Vivimos una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan perdidos. Las pantallas nos conectan con el mundo entero, pero también nos desconectan de nosotros mismos. Corremos, producimos, consumimos, y en medio de ese vértigo apenas nos detenemos a preguntarnos: ¿qué está pasando realmente? ¿Qué está pasando con nosotros?
Redacción www.elperiodicodelapsicologia.info
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que late en el corazón de lo que podríamos llamar el wake up humano-humanista: ese despertar que no es solo individual, sino colectivo; que no se conforma con cambiar hábitos, sino que aspira a transformar la mirada. Un despertar que nos devuelve a lo esencial: nuestra condición de seres vulnerables, interdependientes y, sobre todo, humanos.
El sueño de la modernidad. Llevamos décadas —quizá siglos— dormidos en la ilusión del progreso lineal. Hemos creído que el crecimiento económico, la tecnología y el dominio de la naturaleza nos harían felices. Y en ese sueño, hemos olvidado algo fundamental: que somos parte de un ecosistema, que nuestra salud mental no puede desligarse de la salud del planeta, que el bienestar no se compra ni se acumula.
El filósofo Jorge Riechmann llama al siglo XXI el «Siglo de la Gran Prueba», porque en él nos jugamos el futuro del planeta y la supervivencia de nuestra especie. No es una exageración. Es una constatación. Y frente a esa prueba, la respuesta no puede ser técnica ni meramente política. Tiene que ser, ante todo, humanista.
¿Qué significa un despertar humanista? La psicología humanista, esa corriente que surgió a mediados del siglo XX como alternativa al conductismo y al psicoanálisis, nos recuerda algo que a menudo olvidamos: el ser humano no es una máquina de reflejos ni un manojo de pulsiones inconscientes. Es un ser en potencia, un devenir constante que se enfrenta al mundo con capacidad de elegir, de crear y de trascender.
Desde esta mirada, despertar no significa iluminarse de golpe ni alcanzar un estado de perfección. Significa, más bien, tomar conciencia de nuestra propia complejidad y de la complejidad del mundo que habitamos. Significa aceptar nuestra fragilidad, nuestra mortalidad, nuestra vulnerabilidad. Y desde esa aceptación, actuar: cuidar lo frágil, hacer las paces con la naturaleza, acoger al otro.
Ese es el núcleo del wake up humano-humanista: un despertar que no huye de la incertidumbre, sino que la abraza. Que no promete certezas, sino preguntas. Que no busca héroes, sino personas comunes dispuestas a mirarse y a mirar el mundo con honestidad.
El despertar según Edgar Morin. El pensador francés Edgar Morin, con su lucidez de más de un siglo de vida, nos invita en su libro ¡Despertemos! a salir del letargo. Para Morin, el problema de fondo no es la crisis ecológica en sí, sino la crisis del pensamiento: nuestra incapacidad para entender la complejidad, nuestra miopía ante todo lo que trasciende lo inmediato.
Morin no se resigna. Cree en la posibilidad de un despertar generalizado, de una reforma del pensamiento que nos permita afrontar los desafíos del presente sin perder la esperanza. Pero ese despertar no puede ser impuesto desde arriba: tiene que nacer de abajo, de cada uno de nosotros, de nuestra capacidad para mirar la realidad con otros ojos.
Los obstáculos del despertar. No es fácil despertar. Vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «sonambulismo colectivo»: una rutina que nos adormece, un ruido constante que nos impide escucharnos, una cultura del entretenimiento que nos distrae de lo esencial.
Además, el despertar duele. Duele porque implica reconocer nuestras contradicciones, nuestras incoherencias, nuestros privilegios. Duele porque nos obliga a cambiar, y cambiar siempre da miedo. Pero, como bien saben los terapeutas de orientación humanista, el dolor no es el enemigo: es un síntoma de que algo en nosotros está vivo, está pidiendo ser atendido.
Una psicología para el despertar. La psicología humanista, con figuras como Carl Rogers o Abraham Maslow, nos ofrece herramientas para este camino. No se trata de recetar soluciones, sino de acompañar el proceso de cada persona, creando un espacio de aceptación incondicional donde sea posible explorar, equivocarse y redescubrirse.
En este sentido, el terapeuta humanista no es un técnico que aplica protocolos, sino un facilitador que camina al lado del otro, confiando en su capacidad de auto resolución. Esa confianza en el ser humano —en su potencial, en su creatividad, en su fuerza para transformarse— es el fundamento de cualquier verdadero despertar.
Conclusión: despertar es volver a lo humano. El wake up humano-humanista no es una moda ni una etiqueta. Es una actitud, una postura ante la vida. Es la decisión de salir del piloto automático y recuperar el asombro, la curiosidad, la capacidad de preguntarse. Es recordar que, por mucho que avance la tecnología, seguimos siendo seres frágiles, necesitados de vínculo, de sentido, de cuidado.
Como decía Morin, el siglo XXI será el siglo de la gran prueba. Pero también puede ser el siglo del gran despertar. Depende de nosotros. De cada pequeño gesto, de cada pregunta incómoda, de cada decisión consciente. Porque al final, despertar no es otra cosa que volver a ser humanos. Y eso, en un mundo que nos empuja a ser otra cosa, es ya un acto de rebeldía y de esperanza.
Artículo de El Periódico de la Psicología. www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Teléfono +34 675763503 info@elperiodicodelapsicologia.info