Mónica Rouanet no construye personajes: los habita. Si la leíste una vez, probablemente te pasó eso de cerrar el libro y seguir pensando en ellos. Y no porque sean héroes perfectos o villanos de manual, sino todo lo contrario: sus criaturas literarias duelen, dudan, toman decisiones que no entienden ni ellos mismos. Hay una frase que repite en casi todas las entrevistas que da —como en esta reciente para Todo Literatura— y que es como el sello de su forma de trabajar: «Trabajo mucho en la construcción psicológica de cada personaje; necesito entender por qué sufren y qué les ha hecho ser como son». Eso no es postureo de escritora. Es el reflejo de alguien que antes de ponerse a escribir ya ha pasado años escuchando, mirando y, sobre todo, preguntándose el porqué de las personas.
Por Juan Ramón Miret
Porque Mónica Rouanet (Alicante, 1970) no es solo escritora. Es filósofa, pedagoga y psicóloga. Y antes de que sus novelas se convirtieran en bestsellers —esa Despiértame cuando acabe septiembre que durante el confinamiento pasó 22 semanas seguidas en el número uno de Amazon y acompañó a miles de lectores encerrados en sus casas—, ella ya llevaba más de veinte años trabajando con menores y familias en riesgo de exclusión social en barrios desfavorecidos de Madrid. Esa experiencia no es algo que «inspire» su obra: es su obra. O al menos, la sustancia de la que están hechos sus personajes.
Lo que ves cuando dejas de mirarte el ombligo
Lo curioso de Rouanet es que escribe thriller, sí. Sus novelas enganchan, los capítulos son cortos, el ritmo no da tregua y cuando te quieres dar cuenta has devorado cien páginas sin respirar. Pero lo que la diferencia de otras autoras del género es que a ella no le importa tanto el cadáver del primer capítulo como las cicatrices de quien lo encontró. O del que lo hizo. O del que lo vio y no dijo nada.
«No sé si este es su mejor momento —dijo una vez en una entrevista, hablando del thriller—, pero sí uno de los buenos. Los lectores se inclinan por la intriga y el suspense y, también, por experimentar un poquito de miedo. Llevamos más de un año atemorizados por un virus, tal vez tengamos ganas de sentir temor por otra cosa». Pero el miedo que venden sus libros no es el de la sangre fácil. Es el de mirarse al espejo y reconocerse en alguien que no querías parecerte.
En No oigo a los niños jugar (2021), por ejemplo, la protagonista es Alma, una adolescente de 17 años que sufre un shock postraumático tras quedar atrapada cuatro horas dentro de un coche con los cadáveres de su familia. La novela transcurre en una clínica psiquiátrica reconvertida, y Rouanet logra algo difícil: que empatices con una chica rota sin que su fragilidad se convierta en lástima. La autora confesó que el germen de la historia fue una visita real a un edificio abandonado que había sido residencia de niños sordos, donde encontró habitaciones intactas con camitas hechas, juguetes, dibujos en las paredes, y hasta la sombra de un niño en una fotografía. Ese vértigo entre lo real y lo imaginado es exactamente el territorio donde se mueve.
La culpa no es solo de los malos
Una de las cosas que más valoro de Rouanet es que no fabrica monstruos. O mejor dicho: los fabrica, pero luego los humaniza hasta que te das cuenta de que la línea que separa al «bueno» del «malo» es mucho más fina de lo que creías. Al escribir Nada importante (2022), su novela sobre violencia de género, tuvo que ponerse en la piel de un asesino en serie que se cree salvador de la sociedad y castiga a parejas que no cumplen con sus estándares machistas. Y fue duro. Ella misma lo contó: «Fue difícil ponerme en la piel del asesino, mientras escribía tenía mucha tensión, las manos se me agarrotaban, me quedaba roja». Pero también admitió que narrar ideas que forman parte del «arraigo cultural» con el que fue educada le resultó, paradójicamente, familiar. Ese es el nudo: el monstruo no viene de fuera. El monstruo habla como tu vecino, piensa como cosas que has oído en cenas familiares y justifica sus actos con frases hechas que llevamos escuchando toda la vida.
Y ahí está el coraje de esta mujer. Porque no todo el mundo se atreve a meter el dedo en esa llaga.
Personajes que no se callan
La escritora perdió la memoria a los 19 años tras un accidente de coche. Tiempo después, encontró entre sus cosas cuentos y novelas cortas escritas por ella antes del accidente, y tuvo la experiencia extrañísima de leer algo que no recordaba haber escrito y que, además, le gustó. Esa fractura biográfica —ese antes y después que no terminaba de encajar— la persigue en cada página. Por eso sus personajes siempre están reconstruyéndose, siempre intentando entender de dónde vienen para decidir hacia dónde van. Porque ella lo vivió.
Cuando se le pregunta de dónde saca las ideas, responde con una naturalidad desarmante: «Yo voy por la calle mirándolo todo: ¡me pego cada tortazo! Me invento la vida y las conversaciones de la gente según lo que me dicen sus gestos». Y también mira hacia las ventanas de las casas ajenas: «Con solo ver una cortina, un cuadro, o una lámpara, mi mente comienza a elucubrar una historia apasionante centrada en los personajes que acabo de crear. Ellos son los auténticos protagonistas de mis novelas, los que, con sus cualidades y defectos, van dando forma a sus propias historias».
Esa obsesión por la psicología de sus criaturas no es un adorno. Es el esqueleto de toda su obra. Porque Mónica Rouanet escribe thriller, sí. Pero lo que realmente hace es retratar el vértigo de ser humano. Y lo consigue porque antes de psicoanalizar a nadie, ya lleva décadas escuchando a personas reales, con nombres reales y heridas de verdad. Sus personajes no son inventados: son prestados. Y se nota.
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