Joan Ramón Miret
El Periódico de la Psicología
La última vez que lo comprobamos, el guión de la existencia era sencillo: naces, creces, te reproduces y, al final, mueres. Un punto. El fin de la función. Pero la naturaleza, como un guionista rebelde, acaba de entregar un giro de argumento que ha dejado al mundo científico con la respiración contenida. Un equipo de investigadores liderado por el biólogo Peter Noble, de la Universidad de Washington, y el bioinformático Alex Pozhitkov, del centro oncológico City of Hope, ha presentado pruebas sólidas de la existencia de un «tercer estado» biológico que se sitúa justo en esa franja de penumbra que creíamos imposible: un lugar entre la vida y la muerte.
Pero no se asuste. No estamos hablando de zombis ni de fantasmas. Hablamos de algo mucho más fascinante y, en cierto modo, extrañamente esperanzador. Hablamos de células que, después de que el organismo que las albergaba haya muerto, no se apagan del todo. No solo sobreviven, sino que se reorganizan, colaboran y adquieren nuevas funciones para las que no estaban destinadas.
¿De qué va este famoso «Tercer Estado»?
Los científicos han tomado células de organismos fallecidos —ranas, e incluso humanas— y las han observado en el laboratorio. Y lo que han visto desafía todo lo que creíamos saber. Al proporcionarles nutrientes y un entorno adecuado, estas células «post mórtem» no se limitan a sobrevivir; se transforman en estructuras multicelulares completamente nuevas que han llamado «xenobots» (cuando vienen de ranas) o «anthrobots» (cuando son de origen humano).
Estos no son robots metálicos, sino máquinas biológicas en miniatura. Por ejemplo, unas células de la piel de un embrión de rana muerto se re ensamblan para formar una pequeña entidad que se mueve utilizando unos pelillos llamados cilios. Ya no es una célula de la piel; es un diminuto organismo que nada, se desplaza y, sorprendentemente, puede reparar el daño en tejidos neuronales que se colocan cerca de él. No están vivas en el sentido clásico, ya que no respiran ni se reproducen de forma natural, pero tampoco están muertas, porque se comportan con una autonomía y un propósito que no deberían tener.
La muerte como un nuevo comienzo (para las células)
El aspecto más inquietante y, a la vez, más revelador de este descubrimiento es lo que implica sobre nuestra idea del fin. Los investigadores sugieren que la muerte de un organismo podría no ser un mero cese, sino una suerte de catalizador. Cuando el cuerpo deja de funcionar, se silencian los sistemas que mantenían a raya a los genes. Es entonces cuando se activan «protocolos de emergencia genética» que le otorgan a algunas células una nueva independencia y la capacidad de reprogramarse.
Los investigadores lo dejan claro: el tercer estado desafía la forma en que los científicos suelen entender el comportamiento de la vida a nivel celular y sugiere que «la muerte de un organismo puede desempeñar un papel importante en cómo la vida se transforma con el tiempo».
¿Somos algo más que un cuerpo? La psicología tiembla
Y aquí es donde entramos nosotros, los psicólogos, los terapeutas y todos aquellos que dedicamos nuestra vida a entender la mente y el sufrimiento humano. Porque si la biología nos dice que los límites de la identidad son más difusos de lo que pensábamos, ¿cómo incorporamos esto a nuestra práctica?
Cuando atendemos a un paciente en duelo, le ayudamos a transitar la pérdida irreversible de un ser querido. Pero, ¿qué ocurre si la ciencia nos dice que, en algún nivel celular y funcional, esa persona no se ha ido del todo? ¿Se tambalea nuestro modelo de pensamiento? Probablemente no. Lo que este descubrimiento nos obliga a hacer es a ampliar nuestro argumento de la existencia. El duelo no es solo la pérdida de un cuerpo, sino la pérdida de una historia compartida. Que unas células sigan moviéndose no devuelve a la persona. Los propios investigadores advierten que este fenómeno no implica que la conciencia o la identidad sobreviva. Las nuevas entidades no se parecen en nada al organismo original. Sin embargo, nos invita a reflexionar sobre la resiliencia de la vida en sus niveles más básicos.
Además, este hallazgo nos enfrenta a viejos dilemas con un nuevo ropaje: ¿dónde trazamos la línea entre la vida y la muerte? ¿Es el cese de la actividad cerebral? ¿La falta de latidos? Si podemos extraer células de un donante fallecido y convertirlas en pequeños «curanderos» biológicos, nuestra definición de «restos biológicos» queda obsoleta y se abren nuevas preguntas legales y éticas sobre el final de la vida.
Una oportunidad, no una amenaza
Lejos de sembrar el caos en las consultas, el «tercer estado» es una oportunidad de oro para dialogar sobre la complejidad. En un mundo que a menudo nos empuja a pensar en blanco y negro, la ciencia nos recuerda que la naturaleza opera en una infinita gama de grises. Para un paciente con tendencias al pensamiento dicotómico («o estoy sano o estoy enfermo», «o soy feliz o no lo soy»), este descubrimiento puede ser una poderosa analogía. «Mira», podríamos decirle, «incluso las células que han ‘muerto’ encuentran una nueva forma de ser útiles. Tu situación no tiene por qué ser un callejón sin salida».
El concepto de «plasticidad celular» que subyace a este tercer estado es un reflejo biológico de lo que predicamos cada día en terapia: la plasticidad cerebral. La capacidad de cambiar, de adaptarse y de encontrar una nueva función. Si un puñado de células puede hacerlo, ¿por qué no íbamos a poder nosotros?
Un horizonte de posibilidades
Por supuesto, estamos en los albores de este descubrimiento. Este tercer estado no se da de forma natural; se produce en condiciones de laboratorio muy estrictas. Las células no viven para siempre; suelen perecer en un par de semanas. No vamos a encontrarnos «anthrobots» pululando en un cementerio. Pero su potencial es revolucionario, sobre todo en el campo de la medicina personalizada. Imagínese que, a partir de sus propias células, pudiéramos crear pequeños biobots que limpiaran sus arterias, repararan un tejido dañado o administraran medicamentos con una precisión milimétrica.
Como psicólogos, nuestra labor no es competir con la biología, sino ofrecer un marco para interpretar sus hallazgos. El «tercer estado» no es una sentencia de muerte para la psicología del duelo, sino una invitación a redefinir lo que entendemos por fin, por cambio y por legado. La ciencia nos ha dado un nuevo espejo para mirar la vida y sus misterios. Ahora nos toca a nosotros ayudar a la gente a entender lo que ven en él.
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