Hay fechas que el calendario marca con tinta roja, pero otras, como el primero de agosto, lo hacen con un gesto más silencioso. No es un festivo que interrumpa la rutina laboral con estrépito; es más bien un pliegue en el tiempo, una pequeña grieta por la que se cuela una forma de estar en el mundo que el pensamiento occidental, tan ocupado en dominar la naturaleza, ha olvidado practicar. Hablo de ese mes que en el altiplano y en las quebradas andinas se dedica a la Pachamama, y que para quienes habitamos las ciudades, atrapados entre el asfalto y las pantallas, puede resultar una invitación incómoda, pero necesaria, a recolocar nuestro lugar en el orden de las cosas.
Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
La psicología, al menos aquella que aún se permite dudar de sus propios manuales, sabe que la salud mental no es un asunto puramente endógeno. No ocurre solo dentro de la piel, ni en los pliegues de la corteza prefrontal. Ocurre también en el vínculo, en el afuera, en esa membrana porosa que nos une al suelo que pisamos y al aire que movemos al hablar. Cuando en agosto las comunidades andinas preparan la qhoa o entierran la comida cocinada en agradecimiento, no están realizando un mero conjuro supersticioso. Están activando un principio psicológico fundamental: la reciprocidad como eje de la estabilidad emocional. No se pide sin dar; no se recibe sin haber ofrecido antes. En una época donde el individualismo nos ha enseñado a extraer sin reponer, esa lógica resulta casi subversiva.
Hay quien ve en la famosa tradición de tomar caña con ruda en ayunas un simple ritual de «buena suerte» para alejar los males del invierno. Pero si lo miramos con lentes psicológicos, lo que ocurre esa mañana es otra cosa. Es un acto de presencia plena antes de que el ruido del día comience. Es un momento en el que el cuerpo, aún en ese estado de vulnerabilidad del despertar, se conecta con un gesto colectivo; millones de personas, al mismo tiempo, compartiendo un sabor amargo y vegetal que les recuerda que son parte de un tejido más amplio. Eso, en términos de salud comunitaria, no es poca cosa. Es un antídoto contra la atomización, un recordatorio de que el malestar no se cura en soledad, sino en la sincronía con los otros y con el entorno.
Me resisto a escribir sobre la Pachamama como si fuera una «creencia exótica» que merece nuestro respeto desde una distancia políticamente correcta. Eso sería reducirla a un objeto de estudio antropológico y mantenernos intactos, a salvo en nuestra butaca de observadores neutrales. La provocación que lanza el mes de agosto es mucho más radical: nos invita a preguntarnos si nosotros, los urbanos, los modernos, los dueños del progreso, hemos sido capaces de generar un relato tan poderoso sobre nuestra relación con la tierra. Nuestra narrativa actual, la del capitalismo tardío, habla de «recursos naturales», de «explotación sostenible» y de «huella de carbono». Son términos fríos, funcionales, que nos permiten dormir tranquilos mientras la factura ecológica sigue creciendo. En cambio, la cosmovisión andina habla de crianza mutua: la tierra nos cría a nosotros, y nosotros, con nuestras acciones, debemos criar y cuidar la tierra.
Desde la psicología humanista, que puso al ser humano en el centro de su propia existencia, se nos recordó la importancia de la experiencia subjetiva. Pues bien, el rito de la Pachamama es pura experiencia subjetiva. No se cree en la tierra; se siente a la tierra. Se la toca, se la alimenta, se le habla. En esos gestos, la mente abandona su postura de superioridad y entra en un diálogo horizontal. Para el terapeuta que escucha a sus pacientes, resulta evidente que buena parte de la ansiedad contemporánea viene de ese desarraigo, de esa sensación de flotar en un mundo que hemos convertido en escenario pero del que ya no nos sentimos parte. Agosto llega entonces como un recordatorio táctil: estamos hechos de barro y volveremos al barro, y mientras tanto, sería prudente llevarnos bien con él.
No se trata, por supuesto, de idealizar la vida rural ni de caer en un romanticismo ingenuo que niegue las duras condiciones de la vida en el altiplano. Pero sí se trata de reconocer que otros modos de habitar el mundo tienen mucho que enseñarnos sobre el equilibrio, sobre la paciencia de esperar las cosechas, sobre la aceptación de los ciclos que no se pueden acelerar. En un contexto de inmediatez digital, donde todo debe resolverse en el instante, ese es un aprendizaje que duele, pero que sana.
Este mes, si el lector se encuentra con alguien que ofrece una hoja de coca o que entierra un poco de comida en el jardín, tal vez no lo vea como un acto extraño, sino como una sesión de terapia al aire libre. Porque, en el fondo, la psicología profunda siempre ha sido eso: un intento de restaurar los puentes rotos. Y el puente más antiguo, el que nos une al polvo del que venimos, es el que celebramos en silencio cada vez que recordamos que este planeta no es una herencia que hemos recibido, sino un préstamo del que debemos responder. La Pachamama no pide devoción; pide coherencia. Y eso, amigos, es lo más difícil y lo más humano que podemos ofrecer.
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