Por Maria Miret Donato. redactora y co-editora. www.elperiodicodelapsicologia.info
¿Quién soy realmente? La pregunta parece inocente, casi escolar, pero sostiene el peso de toda una existencia. A lo largo de los años vamos tejiendo una identidad que no se hereda ni se compra de golpe; se esculpe con el roce de cada experiencia, con los rostros que dejamos atrás, con las cicatrices que aprendemos a mirar sin dolor y con esos sueños que, a veces en secreto, decidimos perseguir.
Existe la falsa creencia de que la identidad es un bloque monolítico, una especie de código de barras emocional con el que nacemos marcados. La neurociencia y la psicología clínica insisten en desmentir este mito. Gracias a la neuroplasticidad, nuestro cerebro es un territorio en constante remodelación. No estamos condenados a habitar la misma versión de nosotros mismos para siempre. Tenemos el derecho, y casi la obligación biológica, de crecer, de desaprender los discursos que nos lastiman y de reconstruirnos sobre nuestras propias ruinas.
Es cierto que los cimientos se levantan en el espejo de los demás. Aprendemos a nombrarnos a través de la mirada ajena: un abrazo temprano nos dice que somos valiosos; un desprecio o una ausencia prolongada siembran la duda. Pero el verdadero despertar adulto ocurre el día en que nos atrevemos a interrogar a ese espejo. Toca decidir si seguimos viviendo para cumplir el guion que otros escribieron para nosotros o si empezamos a escuchar el latido de lo que auténticamente somos.
Hoy, ese examen se vuelve especialmente hostil. Habitamos una cultura de escaparates digitales donde las redes sociales operan como un tribunal de comparación constante. Es fácil perder el norte persiguiendo vidas perfectamente editadas, desdibujando la propia esencia solo por el ansia de encajar en un molde ajeno. Olvidamos que la identidad genuina no se alimenta del aplauso externo, sino del silencio de la autoaceptación.
Madurar no consiste en acumular certezas absolutas, sino en aprender a convivir con la incertidumbre. Significa asumir que cambiar de opinión es un síntoma de inteligencia y madurez, no de debilidad. Que el error no nos define, sino que nos esculpe, y que no hace falta vivir justificando nuestro valor ante el mundo.
El mayor acto de valentía contemporáneo es, sin duda, bajarse del escenario, colgar el disfraz y renunciar a interpretar el papel que se espera de nosotros. Cuando una persona se reconcilia con su verdad desnuda, la necesidad de compararse se disuelve; ya no hace falta aparentar nada ni esconderse detrás de ninguna máscara protectora.
La identidad no es una estación de destino a la que se llega para descansar; es el camino mismo, un proceso vivo que se agita y se transforma hasta el último suspiro. Ahí reside su misterio y su belleza: somos un libro que se escribe mientras se lee. La pregunta que verdaderamente importa no es solo quiénes fuimos ayer, sino qué versión de nosotros mismos estamos dispuestos a elegir hoy.
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