El amor no es un sentimiento: es la fuerza que sostiene el universo

Autor: (Un psicólogo de a pie, con más preguntas que certezas)
Publicado en: El Periódico de la Psicología – Edición impresa y digital


Hace unos días, una paciente me dijo entre lágrimas: “Creo que ya no siento amor por mi pareja. Llevamos meses sin mariposas en el estómago. ¿Significa esto que se acabó?”.

Le devolví la pregunta, cómo a veces hacemos los psicólogos cuando queremos ganar tiempo: “¿Y para ti, el amor es solo eso, mariposas?”. Se quedó en silencio. Luego suspiró: “Pues no lo sé. Pero duele no sentirlo”.

Ahí está el gran malentendido. Llevamos décadas, siglos quizá, vendiéndonos la idea de que el amor es un sentimiento. Algo que se tiene o no se tiene. Una especie de fiebre emocional que sube y baja. Y cuando baja, creemos que el amor ha muerto.

Pero si hay algo que he aprendido, sentado frente a decenas de historias rotas y también de otras que se rehicieron, es que el amor no es un sentimiento. El amor es una fuerza. Y no una fuerza poética o metafórica, sino una fuerza con mayúsculas: de esas que mueven montañas, o mejor dicho, que sostienen el universo.

La física del amor

Pensemos por un momento en la gravedad. No la sentimos todo el tiempo. A veces la olvidamos por completo. Pero ahí está, manteniendo los planetas en órbita, impidiendo que salgamos volando de la superficie de la Tierra. La gravedad no depende de nuestro estado de ánimo. No se desvanece cuando estamos distraídos.

El amor funciona igual.

Cuando un padre se levanta a las 3 de la madrugada para calmar a su bebé que llora, no lo hace porque sienta amor en ese momento. Está agotado, irritable, con la espalda rota. Pero lo hace. ¿Por qué? Porque el amor es esa fuerza que lo impulsa hacia el otro aunque sus sentimientos digan “quiero dormir”.

Cuando una cuidadora sostiene la mano de un anciano con Alzheimer que ya no la reconoce, no hay sentimiento recíproco, no hay calidez devuelta. Pero ella sigue allí. Eso no es emoción. Es gravedad.

La psicología se ha equivocado de targeta

Llevamos años diciendo a las parejas: “hablen de sus sentimientos”, “conecten emocionalmente”, “reaviven la chispa”. Y está bien. Pero nos olvidamos de lo esencial: los sentimientos van y vienen. La ira llega. El aburrimiento se instala. La atracción se duerme. Si el amor fuera solo un sentimiento, todas las relaciones de más de cinco años estarían condenadas.

Pero no lo están. Y no porque la gente mienta al decir “te quiero”, sino porque el amor es ese acto minúsculo y titánico de elegir al otro incluso cuando no apetece.

Lo llamamos “compromiso” en los libros de texto. Pero es más profundo: es una decisión que se vuelve hábito, y un hábito que se vuelve estructura. Como los puentes que no se sienten, pero sin ellos el caos.

El universo que sostenemos

Cuando la paciente dijo aquello de “ya no siento amor”, le propuse un experimento absurdo: “Esta semana, en vez de preguntarte qué sientes por él, pregúntate qué haces por él. Y qué hace él por ti. No gestos grandiosos. Cosas pequeñas: hacer café, escuchar sin interrumpir, doblar una sábana”.

Volvió dos semanas después. “No he recuperado las mariposas”, admitió. “Pero me he dado cuenta de que él me las compra en la farmacia sin que se lo pida. Y yo le preparo la mochila los días que madruga. Es raro… no lo siento, pero lo veo. Y es más sólido que cualquier sentimiento”.

Ahí lo tienen. El amor no es un temblor en el pecho. Es lo que te hace tender la mano cuando el otro se cae. Es lo que mantiene unida una familia después de una discusión horrible. Es lo que permite que una amiga te llame a las 2 a.m. sin sentirse una molestia.

Los sentimientos son meteorología. El amor es clima, es geología, es la gravedad que evita que todo se desmorone. Y si el universo entero se sostiene por fuerzas que no se ven, quizá los humanos también.

Así que la próxima vez que te preguntes “¿lo sigo queriendo?”, cámbiala: “¿Sigo actuando como si lo quisiera?”. La respuesta puede que te duela. O puede que te libere. Pero al menos estarás mirando al amor de frente: no como una llama que se apaga, sino como una fuerza que se ejerce.

Y las fuerzas, a diferencia de los sentimientos, se pueden entrenar. Se pueden recuperar. Se pueden convertir en el piso firme sobre el que construir una vida.

O un universo entero.


Nota del autor: Este artículo no niega la importancia de los sentimientos. Simplemente invita a no confundirlos con la materia de la que está hecha la entrega. Si quieres enviar tu opinión, réplica o historia, puedes escribir a la redacción. Las cartas de los lectores son, a su manera, otro acto de amor minúsculo.

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