Hay silencios que pesan más que las palabras. Hay miradas que se pierden en el vacío de una habitación blanca. Hay adolescentes que, cuando llegan a una unidad de psiquiatría, han dejado de creer en casi todo. Sobre todo, han dejado de creer en ellos mismos.
Pero hay algo, o más bien alguien, que está consiguiendo atravesar ese muro. No lleva bata blanca ni receta médica. Lleva pelo, cuatro patas y una cola que se mueve con una honestidad imposible de fingir.
Hablamos de los perros de terapia asistida. Y un estudio recién publicado está demostrando lo que muchos profesionales ya intuían: estos animales no solo acompañan, transforman.
Redacción de www.elperiodicodelapsicologia.info
El estudio que pone cifras a lo que el corazón ya sabía. Un equipo de investigadores de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y del Institut Universitari d’Investigació en Atenció Primària Jordi Gol ha llevado a cabo un ensayo clínico en tres hospitales de referencia en España: el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid, el Hospital de Mataró (Barcelona) y el Hospital Universitario de Santa María de Lleida.
El diseño fue sencillo pero riguroso. Dividieron a los adolescentes ingresados en dos grupos. Un grupo recibió el tratamiento habitual. El otro, además de ese tratamiento, participó en sesiones con un perro terapéutico. Antes y después, midieron su autoeficacia y su ansiedad mediante cuestionarios validados como la Escala de Autoeficacia y el Inventario de Ansiedad Estado-Rasgo.
Los resultados, publicados en la revista BMC Complementary Medicine and Therapies, fueron contundentes: la terapia asistida con perros mejoró la autoeficacia de los adolescentes en comparación con el grupo de control. Y también se observó una mejora en la autoestima.
Pero los números, aunque importantes, solo cuentan una parte de la historia.
Más que cifras: lo que vieron los profesionales. Lo que realmente emociona de este estudio es lo que los profesionales destacaron al margen de las escalas y los cuestionarios. Hablaron de «un incremento notable en la motivación, la actitud y la adherencia terapéutica de los pacientes».
Traduzcamos esto al lenguaje humano. Adherencia terapéutica significa que esos chicos y chicas, que a menudo llegan con el cuerpo presente pero la mente ausente, empezaron a querer estar en las sesiones. Empezaron a mirar al frente. Empezaron a participar. Empezaron, en definitiva, a conectar.
Y eso, para quien trabaja en salud mental adolescente, no es un detalle menor. Es, muchas veces, el primer paso hacia cualquier posibilidad de cambio.
Los investigadores describen esta intervención como «amigable», centrada en la motivación del paciente pediátrico y adolescente en tratamientos psiquiátricos. Y añaden algo que duele porque es cierto: este es un ámbito que «con frecuencia se ve acompañado de estigmas y de situaciones familiares complejas».
El estigma, ese compañero invisible. Porque cuando un adolescente ingresa en una unidad de psiquiatría, no solo lucha contra lo que le pasa por dentro. Lucha también contra lo que los demás piensan de él. Contra las miradas. Contra los silencios incómodos. Contra esa etiqueta invisible que dice «no estás bien» y que pesa más que cualquier diagnóstico.
Llegar a un lugar así, con la autoestima hecha añicos y la confianza en uno mismo por los suelos, es llegar ya derrotado. Y en ese contexto, un perro no juzga. Un perro no pregunta qué te pasó. Un perro no tiene prejuicios. Un perro simplemente está ahí, con una presencia que no exige nada y lo ofrece todo.
Como explica Luis Lucio Lobato Rincón, psicólogo y profesor colaborador de la Oficina de Intervenciones Asistidas con Animales de la URJC, los objetivos del estudio eran claros: «evaluar los efectos de la terapia asistida por animales en autoestima y autoeficacia y valorar la percepción y satisfacción de los participantes y profesionales con la intervención».
Y lo han conseguido.
¿Qué es la autoeficacia y por qué importa tanto? Para quien no esté familiarizado con el término, la autoeficacia es la creencia que una persona tiene en su propia capacidad para organizar y ejecutar las acciones necesarias para lograr objetivos. Dicho de otra forma: es la confianza en que uno puede. En que lo que haga importa. En que tiene control sobre su propia vida.
Cuando un adolescente pasa por un trastorno mental severo, esa confianza se desvanece. Se siente que no puede, que no vale, que todo está roto. Recuperar esa sensación de «poder hacer» es, en muchos casos, el verdadero inicio de la recuperación.
Y aquí es donde el perro hace su magia. Porque cuidar de él, acariciarlo, enseñarle un truco, simplemente mirarlo a los ojos, devuelve al adolescente la experiencia de ser capaz. De ser útil. De ser querido sin condiciones.
Las preguntas que aún quedan por responder. Los propios investigadores son conscientes de que esto es solo el principio. Lobato Rincón ha recomendado «avanzar en estudios de este tipo que analicen los efectos también a largo plazo».
Porque una cosa es mejorar durante el ingreso, y otra muy distinta es que ese cambio se mantenga cuando el adolescente vuelve a su casa, a su instituto, a su vida. ¿Qué pasa cuando el perro ya no está? ¿Esa chispa de autoeficacia que encendieron las sesiones con el animal es capaz de sostenerse por sí misma?
Son preguntas que merecen respuesta. Y que, sin duda, seguirán investigándose.
Una terapia que no sustituye, sino que complementa
Es importante subrayar algo: la terapia con perros no es un sustituto del tratamiento convencional. No es una moda, ni un parche, ni un recurso menor. Es un complemento que, como demuestra este estudio, potencia los efectos de la intervención psicológica y farmacológica.
Pero quizá lo más valioso no sea lo que aporta a nivel clínico, sino lo que aporta a nivel humano. Esa sensación de que, en medio del caos, hay un ser vivo que te mira y te dice, sin palabras: estoy aquí. Contigo. Sin condiciones.
Y en un mundo donde los adolescentes con problemas de salud mental se sienten constantemente juzgados, incomprendidos y solos, esa presencia silenciosa puede ser el ancla que les impida seguir a la deriva.
La ciencia confirma lo que muchos ya sentían
Este estudio no ha inventado nada nuevo. Los profesionales que trabajan con animales en contextos terapéuticos llevan años viendo estos cambios. Pero ahora la ciencia les da la razón. Ahora hay datos. Ahora hay evidencia.
Y la evidencia dice que, a veces, la mejor medicina no viene en un frasco. Viene en forma de ladrido, de mirada fiel, de lengua que lame una mano temblorosa.
Que un perro pueda ayudar a un adolescente a recuperar la confianza en sí mismo es, quizá, una de las noticias más esperanzadoras que podemos leer hoy. Porque nos recuerda que, en el fondo, la curación no es solo cuestión de fármacos y diagnósticos. Es también cuestión de conexión. De presencia. De amor incondicional.
Y eso, los perros lo saben hacer mejor que nadie.
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