación de sueño (esos que estudian hasta las tantas), la creatina mejoró el rendimiento en tareas de memoria de trabajo y redujo la sensación de agotamiento mental. Otro estudio, este más pequeño, observó que pacientes con depresión resistente a los antidepresivos habituales mostraban mejoría añadiendo creatina a su tratamiento. No fue una cura milagrosa, pero sí un empujón significativo.
Ojo: no es un antidepresivo, es un modulador energético
Me gusta ser claro con esto porque en redes sociales ya empiezan a vender la creatina como el nuevo fármaco para la ansiedad o la tristeza. No es eso. La creatina no actúa sobre la serotonina ni sobre la dopamina como lo haría un antidepresivo clásico. Lo que hace es más bien “subir el voltaje” de la batería neuronal. En una mente deprimida, que a menudo se describe como “en cámara lenta” o “sin fuerzas para nada”, ese extra de energía puede marcar la diferencia entre quedarse en la cama o poder dar el primer paso hacia la terapia.
Y aquí está el punto clave para nosotros, los psicólogos: muchas intervenciones —desde la activación conductual hasta la reestructuración cognitiva— requieren un mínimo de energía mental para ponerse en marcha. Si la creatina ayuda a romper ese círculo vicioso de “estoy tan cansado que no puedo hacer nada, y como no hago nada me siento más cansado”, entonces se convierte en una herramienta coadyuvante legítima. Nunca en un sustituto del tratamiento psicológico, pero sí en un posible aliado.
¿Y los riesgos? El lado del que casi nadie habla
Puesto que soy psicólogo, no médico, me limito a contar lo que la evidencia dice sobre seguridad. La creatina es uno de los suplementos más estudiados del mundo. En dosis normales —de 3 a 5 gramos al día— es segura para personas sanas. No daña el riñón a menos que ya haya una enfermedad previa. No causa calvicie (ese mito viene de un malentendido con la dihidrotestosterona). Puede producir alguna molestia digestiva al principio, como pequeños calambres o hinchazón, pero suele resolverse.
El problema verdadero no es la molécula, sino el contexto. Hay personas que buscan en la creatina lo que no encuentran en la terapia: una solución rápida, mágica y sin esfuerzo emocional. Y eso no existe. También está el riesgo de que alguien deje su medicación psiquiátrica sin supervisión porque “con la creatina ya me siento mejor”. Eso sería un error mayúsculo.
Un apunte final para mis colegas de profesión No solemos preguntar en la primera sesión qué suplementos toma el paciente. Preguntamos por fármacos, por hierbas, por drogas. Pero la creatina empieza a estar en batidos, barritas y hasta café. Quizá deberíamos incorporar esa pregunta. También deberíamos saber que, para la depresión con un fuerte componente de fatiga o para personas mayores con deterioro cognitivo leve (otro campo donde la creatina está dando señales prometedoras), este suplemento puede ser un complemento de bajo costo y alta tolerancia.
No voy a sentarme aquí y decir que la creatina cambiará la psicología para siempre. Eso sería vender humo. Pero sí me atrevo a afirmar que ninguneamos demasiado la dimensión energética de la salud mental. Porque la ansiedad, la tristeza o el trauma no solo habitan en nuestros pensamientos: también habitan en nuestras mitocondrias. Y si podemos ayudar a que esas pequeñas centrales eléctricas funcionen un poco mejor, quizá, solo quizá, la terapia tendrá un camino más llano.
Como decía aquel paciente, al final no era solo el deporte. Era que su cerebro, por primera vez en meses, tenía batería suficiente para afrontar la tarde.
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