Dos de cada tres jóvenes europeos han vivido adversidades en su infancia: las heridas que pueden acompañarnos toda la vida

Una nueva investigación de la OMS/Europa pone cifras a una realidad que durante demasiado tiempo hemos preferido mirar de lejos

Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info

Hay noticias que se leen y se olvidan.

Y hay otras que nos obligan a detenernos.

La que acaba de hacer pública la Organización Mundial de la Salud en Europa pertenece a estas últimas: más de dos de cada tres jóvenes europeos que participaron en un amplio estudio aseguran haber vivido al menos una experiencia adversa durante su infancia.

La investigación, publicada por la OMS/Europa el 6 de octubre, recoge las respuestas de 26.741 jóvenes de entre 18 y 30 años de los 27 países de la Unión Europea, Islandia y Noruega.

Detrás de una cifra tan grande hay miles de historias.

Niños que crecieron en hogares donde había violencia.
Niñas que aprendieron demasiado pronto lo que significaba el miedo.
Hijos de familias atravesadas por una enfermedad mental, una adicción, una separación o una pérdida.
Niños que no fueron golpeados, pero que crecieron sintiéndose solos.
Niños que tuvieron comida y techo, pero quizá no tuvieron a alguien que les preguntara cómo estaban.

La infancia no siempre deja cicatrices visibles.

A veces las heridas aparecen muchos años después.

La infancia no termina cuando cumplimos dieciocho años. Durante mucho tiempo hemos pensado en la infancia como una etapa que termina al llegar a la mayoría de edad.

Pero nuestro cerebro, nuestra personalidad

y nuestra manera de relacionarnos con los demás no funcionan como un calendario.

Lo que vivimos durante los primeros años puede convertirse en una especie de paisaje interior desde el que, sin darnos cuenta, miramos el mundo.

La OMS denomina experiencias adversas en la infancia (ACE) a diferentes situaciones potencialmente traumáticas ocurridas antes de los 18 años. Entre ellas se encuentran el abuso físico, emocional o sexual, la negligencia, la violencia en el hogar, convivir con problemas de salud mental o consumo de sustancias, el encarcelamiento de un miembro de la familia, la separación de los padres o la muerte de alguien cercano.

No todas estas experiencias producen necesariamente un trauma.

Y esta precisión es importante.

Dos personas pueden atravesar una experiencia parecida y reaccionar de manera completamente diferente. La historia personal, el temperamento, el entorno, la edad, la duración de la experiencia y, sobre todo, la existencia de vínculos protectores pueden cambiar profundamente sus consecuencias.

Por eso no deberíamos convertir estas cifras en una sentencia.

Una infancia difícil no determina inevitablemente una vida difícil.

Pero tampoco debemos minimizar lo ocurrido.

Cuantas más adversidades, mayor es el riesgo. Uno de los datos que más debería hacernos reflexionar es que las experiencias adversas pueden acumularse.

Más de uno de cada cinco jóvenes participantes declaró haber vivido cuatro o más experiencias adversas durante su infancia.

Entre quienes habían vivido cuatro o más, el 76,3 % consideraba que había necesitado apoyo profesional para su salud mental durante el año anterior, frente al 36,7 % entre quienes no habían comunicado ninguna experiencia adversa.

El estudio también encontró una relación entre una mayor acumulación de adversidades y mayores probabilidades de haber sufrido violencia, participar en ella, experimentar ciberacoso, tener peores resultados educativos, menores ingresos y menor confianza en otras personas y en la comunidad.

Los números impresionan.

Pero quizá deberíamos intentar escuchar lo que hay detrás de ellos.

Porque cuando un joven no confía en los demás, quizá no estemos viendo simplemente a una persona desconfiada.

Tal vez estemos viendo a un niño que aprendió demasiado pronto que confiar podía doler.

Cuando alguien tiene dificultades para establecer vínculos, quizá no sea falta de voluntad.

Puede ser que nunca haya aprendido, en un lugar seguro, cómo se construye un vínculo.

Y cuando una persona reacciona con una enorme intensidad ante determinadas situaciones, quizá exista detrás una historia que todavía no conocemos.

El cerebro recuerda lo que la persona intenta olvidar. La investigación sobre trauma y desarrollo cerebral nos ha enseñado algo fundamental: el organismo aprende de aquello que experimenta repetidamente.

Un niño que crece en un ambiente imprevisible puede desarrollar una extraordinaria capacidad para detectar amenazas.

Aprende a escuchar los pasos.

A observar los gestos.

A anticipar el estado de ánimo de los adultos.

A saber cuándo conviene hablar y cuándo es mejor permanecer en silencio.

En aquel momento, esa capacidad puede haber sido una forma de supervivencia.

El problema aparece cuando el niño crece y el mundo cambia, pero su sistema de alarma continúa funcionando como si el peligro siguiera presente.

Entonces aquello que un día ayudó a sobrevivir puede convertirse en ansiedad, hipervigilancia, dificultades para confiar, problemas de regulación emocional o conflictos en las relaciones.

Por eso no deberíamos preguntarnos solamente: «¿Qué le pasa a esta persona?»

Quizá deberíamos aprender a preguntar también:«¿Qué le ha pasado?»

La diferencia entre ambas preguntas puede cambiar completamente nuestra manera de mirar al ser humano.

Una estadística que también habla de nosotros. Sería sencillo convertir esta investigación en una noticia sobre salud mental.

Pero sería insuficiente.

La propia OMS advierte de que las consecuencias de la adversidad infantil no afectan únicamente al ámbito sanitario. También pueden repercutir sobre la educación, el empleo, los ingresos, la confianza social, la violencia y la participación comunitaria.

Por eso estamos ante un problema que no puede resolver solamente un psicólogo, un psiquiatra o un hospital.

También tiene que ver con las familias.

Con las escuelas.

Con los servicios sociales.

Con las políticas de vivienda.

Con la pobreza.

Con la protección de la infancia.

Con la violencia doméstica.

Con la forma en que acompañamos a las madres y a los padres.

Con la manera en que una sociedad decide tratar a sus niños.

La salud mental comienza mucho antes de entrar en una consulta.

Un adulto protector puede cambiar una historia

Hay, sin embargo, una parte de esta investigación que merece ser contada con especial cuidado.

Porque no todo es oscuridad.

La OMS señala la importancia de las relaciones de apoyo con adultos como un factor asociado a mejores resultados de salud mental y mayor resiliencia.

A veces ese adulto puede ser un padre.

O una madre.

Pero también puede ser una abuela, un profesor, una entrenadora, un vecino, una hermana mayor, un terapeuta o cualquier persona que haya conseguido transmitir a un niño una experiencia fundamental:

«Lo que sientes importa.»

Quizá nunca sepamos cuántas vidas han cambiado gracias a una persona que estuvo allí en el momento adecuado.

Un profesor que vio al niño que los demás no veían.

Una abuela que ofreció un lugar seguro.

Un adulto que escuchó sin juzgar.

Una psicóloga que puso palabras donde antes solamente había confusión.

La resiliencia no siempre nace de la fortaleza individual.

Muchas veces nace de haber encontrado a alguien con quien no fue necesario ser fuerte.

No estamos condenados por nuestra infancia

Hay una idea que debemos evitar transmitir cuando hablamos de trauma infantil: la de que nuestro pasado determina inevitablemente nuestro futuro.

No es cierto.

El cerebro humano conserva capacidad de cambio.

Las relaciones pueden reparar.

La psicoterapia puede ayudar.

La educación puede transformar.

El afecto puede transformar.

La conciencia puede transformar.

Y también puede hacerlo algo tan aparentemente sencillo como encontrar un espacio donde una persona pueda contar por primera vez su propia historia sin sentirse culpable por ella.

La infancia deja huellas.

Pero una huella no es una condena.

El gran reto: prevenir antes de tener que reparar. La OMS propone actuar en tres direcciones: prevenir las adversidades cuando sea posible, fortalecer la resiliencia cuando no puedan evitarse y hacer que los servicios públicos tengan en cuenta el trauma y sus consecuencias.

Esta propuesta contiene una idea que debería ocupar un lugar central en nuestras políticas de salud mental:

es mejor proteger a un niño que intentar reparar veinte años después el daño que sufrió.

La prevención no significa solamente detectar enfermedades.

Significa construir entornos donde sea menos probable que aparezcan.

Una familia que recibe ayuda cuando está desbordada.

Una madre que no se siente sola.

Un padre que aprende a gestionar su propia ira.

Una escuela capaz de detectar el sufrimiento.

Un adolescente que encuentra un adulto dispuesto a escuchar.

Una sociedad que no abandona a las familias cuando atraviesan una crisis.

Todo eso también es prevención en salud mental.

Quizá la pregunta más importante sea otra. Cuando hablamos de los jóvenes europeos que participaron en este estudio, podemos quedarnos con la estadística: dos de cada tres han vivido alguna adversidad durante su infancia.

Pero quizá exista una pregunta más profunda.

¿Qué clase de infancia estamos construyendo?

Porque los niños de hoy serán los adultos que mañana educaran a nuestros hijos, trabajarán en nuestros hospitales, dirigirán nuestras empresas, cuidarán de nuestros mayores y tomarán decisiones sobre nuestra sociedad.

La infancia no es solamente el comienzo de una vida.

Es también el comienzo de una sociedad.

Cuidar a un niño no debería considerarse un gesto de generosidad.

Es una responsabilidad colectiva.

Y quizá algún día comprendamos que hablar de salud mental no consiste únicamente en hablar de enfermedades, diagnósticos y tratamientos.

Consiste también en preguntarnos si estamos creando hogares, escuelas y comunidades donde una persona pueda crecer sin tener que aprender demasiado pronto a defenderse del mundo.

Porque detrás de cada adulto hay una historia.

Y detrás de cada historia hubo alguna vez un niño.

Quizá nuestra tarea más humana sea conseguir que cada vez sean menos los niños que tengan que sobrevivir a su propia infancia.

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