La magia de las manos invisibles… Por Sandra Corominas. Aventurera de la vida y periodista
Cuento 4 del libro Pinzellades del món (25 cuentos de mi vida)
♡… ¡Y de repente se habían acabado mis vacaciones! Era 1 de septiembre y el día 2 tenía que volver al colegio y a la rutina de la vida.
Con 9 años, no entendía los desafíos de la cotidianidad ni tampoco las decisiones de los adultos. Tenía una mezcla de sentires muy agridulces: me sentía feliz, me esperaban nuevas aventuras, pero también sentía mucha nostalgia. Tenía mi corazón áspero y arrugado.
Eran las 6 de la mañana. Mi yayo había abierto las ventanas un poquito antes. El cielo también se sentía como yo: se apreciaban algunas nubes brillantes, pero el aire era ácido e irascible.
Mi yaya ya había preparado el desayuno, y Patufet estaba sentado al lado de mi yayo, le daba muchos premios y jugaba mucho con él.
Mi yaya había cocinado un desayuno especial: mermelada de guayaba con helado y miel, y panecitos de coco. ¡El desayuno alegró mi día!
La postura de Patufet había cambiado: sus orejas estaban atentas y erguidas. Venía un carro. Era mi yayo Carles (mi abuelo, hijo de mi bisabuelo Carles —yayo— y de mi bisabuela —yaya— Margarita).
Mi yayo era alto y hermoso. Yo le llamaba papá (mi padre natural estuvo ausente toda mi vida).
Mi papá era un hombre muy seductor y guapo. Tenía los ojos muy grandes, verdes azulados; levantaba miradas y pestañas por donde pasaba. Además de ser muy apuesto y atractivo, porque su cara era muy simétrica, tenía mucha luz: su sonrisa iluminaba todas las esquinas. Nunca podré olvidar su olor: olía a frescura, a mar y a sal. Era sencillamente hermoso.
Cuando bajó del carro, me abrazó infinitamente. Yo quería que ese abrazo fuera perenne e interminable.
Sus bolsillos siempre estaban llenos de chocolatinas Jets, mis chocos favoritos con maní (cacahuetes) y almendras. En esa época, sus bolsillos me parecían enormes, como madrigueras o cuevas, pero cuando crecí me di cuenta de que nunca fueron tan grandes…
En el trayecto hacia mi casa hablábamos muchísimo. Los cuatro: yo le contaba acerca de mis aventuras con Javi y Patufet.
Me encantaba hablar con mi papá porque nunca me juzgaba. Siempre apreciaba cada historia que yo le contaba, indagaba acerca de mis nuevos proyectos y jugaba mucho con Patufet.
Patufet tenía una silla especial en el carro que era solo para él. Amaba sacar la cabeza por la ventana: el viento seducía sus narices y despeinaba su afro. Su sonrisa se ensanchaba y sus comisuras se desprendían de su cara como un remolino incontrolable. En ese instante era el perro más feliz de toda la galaxia.
La llegada a Cali no era fácil. No estábamos acostumbrados al ruido de una ciudad latinoamericana. Cali estaba ubicada en la región sur del Valle del Cauca.
Geográficamente, la ciudad se ubicaba en el valle del río Cauca, formado por la cordillera Occidental y la cordillera Central de la región Andina. Era uno de los principales centros económicos e industriales de Colombia. También era la capital de la salsa. Su población afrodescendiente: después de Salvador de Bahía (Brasil), Cali se consideraba la segunda ciudad de todo el continente americano con mayor población afrodescendiente, lo que impregnaba sus calles de mucha riqueza cultural. Había mucha danza y música en todos sus rincones. Con más de 560 especies de aves registradas en su territorio urbano y rural, Cali era la ciudad con mayor diversidad de aves de toda Colombia, superando a urbes de zonas boscosas o selváticas. Sus alrededores eran hermosos, pero la ciudad era muy caótica y bastante surrealista: nadie conducía con normalidad, parecía un enfrentamiento entre el volante y la vida. Pero habíamos sobrevivido al caos. Habíamos llegado a mi casa. Allí me esperaba mi mamá Yolanda, con sus ojos aceitunos y una gran alegría por vernos.
Mi hogar se componía y se caracterizaba por un matriarcado. Yo vivía con mi mamá Yolanda, mi tía Mari y mi yaya Manolita. Tres mujeres muy fuertes y guerreras que me enseñaron a vivir y a amar la vida.
Mi mamá era la más joven de las tres. Me había tenido con 16 años y todavía estaba estudiando en el colegio. Era dulce y muy creativa, una mujer muy apasionada y con las ideas muy claras. Me enseñó que en la vida nada era imposible. Más que una mamá, fue y es una amiga y una gran guía para mí.
Mi tía Mari era la hermana de mi mamá, tres años mayor que ella. Era demasiado hermosa para ser real: luchadora y muy trabajadora, con una sensibilidad exquisita y una bondad imparable. Más que una tía, fue un referente muy importante para mí.
La yaya Manolita era maravillosa. Tenía unos ojos muy inquietos y una inteligencia insuperable. Sus palabras y sus discursos eran muy poderosos. Ella era poder en mayúsculas: reservada, asertiva y precisa. Irradiaba paz y seguridad. Una persona muy dulce y llena de sabiduría. La vida solo me permitió disfrutarla durante años, y hubiera realizado cualquier pacto con el diablo o con el juez del universo para tenerla conmigo mientras yo existía… pero la vida me la arrebató cuando menos me lo imaginaba.
Al llegar a casa me emocioné muchísimo. Patufet ladraba sin parar, y era porque tenían una hermosa sorpresa para mí: me habían regalado un teatrino. ¡Era el regalo más precioso que recibí en toda mi vida!
Javi estaba tan asombrado que no podía gesticular ninguna palabra. ¡No podía parpadear!
Mi mamá era experta en elaborar títeres. Teníamos fabricados diferentes personajes y elaborábamos siempre muchas obras de teatro. Usábamos la técnica del títere de peana o de eje, donde la botella servía como una base sólida y pesada que se decoraba por fuera y también en su interior.
A diferencia del plástico, el vidrio no se podía cortar de forma casera con facilidad ni seguridad, por lo que trabajábamos sobre la estructura completa de la botella, por ejemplo, de vino o de Coca-Cola, y la transformábamos. ¡Le dábamos vida!
Estábamos tan estupefactos que las ideas nacían sin parar. Era como estar sumergido en un sueño del que nunca queríamos despertar.
Me maravillaba cómo un muñeco estático se podía mover… y respirar. Brotaban personajes como lava en volcán, erupcionando. ¡Nacía arte!
El titiritero que habitaba en mí me hablaba creando personalidad para todos los seres que imaginaba. Sentía el poder creador en mis manos, me sentía fascinada… era una diosa creadora. Los mundos que veía en las nubes podrían cobrar alma. ¡Y vida!
Inmediatamente Javi y yo convocamos una reunión para materializar nuestro sueño. Nuestras reuniones eran hermosas. Mi mamá Yolanda se sentaba con nosotros a crear, nos oía y a veces intervenía. Su sonrisa se dibujaba cuando escuchaba nuestras ideas. Ella se maravillaba casi tanto como nosotros.
Habíamos decidido invitar a todo el barrio (lo cual le parecía bastante atrevido a mi yaya Manolita), pero quien se ofreció dando todo su apoyo fue ella, preparando tostadas con tomates para todos los invitados.
Teníamos muchas ideas y nuestras cabezas explotaban.
Conducíamos el vehículo de las manos invisibles y queríamos permitir que el espectador olvidara su vida absurda y que pudiera sumergirse por completo en nuestra historia y creer en lo imposible.
Habíamos elaborado invitaciones con la fecha del evento y también teníamos listo el guion y los títeres: 3 princesas, 3 reyes y un perro muy raro que parecía un gato. Queríamos conectar con el público y transmitir emociones muy profundas.
La historia se basaba en un antihéroe (el perro gato) que siempre se equivocaba. Cometía errores absurdos constantemente. Las princesas y los reyes eran consejeros y, básicamente, decoración. La moraleja se basaba en que los errores nos hacían crecer y aprender, y equivocarse era muy bueno para aprender más.
Mi tía Mari se encargaba de la música. Mi canción favorita se llamaba Pescador, lucero y río. La canción era de un grupo tradicional de música andina. El grupo lo lideraba… decía:
«Cuentan que hubo un pescador barquero
que pescaba de noche en el río,
que una vez con su red pescó un lucero
y feliz lo llevó,
y feliz lo llevó a su bohío.
Que desde entonces se iluminó el bohío
porque tenía con él a su lucero.
Que no quiso volver más por el río
desde esa noche el pescador barquero.
Y dicen que de pronto
se oscureció el bohío
y sin vida encontraron al barquero,
porque de celos se desbordó aquel río,
entró al bohío y se robó al lucero,
entró al bohío y se robó al lucero…»
Me encantaba que un lucero pudiera iluminar un bohío. Era una canción para viejos, pero si tenía que ver con estrellas, yo la amaba.
Trabajamos arduamente en nuestra obra. Con algunas discusiones e inconvenientes, lo cual nos permitía reforzar y fortalecer nuestros vínculos.
La obra se presentó el día 9 de septiembre de 1983 (Javi y yo teníamos 9 años). Convocamos a 90 personas en el patio de mi casa. Había rostros jóvenes, viejos, de diferentes estereotipos y sentires. Nos aplaudieron como una hora seguida; todos se pusieron de pie. Mi princesa había perdido su vestido, pero nadie se percató. La gente lloraba de emoción. ¡Y nosotros también!
Lo más lindo no fue el éxito. Fue que habíamos aprendido nuevamente que nada es imposible y que, si crees enormemente, creas. Creer es crear.
Habíamos abierto una puerta que después nos abriría muchos horizontes.
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