El Premio Nobel de Medicina 2026 reconoce una evolución que está cambiando nuestra manera de comprender el cerebro las emociones y la conducta

Karl Deisseroth, el científico que aprendió a encender y apagar neuronas con luz

Redacción Barcelona EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA

Hay descubrimientos científicos que amplían lo que sabemos. Y hay otros que cambian la manera de hacer preguntas.

El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 pertenece a esta categoría.

El estadounidense Karl Deisseroth, profesor de Psiquiatría y Ciencias de la Conducta y de Bioingeniería en la Universidad de Stanford, comparte este año el máximo reconocimiento científico con los investigadores alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos relacionados con los canales iónicos sensibles a la luz y la optogenética.

La importancia de su trabajo puede resumirse en una imagen casi imposible de imaginar hace unas décadas: utilizar la luz para controlar de manera extraordinariamente precisa la actividad de determinadas neuronas dentro de un cerebro vivo.

No se trata solamente de observar el cerebro.

Se trata de poder preguntarle, con una precisión desconocida hasta ahora, qué ocurre cuando una determinada población de neuronas se activa o deja de hacerlo.

Y esa diferencia es enorme.

De un alga microscópica a la mente humana. La historia comienza lejos de los laboratorios de neurociencia.

Peter Hegemann y Georg Nagel estudiaban un organismo unicelular llamado Chlamydomonas, un alga capaz de desplazarse hacia la luz.

En sus investigaciones identificaron una proteína extraordinaria: la canalrodopsina.

Cuando recibe luz azul, esta proteína abre un canal que permite el paso de iones y genera una señal eléctrica. Lo verdaderamente revolucionario fue descubrir que esta propiedad podía utilizarse en otras células.

De pronto, una proteína procedente de un organismo microscópico ofrecía una posibilidad extraordinaria: hacer que una célula respondiera a la luz.

Karl Deisseroth comprendió que aquella propiedad podía convertirse en una herramienta para estudiar el cerebro.

Introdujo el gen de la canalrodopsina en neuronas de rata y consiguió activar las células utilizando luz azul. El trabajo fue publicado en 2005. Dos años después, su equipo consiguió utilizar este mecanismo en el cerebro de ratones vivos.

Había nacido, en su forma moderna, la optogenética.

¿Qué es exactamente la optogenética? La palabra puede parecer compleja, pero la idea fundamental es relativamente sencilla.

La optogenética combina genética y luz.

Primero se introduce en determinadas neuronas un gen que permite fabricar una proteína sensible a la luz. Después, mediante sistemas ópticos, los investigadores pueden estimular o inhibir esas neuronas con una precisión extraordinaria.

Es como transformar determinadas células nerviosas en pequeños interruptores biológicos.

Pero la verdadera importancia no está en encender o apagar neuronas.

Está en poder estudiar qué ocurre después.

Si se activa un determinado circuito neuronal y aparece una conducta concreta, los científicos pueden comenzar a establecer relaciones causales entre actividad cerebral y comportamiento.

Durante décadas, la neurociencia podía observar correlaciones.

La optogenética permitió acercarse mucho más a la causalidad.

Del cerebro que observamos al cerebro que podemos interrogar. Nuestro cerebro contiene miles de millones de neuronas conectadas mediante redes extraordinariamente complejas.

Durante mucho tiempo, los científicos podían observar qué regiones cerebrales parecían activarse cuando una persona sentía miedo, recordaba algo, tomaba una decisión o experimentaba placer.

Pero una pregunta permanecía abierta:

¿esa actividad provoca realmente la experiencia o simplemente la acompaña?

La optogenética ha permitido investigar esta cuestión con una precisión extraordinaria.

Gracias a ella, investigadores de todo el mundo han podido estudiar circuitos relacionados con la memoria, las emociones, el movimiento, la motivación y diferentes comportamientos. El propio trabajo de Deisseroth se ha utilizado para investigar procesos relacionados con la depresión y la enfermedad de Parkinson, entre otros trastornos.

El Instituto Karolinska ha señalado que la técnica ha permitido revelar circuitos neuronales relacionados con recuerdos, sentimientos y comportamientos relevantes para enfermedades neurológicas y psiquiátricas.

Cuando la depresión deja de ser solamente un concepto. Para la psiquiatría, la importancia de esta revolución es especialmente profunda.

Durante mucho tiempo hemos hablado de depresión, ansiedad, adicción, esquizofrenia o trastornos del movimiento utilizando categorías clínicas necesarias para diagnosticar y tratar, pero que no siempre permiten comprender qué ocurre exactamente dentro de los circuitos neuronales.

La optogenética ofrece una nueva posibilidad: investigar qué redes concretas participan en determinados estados y comportamientos.

En modelos animales, el equipo de Deisseroth ha utilizado esta tecnología para estudiar circuitos relacionados con la depresión, la interacción social y la enfermedad de Parkinson. En investigaciones realizadas junto a otros científicos, la manipulación de determinados circuitos permitió incluso revertir síntomas de Parkinson en ratones.

Esto no significa que podamos trasladar automáticamente esos resultados a los seres humanos.

Y conviene decirlo con claridad.

La optogenética no es hoy un tratamiento general disponible para personas con depresión o Parkinson.

Su enorme valor actual reside fundamentalmente en la investigación y en el desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas.

Una nueva esperanza para la medicina. La historia no termina en el laboratorio.

La optogenética también está siendo investigada con fines terapéuticos. Existen trabajos orientados a restaurar parcialmente funciones visuales en personas con determinadas enfermedades de la retina, y la técnica se está estudiando en diferentes áreas de la medicina.

La posibilidad de actuar sobre células concretas con una precisión extraordinaria abre un horizonte completamente diferente al de muchos tratamientos tradicionales.

Pero también obliga a plantear preguntas éticas.

Porque si algún día podemos modificar con precisión determinados circuitos cerebrales relacionados con el movimiento, la memoria, el miedo, la recompensa o las emociones, tendremos que preguntarnos no solamente qué podemos hacer, sino también qué debemos hacer.

El cerebro y el misterio de quiénes somos

Hay algo especialmente hermoso en la historia de Deisseroth.

El punto de partida de esta revolución no fue una máquina gigantesca ni una tecnología concebida desde el principio para dominar el cerebro humano.

Fue la curiosidad.

Una pregunta sobre un pequeño organismo capaz de orientarse hacia la luz terminó contribuyendo a desarrollar una de las herramientas más poderosas de la neurociencia contemporánea.

Y detrás de la tecnología permanece la gran pregunta:

¿cómo surge nuestra experiencia humana a partir de la actividad de nuestro cerebro?

¿Cómo aparece un recuerdo?

¿Por qué sentimos miedo?

¿Qué sucede cuando nos enamoramos?

¿Cómo se construye la tristeza?

¿Por qué algunas experiencias se convierten en sufrimiento psicológico?

¿Dónde comienza una emoción y dónde termina la actividad neuronal?

Todavía estamos lejos de responder completamente a estas preguntas.

Pero ahora disponemos de herramientas que hace apenas unas décadas pertenecían al territorio de la ciencia ficción.

Deisseroth, psiquiatra además de científico. Quizá uno de los aspectos más interesantes de Karl Deisseroth es que su trayectoria se encuentra precisamente en la frontera entre dos mundos: la ingeniería y la psiquiatría.

Es médico, investigador y profesor de Bioingeniería y Psiquiatría y Ciencias de la Conducta en Stanford.

Su interés por el cerebro no nació únicamente de una fascinación tecnológica. Según ha explicado en entrevistas, desde joven se preguntaba por la experiencia interior, por las emociones y por la relación entre el cerebro, las palabras y los sentimientos.

Esa combinación resulta especialmente significativa.

Porque comprender el cerebro no significa olvidar a la persona.

Al contrario.

Cuanto más sabemos sobre las redes neuronales que participan en nuestras emociones y comportamientos, más posibilidades tenemos de comprender la complejidad de aquello que llamamos sufrimiento humano.

Una revolución que todavía está comenzando. El Nobel de 2026 no premia simplemente una nueva técnica de laboratorio. Reconoce un cambio de paradigma.

La optogenética ha proporcionado a la neurociencia una herramienta para investigar el cerebro con una precisión que anteriormente parecía inalcanzable. El propio Comité Nobel considera que estos descubrimientos han sentado las bases de una nueva era en la investigación del cerebro.

Pero quizá lo más importante sea recordar que conocer mejor el cerebro no equivale a comprender completamente al ser humano.

Una neurona puede ser activada con luz.

Una red neuronal puede ser cartografiada.

Un circuito puede relacionarse con una conducta.

Pero una persona sigue siendo mucho más que la suma de sus neuronas.

Tiene historia, vínculos, memoria, lenguaje, cultura, cuerpo, deseos, pérdidas, esperanzas y capacidad para transformar su propia vida.

El gran desafío de la ciencia del futuro será precisamente unir ambos conocimientos: la extraordinaria precisión de la neurociencia y la profundidad de la experiencia humana.

La luz que Deisseroth y sus colegas han llevado al interior del cerebro puede ayudarnos a comprender mejor sus circuitos.

La pregunta que queda abierta es todavía más grande:

¿podremos algún día comprender, sin reducirlo, el misterio de una persona que siente, recuerda, sufre, ama y busca sentido?

Quizá ahí se encuentre la próxima gran frontera de la ciencia.

Y también una de las grandes tareas de la psicología.


El Periódico de la Psicología. Psicología, cerebro y ciencia al servicio de una comprensión más humana de nosotros mismos.

Fuentes: Nobel Prize / Nobel Assembly at Karolinska Institutet; Stanford University; HHMI; Inserm.

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