El maravilloso poder de hablar con tu cuerpo

El maravilloso poder de hablar con tu cuerpo
Por Sandra Corominas (periodista y aventurera de la vida)

Cuando era pequeña, siempre estaba con Patufet, mi perro caniche. Veraneábamos en la casa de la montaña de mis yayos (mis bisabuelos) durante aproximadamente tres meses. Yo, de pequeña, era casi igual que ahora: un poco más bajita y con el pelo más dorado… pero casi igual.

La casa de mis yayos estaba ubicada en un valle muy hermoso, rodeado de planicies muy verdes y montañas con un verde casi esmeralda, en el Valle del Cauca, en Cali (Colombia), en la carretera que conducía al mar. Mis yayos escogieron vivir allí porque decían que los colores se parecían al lago de Banyoles, en Girona (Catalunya). ¡Y así se llama la finca: Banyoles! No había lago, pero el cielo rodeaba la casa y siempre tuve la sensación de que ese azul era más un lago que un cielo.

Allí los días pasaban muy lentos. Patufet y yo éramos expertos en contemplar la llegada de la mañana: el sol bañaba las llanuras y el verde majestuoso parecía un volcán de destellos, una pintura con sus pinceles que elaboraba colores aceitunados, frondosos y frescos que nos deslumbraban.

Patufet y yo no hablábamos español ni catalán, pero hablábamos un idioma perfecto: un idioma con el corazón. Habíamos creado un lenguaje impecable, elegante y muy respetuoso. Nos entendíamos con el alma, y como los dos éramos niños, tampoco hacía falta hablar mucho. Éramos muy amigos, y observábamos la vida con delicadeza y atención. Nos alegrábamos cada día por tener cerca los dones que la naturaleza nos regalaba: belleza y su lenguaje tácito y hermoso. Patufet tenía una inteligencia superior, también condicionada a las felicitaciones constantes que recibía de su rubia y a los estímulos que le ayudaban a desarrollar más su sabiduría. Sus ojos eran tan oscuros como la noche, su pelo muy blanco y rizado. Era pequeño, pero sus patas eran muy fuertes y nadaba muy bien. Sabía bucear y secarse al sol mientras vigilaba que nadie invadiera nuestro micromundo.

Cerca de la casa, los ríos y los colores competían para exagerar en su belleza. Deliramos con tanta abundancia natural: el canto de los pájaros, la luz, el silbido y el sonido de la vida.

Cada mañana, mi yayo Carles, a las cinco de la mañana, abría las ventanas y decía: «Que fotut estic» (qué jodido estoy, en catalán), «pero qué feliz soy». Yo me despegaba de mi almohada e inmediatamente se oían las patas de mi amigo en la madera. Ya estaba el desayuno. Él afilaba sus orejas atentas y su nariz empapada de amanecer. Olía pan tostado con miel y fresas con leche. Mi yaya Margarita tenía los ojos muy azules, parecidos al cielo y al lago de Banyoles.

Mi yaya Margarita era una mujer llena de vitalidad y fuerza. Sus brazos, muy grandes como su corazón, regañaban a mi yayo por todo. Él cerraba los ojos y le decía: «¡Sí, noia!». El día continuaba.

Era martes y no había sol. Mis yayos estaban muy serios. Parecía que se acercaba la lluvia; tal vez no podríamos hacer nuestro paseo mañanero. Los verdes se habían transformado en un negro muy rancio. Pero mi yaya ya me había preparado la cantimplora con agua. Un besito en la frente y «llega a las doce para comer».

Empezamos la caminata. Patufet me miraba con sus ojos inundados de incertidumbre. Yo conocía perfectamente esa mirada. El lago ya no se parecía a un cielo, parecía un abismo. Pero no llovía. Eran las siete de la mañana y parecía como si el sol no hubiera amanecido.

Encontramos un árbol de guayaba. Sus frutos estaban muy maduros y rojos, e hicimos una guerra muy loca. Patufet cogía la guayaba con el morro y me la daba; parecía un tobogán montañoso. La carcajada nos invadía. La risa reía con nosotros, como una obra de teatro muy coordinada. Y el olor fastidioso de la guayaba era tan penetrante que las papilas solo sentían ese olor. De repente, Patufet dejó de reír y me miró muy fijamente, casi al iris. Miramos juntos al cielo. Las pepitas de la guayaba se habían convertido en grandes nubes y el cielo estaba rugiendo. El cielo parecía un gran ojo con varios ojos: una escena muy dramática y espeluznante. Ya no había lago, solo oscuridad. El cielo parecía una gran boca, furiosa y violenta.

En ese momento sentí mucho miedo, tan fuerte que mi cuerpo de nueve años no se sostenía en la tierra. Llovía muy fuerte, una lluvia tropical severa y seria. Empecé a llorar. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas y el miedo se apoderaba de mí. Patufet se quedó paralizado mirando el escenario. El río amenazaba con salirse de su cauce. Y de repente sentí una gran necesidad de conectarme con mi cuerpo. Patufet me miró y me dijo: «Debemos tomar decisiones». Teníamos poco tiempo y mucho miedo. Las gotas de agua no nos dejaban ver el camino, las pestañas comenzaban a saturarse y mi pulso también. No podía parar de temblar.

En ese momento entendí que el cuerpo y la mente son un solo individuo. Necesitaba calmarme para que todo pudiera funcionar. Y empecé a hablar con el pequeño ser que todos llevamos dentro, ese ser que nunca se va y que nunca se ve, pero que se siente dentro de ti, al que a veces llamamos conciencia, dios o amigo invisible. Yo lo llamaba luciérnaga de luz.

Llovía demasiado fuerte y el cielo rugía. El trueno parecía derrumbar la tierra. Y nos empezamos a calmar. Respiramos y cogimos fuerza. La conversación con el ser diminuto nos sirvió: en la calma está el secreto para decidir y accionar.

Debíamos ser rápidos: pasar el río y en dos horas llegar a casa. Y allí comprendí perfectamente el poder canino. Patufet me animaba a seguir con sus ladridos y también con su silencio. Son seres luminosos que llegan para enseñarnos el valor de la vida y de la palabra sin sonido, y nos ayudan a encontrar nuestro centro, nuestra luz. También comprendí que se trataba de conectar con mi cuerpo y con su inteligencia, y ser un ancla para vivir el momento presente y poder superar las adversidades.

Es a través del cuerpo que te das todo lo que eres. Todo puede ser una chispa, una divinidad, si tú lo permites.

Una mente pacífica, centrada y no focalizada en dañar a otros es más fuerte que cualquier fuerza. Con ocho años entendí que el poder está en hablar con el cuerpo e integrar. Y a mis 52 años supe que se llamaba «Corpore et Anima Unus»: el cuerpo y el alma se complementan y se unen en una sola naturaleza. Nuestro poder humano radica en hacer cómplices a los animales en la aventura de la vida. Ellos son el puente para conocernos más a nosotros mismos. Ellos son el vehículo, y nuestra mente, la acción.

La conexión mente y alma es la solución. Somos un ecosistema integrado: el cuerpo es el vehículo, la mente integra las emociones, y el alma representa tu proyecto. Cuando se alinean, logras cultivar tu poder.

Volvimos a casa muy mojados, pero lo conseguimos. Seguía lloviendo mucho. Mis yayos salieron a recibirnos con mucha alegría; estaban muy preocupados. Llovió tres días seguidos. Hasta la luna cambió. Mientras tanto, Patufet y yo habíamos aprendido mucho, y el ser que vive en mí también. Éramos unidad y estábamos listos para seguir más aventuras. Habíamos descubierto que el ser diminuto también hablaba nuestro mismo idioma, y que el poder estaba dentro de nosotros y que la preocupación se vence con la calma. Mi yaya nos preparó chocolate caliente y nos secamos viendo El Chavo del 8, que empezaba a las seis de la tarde.


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