El extraño caso de estar bien: cuando la psicología mira al revés

Por Joan Ramón Miret


Vivimos en un mundo donde el sufrimiento tiene rating. La guerra, el llanto, el colapso, la herida que sangra en directo. Occidente ha construido una máquina informativa perfecta para capturar el dolor ajeno y convertirlo en clic, en minuto de audiencia, en titular que escuece. No es nuevo. Pero lo que está ocurriendo en las consultas de psicología, en los grupos de apoyo y hasta en las conversaciones de café es casi un contrasentido histórico: la gente empieza a sentirse mal… por sentirse bien.

Me explico. Llegan pacientes con una confesión que parece un delito: “me da vergüenza decirlo, pero llevo dos semanas sin crisis. ¿Estaré reprimiendo algo?”. O la madre que escribe a su terapeuta: “Mi hijo de 8 años durmió toda la noche seguida. ¿Es normal?”. Estamos tan entrenados para el malestar que el bienestar nos resulta sospechoso. Hemos interiorizado que vivir es aguantar, que respirar sin angustia es una pausa antes del próximo golpe. Y cuando llega un día entero sin ansiedad, lo miramos con desconfianza, como si nos hubiera tocado la lotería falsa.

En los medios, la regla es clara: “si sangra, entra”. Un hombre que se recupera de una depresión profunda con acompañamiento psicológico y redes de apoyo no es noticia. Una comunidad que organiza comidas colectivas para vecinos solos tampoco. En cambio, el suicidio de un famoso ocupa portadas durante semanas. Es comprensible: el dolor conecta. Nos recuerda que somos vulnerables. Pero hay un efecto perverso: creemos que el sufrimiento es lo real y la calma es la excepción.

Yo mismo, que escribo esto, caí en la trampa hace años. Trabajaba en una redacción de sucesos. Un día me llamó mi hermano: “Estoy bien, de verdad. Feliz, incluso. ¿Puedes venir a cenar?”. Colgué y pensé: “Algo le pasa”. No sabía reaccionar ante un “estoy bien” sin buscarle un doble fondo. Tuvieron que pasarme tres meses de terapia –y una gastroenteritis por estrés– para entender que el bienestar no es un espejismo, es un derecho que nos han secuestrado.

Desde la psicología llevamos décadas poniendo el foco en el déficit: depresión, ansiedad, trauma. Y está bien. Hay que aliviar. Pero se nos olvida una pregunta esencial: ¿qué hace que alguien, pese a todo, esté bien? No hablo de la felicidad eufórica de los anuncios de yogures. Hablo de esa gente que, tras perder el empleo o a un ser querido, mantiene una ternura callada, una capacidad de disfrutar el pan recién hecho o el silencio compartido. Esos no salen en televisión. Pero existen. Y son más comunes de lo que pensamos.

El problema es que hemos medicalizado el estar bien. Si no sufres, te recetan que busques por qué. Si ríes sin motivo aparente, te preguntan si te has tomado algo. Hace dos semanas, en un taller de regulación emocional, una joven levantó la mano y dijo: “He estado tres días seguidos sin ideaciones negativas. Me da miedo confiarme”. El silencio en la sala fue tan denso como revelador. Le pregunté: “¿Y si en lugar de miedo, sintieras curiosidad?”. Se quedó pensando. Al final sonrió. No era una sonrisa de felicidad barata. Era el gesto de quien se permite, por primera vez, mirar hacia otro lado.

Aquí lo difícil no es diagnosticar el sufrimiento. Lo difícil es resistir la tentación de patologizar la paz. Por eso, desde este periódico de psicología hemos decidido hacer algo insólito: dedicar una sección fija al “bienestar sin trampa”. Historias de gente que está bien sin remilgos. Personas que duermen, que discuten sin destrozarse, que lloran cuando toca y paran cuando toca. No son superhéroes. Son seres humanos que han aprendido que sentirse bien no es una traición a los que están mal.

Occidente necesita otra narrativa. Porque si el sufrimiento es noticia, el que alguien esté bien también debería serlo. No por ingenuidad. Por supervivencia. Si no sabemos mirar la calma, seguiremos creyendo que vivir es solo dejar de morir.

Y no. Vivir –estar bien– es también eso que pasa mientras los telediarios no miran.


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