Yoga: Un viaje milenario entre la tradición y la ciencia

Hoy, 21 de junio, celebramos el Día Internacional del Yoga. Una fecha que nos invita a mirar hacia atrás para entender cómo una práctica ancestral ha logrado trascender fronteras, culturas y siglos para convertirse en uno de los fenómenos de bienestar más importantes de nuestra era.

Por Assumpta Donato Naturópata Homeópata Heilpraktiker Instructora de Yoga

Los orígenes: mucho más que posturas

Si preguntamos a cualquier persona qué es el yoga, probablemente nos responderá que es una serie de posturas físicas que ayudan a estirar y fortalecer el cuerpo. Y, ciertamente, eso es parte de lo que es hoy. Pero sus orígenes poco tienen que ver con esterillas, leggings o clases en gimnasios.

Los primeros indicios del yoga se remontan a hace más de 5.000 años, en la civilización Indo-Sarasvati del norte de la India. Algunos investigadores incluso sitúan sus formas más primitivas entre el año 10.000 y 5.000 antes de Cristo. En aquel entonces, el yoga no era un ejercicio físico, sino una disciplina espiritual y filosófica, una de las seis doctrinas ortodoxas del hinduismo, que enfatizaba la meditación y la búsqueda de la liberación.

La palabra yoga proviene del sánscrito y significa “unir” —la armonía entre cuerpo y conciencia, entre el individuo y el universo. Una definición que, por cierto, sigue vigente hoy, aunque la forma de alcanzar esa unión haya cambiado drásticamente.

La evolución: de la meditación a la esterilla. La historia del yoga suele dividirse en varios periodos. Durante el periodo Védico y Preclásico, el yoga era esencialmente meditativo. Las posturas físicas, llamadas asanas, apenas tenían protagonismo. El texto fundacional del yoga clásico, los Yoga-sutra de Patanjali —considerados la guía más antigua— mencionan ocho caminos para la liberación, entre ellos la honradez, la meditación y el control mental. Pero las posturas físicas eran solo un medio secundario.

Fue en el periodo Postclásico, entre los siglos XII y XVIII, cuando surgió el Hatha Yoga, un sistema que incorporaba técnicas físicas y respiratorias con un carácter más popular y accesible. Aquí empieza a gestarse el yoga que hoy conocemos.

Sin embargo, el giro más sorprendente ocurrió mucho después, ya en el siglo XX. Y aquí la historia se vuelve fascinante. Según el historiador Marc Singleton, autor de Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice, el yoga moderno debe tanto a la antigua filosofía india como a la gimnasia sueca del siglo XIX. La gimnasia creada por Per Henrik Ling se extendió por Europa y llegó a India como entrenamiento militar y escolar, influyendo decisivamente en la forma en que se desarrolló el yoga físico.

¿La ironía? Swami Vivekananda, el monje hindú considerado el introductor del yoga en Occidente, dio sus primeras clases sin enseñar ni una sola postura física. Se centró en la meditación, la respiración y las visualizaciones. Las posturas llegaron después, mezclándose con influencias europeas y americanas, hasta dar forma al yoga que millones de personas practican hoy.

El yoga hoy: una práctica global con respaldo científico. Hoy, el yoga es un fenómeno global. Millones de personas lo practican en todos los continentes, y la industria que lo rodea mueve cifras astronómicas: el mercado mundial del yoga alcanzó los 27.510 millones de dólares en 2025 y se prevé que supere los 68.000 millones en 2033. Pero más allá de los números, lo realmente relevante es que la ciencia está empezando a confirmar lo que los yoguis intuyeron hace milenios.

La Organización Mundial de la Salud ha reconocido en múltiples ocasiones los beneficios del yoga para la salud. La investigación señala que el yoga puede ayudar a controlar el estrés, aliviar la ansiedad mediante la respiración profunda y la atención plena, y servir como terapia complementaria en el tratamiento de la depresión. También se ha demostrado eficaz para aliviar el dolor lumbar, mejorar la flexibilidad y la fuerza, y prevenir enfermedades no transmisibles como las cardiovasculares, la diabetes y algunos tipos de cáncer.

Pero los hallazgos más reveladores vienen del campo de la neurociencia. Estudios con neuroimagen han demostrado que la práctica regular de yoga puede aumentar el volumen de materia gris en el cerebro. La investigación también muestra cambios cuantificables en la estructura cerebral, como un mayor grosor de la corteza cerebral y el hipocampo —áreas relacionadas con la regulación emocional y la memoria— así como un aumento de neurotransmisores como el GABA y una reducción de los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

El yoga, además, activa el sistema nervioso parasimpático —el responsable de la relajación— y reduce la frecuencia cardíaca, algo que no ocurre con otras formas de ejercicio físico que pueden resultar agotadoras.

El yoga como medicina: más allá del bienestar

Cada vez son más los hospitales y centros de salud que integran el yoga como terapia complementaria. Se ha demostrado eficaz en el tratamiento de enfermedades crónicas como la diabetes, la artritis y el dolor lumbar. En entornos hospitalarios, se ha integrado con éxito en programas para personas con cáncer y otras enfermedades crónicas.

La Organización Mundial de la Salud, dentro de su Estrategia de Medicina Tradicional 2025-2034, anima a integrar de forma segura y regulada prácticas basadas en la evidencia como el yoga en los sistemas de salud. El yoga, reconocen desde la OMS, cumple con los criterios de ser una intervención escalable, de bajo coste y adaptable a diversos contextos culturales.

No es casualidad que el lema del Día Internacional del Yoga 2026 sea “Yoga para un envejecimiento saludable”. La OMS ha señalado que el yoga aborda los pilares fundamentales del envejecimiento saludable: mejora la movilidad, protege la salud cognitiva y reduce el aislamiento a través de la comunidad. En palabras de la propia organización, la longevidad no consiste solo en añadir años a la vida, sino en añadir vida a los años.

El futuro: tradición y tecnología

¿Qué nos depara el futuro del yoga? La respuesta apunta a una fascinante convergencia entre tradición y tecnología. El mercado del yoga no solo crece en cifras, sino que se transforma.

La inteligencia artificial está empezando a jugar un papel central. Aplicaciones basadas en IA analizan en tiempo real los movimientos, las posturas e incluso el estado de ánimo de los usuarios para personalizar las sesiones a sus necesidades específicas. Asistentes virtuales y plataformas de telemedicina están haciendo la terapia de yoga más accesible para quienes no pueden desplazarse a un centro.

La realidad virtual ofrece experiencias inmersivas donde los usuarios pueden practicar yoga en entornos digitalmente renderizados. Las smart mats y la ropa háptica guían a los estudiantes a través de las posturas sin necesidad de un instructor humano. El futuro del yoga, como apuntan los expertos, será híbrido, humano y digital.

Pero también hay tendencias que vuelven a lo esencial: el yoga híbrido que combina fuerza, movilidad y mente en una misma sesión; el yoga para la longevidad y el “dolor cero”; el yoga inclusivo y adaptado para personas con diferentes capacidades y condiciones de salud. El mercado se mueve hacia el bienestar funcional y las experiencias personalizadas.

Una práctica humana, profundamente humana. Quizás lo más hermoso del yoga es que, a pesar de todos sus cambios y transformaciones, sigue siendo esencialmente humano. No importa si se practica en una cueva del Himalaya, en un estudio de diseño en Nueva York o a través de una pantalla con inteligencia artificial. El yoga sigue siendo un encuentro —consigo mismo, con la respiración, con el momento presente.

Es, como dice la OMS, una práctica que no se limita a una sola etapa de la vida, sino que es un recurso para toda la vida, adaptable a nuestras necesidades y capacidades cambiantes. Un recordatorio de que, en un mundo que corre cada vez más rápido, la pausa, la respiración y la conexión con uno mismo no son un lujo, sino una necesidad.

Hoy, en su día internacional, celebremos al yoga no como una moda ni como un producto de mercado, sino como lo que realmente es: un viaje milenario que sigue evolucionando, adaptándose y ofreciendo a la humanidad una herramienta sencilla y profunda para vivir mejor. Con o sin esterilla. Con o sin tecnología. Con o sin posturas imposibles. Porque el verdadero yoga, aquel del que hablaban los antiguos sabios, siempre ha estado ahí: en la respiración, en la atención, en la conexión con lo que somos.

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