Zarpábamos. Cuento 9

Libro de 21 Cuentos — pinzelladesdelmon
Sandra Corominas
Periodista y aventurera de la vida

♡ Zarpábamos… ¡hacia el Chocó colombiano! Destino: ¡Nuquí! No podíamos creerlo… Atrás se quedaba la tierra… Estábamos anonadadas… Yo amaba los barcos… Pensaba en la maravilla que sería ver las estrellas en la noche, transparencia total del cielo… Nueve días para llegar, pensaba en lo lento que sería. Hacía mucho viento, me sentía tranquila porque había llevado mi mejor chaqueta, pero era un día de sol. Estaba tan feliz que nada me podía vencer. Amábamos la proa; allí veíamos el universo tan de cerca, el mar era infinito y lo estábamos comprobando, y la tierra sí era redonda… De repente, el barco ya había iniciado su marcha y no había manera de arrepentirse… Las olas enormes y el barco también.

Las olas tal vez eran más grandes que el barco…

De repente veíamos que se acomodaban las personas que viajaban con nosotras. ¡Eran unos 25 hombres… y sola mujer, una cocinera, que nos miraba con cara de furia y también reía! Todos nos miraban con asombro, pero total… Tres niños rubios jóvenes, allí, en un barco de carga, ¿por qué? Unos decían: «Son los niños cantores de Viena, ¡yo los vi en la tele!». Otro hombre con cara de demencia y muy alto decía —se llamaba Luis—: «Aiii, a la monita —rubia, en colombiano— me la como con pescado y arroz». Y reían… Hombres todos de tez negra, casi iguales, fuertes y serios, con el cuerpo muy árido por el mar.

El miedo se apoderaba de mí: un miedo frío, puntiagudo, descontrolado. ¡Estaba temblando! Tenía realmente miedo. Un miedo solo e irreparable: a mi cabeza llegaban imágenes de mi familia, pensaba en Javi, en Patufet… ¡y en Dios!

Yo nunca tenía miedo de los narcos, ni de nadie, ni de las pistolas, ni de los niños de la calle, pero esa tarde sentía miedo en los huesos. Silvia me miraba y me decía, huevona: «¿Qué hacemos acá?». E Iván se había quedado mudo. De repente acabábamos de entrar en un estado psicótico donde la mente no sabía cómo gestionar la situación; sentía horror en mi alma, pensaba en mi vida, y mi niña interior tampoco hablaba. Y de repente nos echamos a reír: una risa cruda, áspera, enloquecida… y paralizante. Como cuando un bebé empezaba a llorar y se quedaba tres segundos paralizado y reventaba a llorar con más fuerza; exactamente igual. Reíamos sin parar… como lobas enloquecidas. Notamos que los 25 hombres estaban en silencio; nadie hablaba, tan solo miraban.

En la antigüedad, todos los pueblos le temían a las brujas y a las cosas raras y mágicas porque no las entendían, y la mística los asustaba. Ancestralmente, el grupo garantizaba la vida. Quienes se desviaban de las creencias de la tribu ponían en riesgo la cohesión y la seguridad de todos. El miedo a lo diferente era, en parte, un instinto de autopreservación. También el temor a la imprevisibilidad: si no compartías las reglas básicas de cómo funcionaba el mundo (por ejemplo, creer en conspiraciones extremas o realidades alternativas), los demás sentían que tus acciones futuras también eran impredecibles y, por ende, potencialmente peligrosas. También la presión y el estigma social: la sociedad tendía a patologizar o etiquetar como «locura» lo que no comprendía, lo que generaba rechazo social y aislamiento hacia la persona que tenía esa creencia. Esa idea primitiva de «te convierto en un alma vil y poco poderosa» aterraba a cualquiera… en un barco en altamar, más… y en una tribu pequeña y en un barco, más.

Silvia y yo iniciábamos movimientos de objetos… muchas cosas se movían… y empezamos a reír desenfrenadamente como brujas y a aullar también como lobas. Teníamos la certeza de convertir lo irreal en real. ¡Silvia y yo, cuando creíamos en algo, lo convertíamos en verdad! Éramos perfectas seductoras de las palabras; empezábamos a decir conjuros de protección y todos estaban muy asustados… y estábamos confundiendo a todos, y de vernos genuinas comenzaban a vernos como almas muy raras. Intentaban tocarnos y nosotras, shhhh, con patada en la jeta… Éramos tan bravas que nos tenían miedo… Esa primera noche nadie se nos acercaba; aullábamos y decíamos: «Espíritus, vengan por ellos…». Nadie se acercaba; seguramente pensaban: «Son indefensas, pero hay algo muy raro, por si acaso…».

La magia de nosotras era «la capacidad de convertir lo irreal en real»: una metáfora poderosa que abarcaba la creatividad, la resiliencia, la intuición y la manifestación histórica del potencial femenino. A lo largo de la historia, lo que a menudo se llamó «magia» o «brujería» no era más que el conocimiento profundo de la naturaleza, la medicina tradicional o la capacidad de transformar realidades adversas. Transformábamos emociones abstractas, dolores o sueños invisibles en obras de arte tangibles, literatura y música que cambiaban el entorno. La capacidad de percibir lo que no se ve a simple vista, conectando ideas y anticipando soluciones creativas a problemas complejos. Teníamos y aprendíamos acerca de la resiliencia: la fuerza para convivir con comunidades, sanábamos cuerpos con medicina natural y tratábamos de mantener vivas tradiciones orales cuando las estructuras formales les daban la espalda. Y una cosa muy hermosa que desarrollamos fue la alquimia mental: el proceso psicológico de tomar una visión, un ideal o un proyecto que solo existía en la mente y, a través de la voluntad, materializarlo en el mundo físico. Éramos poderosas e invencibles… En la noche regalamos un concierto… Empezaban a disfrutar con nosotras, pero Julio, el capitán, nos quería pegar. Sentíamos muy fuerte las energías y solo con la mirada de Silvia ya sabíamos qué hacer. Empezaba a comer delante de nosotras sin darnos nada… y Silvia me dijo: «Sandri, tenemos que hacer una pelea ficticia para que sepan que nos sabemos defender». Éramos presas fáciles: 25 marineros desesperados en altamar sin sexo y dos niñas en el viaje… Empezábamos con lucha libre y a saltar por los aires sin darnos golpes, casi capoeira, y persuadíamos. En la pelea, todos los tripulantes se apartaban. Ya habíamos ejercido el poder; se pensarían muy bien antes de meterse con nosotras. Iván no hablaba; estaba mudo desde que vio la pistola de Anastacio, solo se espantaba… Estaba alucinando. Él estaba muy enamorado de mí, pero a mí poco me gustaba; me caía bien, pero nada más. Había venido a ver si podía conquistarme y estaba en un barco aullando en alta mar… Pobre hombre…

Nadie se acercaba… Algún tripulante decía en el silencio: «Qué raros son estos niños, yo no fiaría…».

En la madrugada me levanté muy molesta e inquieta por un perro que ladraba y lloraba. No habíamos comido nada desde el día anterior, solo unas latas de atún y una chocolatina Jet que me había regalado mi tía Mari antes de irnos.

Los tripulantes seguían pensando que éramos unas cosas muy raras… Iván no respondía cuando le hablábamos; había pasado toda la noche vomitando por el mareo del barco. Silvia y yo no teníamos mareo. La primera noche habíamos decidido hacer turnos para que nadie se acercara a nosotras, ¡y aullamos casi toda la noche! Un aullar por Patufet. Otro por mi amiga Irene. Otro por un mundo empático. Otro por la paz y la hambruna del mundo. Yo era altamente sensible y aullaba con pasión… ¡y aconteció la maravilla! Nuestros cantos habían traído a una familia de delfines. Los delfines venían vestidos de verde porque se bañaban de plancton en la madrugada. Era un espectáculo de verdor increíble, esmeralda con toques azulados… ¡Nunca habíamos visto algo tan hermoso! Estaba una familia delfín al lado del barco. Los tripulantes no podían creerlo… No venían delfines desde hacía meses; los habíamos atraído. ¡Nuestros conjuros habían viajado por el océano y los habían traído!

Todos salieron de sus camarotes. Era una madrugada muy mágica. El verde se diluía en el mar y Emilia, la cocinera, dijo: «Ellas son hijas de las sirenas, ¡se comunican con ellos!». Y empezaba a explicar que había una leyenda muy antigua que decía que las niñas traviesas de las sirenas eran abandonadas por sus mamás en el mar… Y enseguida nos preguntó si teníamos hambre, y Silvia insistía en que no éramos sirenas, sino brujas, y todos seguían en silencio. Ahí se consolidaba una amistad. Ella era nuestra salvadora… ¡Nos cuidaría! El perro seguía llorando… Me acerqué y todos dijeron: «Noooooo, es muy agresivo». Y yo dije: «No es agresivo, tiene miedo…». Y todos me decían que me iba a morder; yo decía: «No me morderá, yo me entiendo con perros y animales más que con personas. ¡Este perro no es malo! Solo tiene terror del mar, de ustedes. ¿Por qué lo amarran?». «Porque muerde», me decían. «No muerde. Desátenlo, por favor… que vendrá conmigo, déjenlo suelto». «Noooo, te morderá», me decían. «¡No me morderá!». Lo desataron y el perro me abrazaba y besaba, agradeciendo mi labor. Fue mi compañero durante todo el viaje. Le puse Orejas; era mestizo, se parecía a un labrador pequeño mil leches… La tripulación también estaba agradecida porque el perro ya no ladraba ni lloraba. El ambiente familiar estaba más relajado. Orejas se convertiría en nuestro ángel: nos avisaba si había insectos, también si venían las tormentas o si llegaban los delfines. Fue el maestro del barco…

Todo empezaba a ser maravilloso. A veces llovía. Nos habíamos ofrecido a lavar los platos con Emilia; hacíamos tertulias divinas con Emilia, ella nos contaba y conocía miles de historias y leyendas (pura narración oral; algunas creo que se las inventaba). ¡Era una gran cuentera! Tenía un hermoso corazón y era muy generosa. Cada mañana nos levantábamos muy pronto, muy pronto, para recoger el pescado con los pescadores, ¡y ella contaba más historias! Le ayudábamos a preparar las comidas y nosotras también le contábamos acerca de nuestras vidas. Iván comenzaba a hablar y casi toda la tripulación se nos acercaba. ¡Empezábamos a tener armonía!

La noche 4 fue muy dura: el barco se había llenado de agua por la lluvia y nos teníamos que detener sin avanzar, y esa noche estuve muy mal de salud. Orejas me protegía y los delfines también… Debido a los inconvenientes que nos había causado la lluvia, tuvimos que dormir una noche en una isla. Llegábamos casi al anochecer… Una isla perdida en el caos del mar… un oasis en la tormenta… ¡Estábamos muy mojados y con frío; yo empezaba a tener algo de fiebre! Al bajar del barco 🚢 nos recibían muchos niños, ¡unos 40!, todos de tez negra… y el mayor de los niños debía tener 15 años. Había un hombre en la puerta del puerto gritando que había sido picado por una hormiga conga. El dolor de su picadura está catalogado como la picadura de insecto más dolorosa del mundo (nivel 4+ en la escala de Schmidt). El dolor se describía como un impacto de bala o una quemadura con brasas; no era mortal, pero la molestia podía durar entre 12 y 24 horas. Su picadura podía provocar inflamación local, parálisis y sudoración. Silvia me miraba y me decía: «Marica, a nosotras nos pica ese bicho y morimos». ¡Y no podíamos parar de reír! ¡Iván reía también!

Era un pueblo muy pobre, pero había una naturaleza hermosa: árboles tan grandes y frondosos que tapaban el cielo… La costa pacífica del Chocó era un destino donde la naturaleza aún conservaba su esencia. No encontrabas grandes cadenas hoteleras ni playas abarrotadas, sino un lugar donde el océano, la selva y las tradiciones afrocolombianas convivían en perfecta armonía.

En los meses de julio y octubre, las ballenas jorobadas abandonaban las frías aguas de la Antártida y emprendían un viaje de más de 8.000 kilómetros hasta el Pacífico colombiano. Llegaban a Nuquí porque sus aguas eran más cálidas y tranquilas, el lugar perfecto para aparearse y dar a luz a sus crías. Durante esta temporada era común verlas saltar, golpear el agua con sus enormes aletas o nadar junto a sus ballenatos; ofrecían uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta. El año siguiente, Silvia y yo volvíamos para verlas. Muy pocos destinos en el mundo tenían una experiencia como esta.

La selva tropical llegaba hasta la playa. En el Chocó no existían largas avenidas frente al mar ni grandes edificios. Allí la selva húmeda tropical se encontraba directamente con la arena, creando un paisaje que parecía sacado de un documental. Mientras caminabas por playas como Guachalito o Coquí, podías escuchar el canto de las aves, observar monos en los árboles o descubrir pequeñas cascadas que nacían en la montaña y desembocaban en el océano.

Algunas cascadas terminaban directamente en el océano. Uno de los atractivos del Chocó que más amábamos eran las cascadas naturales. En playas como Guachalito y sus alrededores, el agua desafiaba a la montaña atravesando la selva hasta desembocar directamente en el mar. Este fenómeno creaba piscinas naturales de agua dulce donde aprovechábamos para refrescarnos antes de continuar explorando la costa.

El mar se había iluminado de color azul durante la noche. En determinadas épocas del año y cuando las condiciones eran favorables, era posible observar un fenómeno conocido como bioluminiscencia. Millones de microorganismos marinos emitían pequeños destellos azulados cuando el agua se movía, haciendo que cada ola, cada paso en la orilla o incluso el movimiento de una embarcación iluminaran el océano. Era un espectáculo natural poco frecuente que convertía las noches del Chocó en una experiencia verdaderamente mágica. La noche 6 pudimos verlo y de verdad fue algo extremadamente hermoso.

Estábamos descubriendo uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta. Entre ballenas gigantes, playas vírgenes, aguas termales y leyendas ancestrales, este rincón del Pacífico colombiano demostraba que la verdadera magia existía… y estaba esperando ser descubierta.

No había agua potable y todos los niños iban descalzos. Nosotras estábamos urgidas de comprar agua, ya se estaba terminando… La música sonaba muy alto… Eran las 16h, era domingo y la noche parecía que estaban preparando una fiesta… Había un abuelo de 108 años sentado en una butaca; era el bisabuelo y tatarabuelo de los 40 niños… En ese pueblo había pasado una tragedia climática y casi todas las mujeres habían muerto; solo quedaban 15 mujeres… y algunos niños y algunos hombres… y el bisabuelo. Él estaba rodeado de los niños más pequeños y les estaba contando historias de miedo. Nosotras nos autoinvitamos al evento… ¡Y pasábamos mucho miedo escuchando sus leyendas! Contaba:

La leyenda de La Tunda, que aún formaba parte de la cultura del Pacífico. Uno de los relatos más conocidos del Pacífico colombiano era el de La Tunda, un personaje mitológico que, según la tradición oral, tenía la capacidad de transformarse en alguien conocido por sus víctimas para atraerlas hacia la selva. Se dice que desorientaba a quienes se internaban solos entre los árboles y que solo podían regresar cuando lograban romper su hechizo. Más allá del misterio, esta historia servía durante generaciones para enseñar a los niños el respeto por la naturaleza y los peligros de adentrarse sin compañía en la selva.

También me emocionaba con la leyenda del Riviel, el misterioso guardián. Decían que durante las noches más oscuras aparecía el Riviel, un espíritu que navegaba silenciosamente en una pequeña canoa iluminada. Según la leyenda, protegía el océano y castigaba a quienes pescaban de forma irresponsable o irrespetaban el mar. Aunque nadie lo había visto ni comprobado su existencia, esta historia seguía viva y formaba parte del patrimonio oral del Pacífico colombiano.

En la noche regalábamos muchos vestidos y ropa a todos los que vivían en la isla, ¡y cantábamos y hacíamos conciertos! Aprovechábamos que el señor Leopoldo contaba historias para hacer una obra de teatro, ¡y para regalar más vestidos y ropa! Cada día hablábamos con muchos niños. Inés, una niña de ojos negros y brillantes de 8 años, nunca había visto los ojos azules y me preguntaba: «Mona, ¿usted ve azul?». Yo le decía: «Noooo, amiga, veo como vos». Y me tocaba mi pelo rubio rojo, que estaba más rojo que rubio, y me decía que era muy rara, que tan rubia… Hacíamos muchos juegos con los niños, nos inventábamos actividades… Cuando tuvimos que partir a la isla siguiente, ¡nos habían preparado una fiesta hermosa! Todos estaban vestidos con la ropa que les habíamos regalado. Cantaban para nosotros… y Orejas se había enamorado de Tulia, una niña de 4 años, y se quedaba con ella. Pasábamos los días nutriendo nuestra alma con historias, regalando vestidos; los días eran largos… hermosos…

La ley de la atracción y la energía cuántica habían acompañado nuestro viaje: lo semejante atraía a lo semejante. Los pensamientos emitían una frecuencia magnética al universo y atraían situaciones, personas y experiencias que coincidían con esa misma energía.

El poder del pensamiento positivo: nos enfocábamos en la abundancia, el éxito y la felicidad, lo que generaba una vibración positiva, mientras que pensar constantemente en el miedo o la escasez atraía resultados negativos.

El método de manifestación de tres pasos: un proceso básico para conseguir metas que consistía en: 1) Pedir al universo lo que deseamos con total claridad. 2) Creer y actuar con la convicción de que eso ya era una realidad. 3) Recibir el resultado sintiendo la emoción de haberlo alcanzado.

La gratitud como motor transformador: agradecer de forma consciente lo que ya se tiene en el presente es una de las herramientas fundamentales para abrir la puerta a mayores experiencias positivas.

La visualización: imaginábamos y mentalizábamos con detalle los objetivos deseados; ayudaba a alinear las emociones y la energía hacia su cumplimiento.

1, 2, 3… y la magia sucedía… ¡Éramos diosas del viaje y había más planes!

El viaje pasó… Llegábamos a Cali en un camión de harina… Cuando llegábamos a casa, la yaya pensaba que éramos fantasmas… Habían pasado 15 días y estábamos vivas, más vivas y sabias, llenas de vidas por contar… ❤️


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