El otro gimnasio: cuando el deporte entrena la mente

Por Redacción
Publicado en El Periódico de la Psicología

Juan llegaba a la consulta con la mochila cargada de pensamientos que no le dejaban dormir. Llevaba meses desconectado de su cuerpo, atrapado en la rueda del «debo ser productivo». Su psicóloga le hizo una sugerencia inesperada: «¿Has probado a correr sin auriculares?». Juan levantó una ceja, escéptico. Un año después, me cuenta que sus mejores sesiones de terapia no siempre ocurren en el diván, sino en esas mañanas de lluvia fina, cuando sus zapatillas golpean el asfalto y su mente por fin encuentra el silencio.

Llevamos décadas separando lo físico de lo mental como si habitaran en edificios distintos. El gimnasio para el músculo, la consulta para la cabeza. Pero quien ha sentido el desahogo después de una buena sesión de natación, o ha llorado en la ducha tras un partido intenso, sabe que esa frontera es ficticia.

No hablo aquí de la obsesión por el cuerpo perfecto, ni de esa versión tóxica del deporte que convierte el ejercicio en castigo. Hablo de esa verdad incómoda que los psicólogos deportivos llevamos años viendo: cuando movemos el esqueleto, movemos también algo mucho más profundo.

La ansiedad se disuelve, la mente se reordena

Hay una imagen que me gusta usar con mis pacientes: imaginen su mente como una habitación desordenada, con papeles volando, ideas que chocan entre sí. Pues bien, el deporte no limpia esa habitación, pero les da una escoba. No es magia, es bioquímica: cortisol que baja, endorfinas que suben, serotonina que aprende a regularse. Pero más allá de las moléculas, hay algo casi poético en la repetición de una zancada, en la respiración que se vuelve ritmo, en la exigencia de estar presente porque si no, te caes de la bicicleta.

Y ahí está la clave: el deporte bien entendido es una práctica de mindfulness involuntario. Cuando nadas, no puedes planificar la cena. Cuando escalas, no puedes rumiar aquella discusión. El cuerpo secuestra la atención, y la mente, por una vez, deja de ser una máquina de generar preocupaciones para volverse pura sensación.

No es para todos, pero todos podemos encontrar la nuestra

Ojo, no estoy diciendo que levantarse a las seis de la mañana para hacer sentadillas sea la solución universal. He visto pacientes que sufren con el running porque lo convirtieron en otra obligación, otra vara de medir su valía. El deporte como salud mental no tiene que ver con récords, sino con encuentro.

A Marta, por ejemplo, el yoga le resultaba insoportable. Demasiada lentitud, demasiado rollo espiritual. Pero descubrió el boxeo, y allí, guantes puestos, concentrada en esquivar y golpear (sobre el saco, no sobre nadie), encontró una forma de gestionar su ira contenida. «Nunca había sentido que mi rabia tuviera un lugar», me confesó. «Ahora la saco, la miro, y la dejo ir».

Lo que duele en el cuerpo también duele en el alma

Quizá lo más bello de todo esto es la humildad que enseña el deporte. No hay manera de engañar a una barra de 100 kilos o a un cuarto de milla en la piscina. El cuerpo no negocia. Y en esa honestidad radical, aprendemos algo que todas las terapias buscan: aceptar los límites, celebrar los pequeños logros, y entender que avanzar no significa no caerse nunca, sino saber levantarse.

Esa es la gran lección que el diván y la zapatilla de deporte comparten. La salud mental no es un estado de felicidad permanente, sino la capacidad de sostener las emociones difíciles sin que nos derrumben. Y el deporte —el que a cada cual le guste, el que no sea castigo— es un entrenamiento diario para precisamente eso.

Así que la próxima vez que alguien diga que hacer deporte es solo cosa de físicos, ya saben. Cuéntenle lo de Juan y sus zapatillas mojadas. Cuéntenle lo de Marta y sus guantes. O mejor aún: pónganse las zapatillas, salgan a la calle, y compruébenlo ustedes mismos. Su psicólogo —y su cuerpo— se lo agradecerán.

¿Y usted? ¿Qué deporte le ha ayudado a encontrarse consigo mismo? Les leo en comentarios.


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