Depresión y Deporte: Cuando el cuerpo remonta el vuelo

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Hay días en los que el mundo se vuelve pesado. Los colores se apagan, los sonidos se amortiguan y hasta el aire parece espeso, difícil de respirar. La depresión no es solo tristeza; es un peso en los huesos, una bruma en la mente y un silencioso alejamiento de todo lo que antes nos hacía latir. En mi consulta, escucho a menudo la misma pregunta, formulada con un hilo de voz y un destello de esperanza: «Doctor, ¿y si pruebo a hacer algo de ejercicio?».

La respuesta, hoy, la respaldan montañas de estudios, pero prefiero empezar por algo más simple: por la historia de Clara.

Clara llegó a terapia arrastrando los pies, literalmente. Su depresión era una casa oscura con las persianas bajadas. Un día, casi por obligación, aceptó acompañar a una amiga a pasear por el parque. No fue una epifanía. No sudó la camiseta ni sintió un subidón instantáneo. Solo caminó. Y al día siguiente, volvió a hacerlo. Caminó hasta que un día, sin pensarlo, empezó a trotar unos minutos. «No era felicidad», me dijo semanas después, «era una tregua. Por unos minutos, mi cabeza no gritaba, solo escuchaba mis pasos y mi respiración».

Durante años, se ha simplificado el vínculo entre deporte y bienestar mental en la liberación de endorfinas, ésos «opiáceos naturales» que generan euforia. Pero el mecanismo es mucho más rico y complejo.

El ejercicio físico regular actúa como un modulador neuroquímico de precisión. Aumenta los niveles de serotonina y norepinefrina, neurotransmisores clave en la regulación del estado de ánimo y cuyo desequilibrio está en el corazón de la depresión. Además, promueve el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), una especie de fertilizante natural que favorece la salud, la plasticidad y el crecimiento de nuevas neuronas, especialmente en el hipocampo, un área que la depresión suele encoger y debilitar.

Pero reduzcamos la escala: el deporte es también ritual y estructura. La depresión roba rutinas, desdibuja los horarios. Marcar una hora para salir a correr o asistir a una clase de yoga es un acto de rebelión. Es decirle a la enfermedad: «Hoy, esto sí lo controlo yo». Es un ancla en el día a día.

No se trata de convertirse en atleta

Este es el matiz crucial, y donde muchos tropiezan. La depresión te susurra: «No puedes», «No sirves», «¿Para qué?». Proponerse correr una maratón en un mes es escuchar esos susurros y darles la razón cuando el cuerpo y la mente, aún frágiles, no puedan.

La clave está en la pequeñez y la constancia. Como decía un viejo profesor mío: «Contra la inmovilidad, movimiento. Aunque sea mínimo».

Empezar con lo ínfimo: Andar diez minutos. Subir las escaleras de casa. Estirarse en el suelo de la habitación.

Buscar lo placentero, no lo punitivo: No es una tortura, es un regalo. ¿Bailar? ¿Nadar? ¿Un partido de pádel con alguien que no juzgue? El objetivo no es el rendimiento, sino la sensación posterior.

El componente social (opcional, pero poderoso): Muchas veces, la depresión aísla. Apuntarse a un grupo de senderismo o a una clase grupal puede ser un primer puente de vuelta a los demás, sin la presión de tener que conversar. Se comparte una actividad, no un confesionario.

No es una cura mágica, es una herramienta de reparación.

Como terapeuta, debo ser claro: el ejercicio físico no es un sustituto de la psicoterapia o, en los casos necesarios, de la farmacología. Es un aliado formidable, una pieza más en el complejo puzzle de la recuperación. Potencia los efectos de la terapia, porque un cuerpo que se mueve es una mente más receptiva al cambio.

La depresión nos hace extraños a nosotros mismos. Nos roba la sensación de habitar nuestro cuerpo, que se convierte en un pesado saco de síntomas. El deporte, en su forma más gentil y adaptada, es un camino de reconciliación. Es recuperar, sudor a sudor, latido a latido, la sensación de agency: «Yo puedo hacer que algo ocurra. Puedo cambiar algo, aunque solo sea la posición de mi cuerpo en el espacio».

Clara sigue viniendo a terapia. Sigue trabajando en sus pensamientos y sus heridas. Pero ahora, cuando habla, sus manos gesticulan más. Su voz tiene un timbre más firme. «No es que correr me haya curado», me corrigió la última vez. «Es que mientras corro, me recuerdo a mí misma que todavía estoy viva. Y que algo dentro de mí, aunque sea el corazón por el esfuerzo, quiere seguir latiendo».

Al final, tal vez ese sea el gran mensaje: en la batalla contra la oscuridad, el movimiento es un testimonio de luz. Un acto de fe biológica y profundamente humana. Un paso, y luego otro, hacia la vida.

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