Por Sandra Corominas. Periodista y aventurera de la vida. Cuento 4. Libro de 21 Cuentos trocitos de mi vida
♡ Era muy pronto en la mañana, había salido a hacer la compra en la tiendita (leche, café, panes de coco y melcochas…). Y ¡Tock! ¡Tock!… El sonido era seco… El mango golpeaba primero la tierra y luego revotaba hasta el pavimento. Un segundo después llegaba otro. Y otro más. Bastaba una brisa ligera para que el árbol comenzara a desprender los frutos maduros, rojos, naranjas; hermosas tonalidades pintaban la ciudad.
No hacía falta mirar al cielo para saber que era temporada de mangos. El aviso estaba en el piso. En los parques cubiertos de frutos amarillos y verdes. En los techos de los carros, donde un golpe inesperado activaba las alarmas. En las aceras, donde alguien se agachaba, recogía uno, lo limpiaba con la camiseta y seguía caminando mientras le daba la primera mordida.
La ciudad atravesaba uno de los ciclos que más me gustaban. A pesar de que sucedía cada año, siempre me sorprendía como si fueran nuevos.
¡Los mangos volvían a apoderarse del paisaje urbano!
En la calle 37, en el barrio Prados del Norte, justo donde pasaba el bus blanco y negro 2A o el bus Papagayo, en esa esquina olía a mango con tanta intensidad que de repente la nariz se saturaba y hacía ¡ashhhixhhh!
Entre movimientos habituales de talleres mecánicos, almacenes de repuestos y casas residenciales, allí convivían los mangos creciendo y brotando de la tierra.
Manuel, un mecánico que llevaba más de una década trabajando en el sector, sonreía mientras observaba a varias personas detenerse para recoger algunos frutos y decía:
—Esto es una bendición —decía cada año—. Aquí uno ve pasar gente de todos lados. Hay quienes recogen uno para llevárselo a la casa, otros se lo comen aquí mismo. Nosotros hasta hacemos una pausa para coger los que están buenos. Todos los días me como uno o dos mangos que cojo aquí mismo. Si están buenos, mejor. Eso no se pierde. Hay gente que pasa derecho, pero uno que conoce sabe cuándo un mango está en su punto —decía mientras se besaba el labio, notando su delicioso sabor agridulce. El mango era su mejor aliado para aguantar las altas temperaturas tropicales. Y agregaba—: Eso sí, toca estar pendiente porque caen duro y más de uno se ha llevado un susto cuando le caen al carro o en la cabeza.
En Cali, en los años ochenta, ¡esperar un bus era toda una odisea! Nunca se sabía dónde iba a parar el destino; los buses iban llenos de gente y animales, cual discoteca andante con música salsa o merengue ¡a todo volumen!
Santiago de Cali se movía con un icónico y colorido sistema de buses urbanos tradicionales operado por múltiples empresas privadas, mucho antes de la llegada del sistema MIO (metro actual). Cada empresa y ruta se identificaba por una combinación de colores única que le daba identidad visual a la ciudad; también permitía este sistema de colores que las personas que no sabían leer pudieran reconocer o identificar su bus.
Era muy común negociar el pasaje con frases como «vecino, me lleva por la parte de atrás», colgarse de las puertas en las horas pico, o escuchar al conductor gritar «¡Ey, ey, ey, atrás hay más espacio!», mientras sonaba: «Decisiones cada día, alguien pierde, alguien gana, ¡ave María!», la salsa de Rubén Blades que retumbaba en el bus.
Los buses se llamaban: Papagayo, verde con amarillo, muy famoso por subir hacia zonas como el Zoológico o conectar con la Galería de Siloé.
El bus blanco y negro 2A: una de las flotas más extensas y tradicionales que cruzaba de norte a sur, desde Yumbo hasta Pance (y conocidos por tener unidades largas). El bus rosado crema y el bus gris San Fernando: con su herencia histórica conectando el tradicional barrio San Fernando; o azul plateado, verde Bretaña, rojo gris (o rojo Granada), amarillo crema y Alfonso López. Un colorido de buses y mangos que hacían de Cali una ciudad muy caótica, pero muy bella y pintoresca.
Los mangos terminaban formando pequeños montones en los andenes; algunos desaparecían rápidamente, otros eran aprovechados por ardillas o pájaros que también parecían conocer el calendario de la naturaleza mejor que cualquier persona.
Había parques y barrios donde el suelo permanecía cubierto de frutos durante días.
Frente a los colegios podíamos disfrutarlos con sal, limón y también con chontaduros, una de mis frutas favoritas. ¡Es una fruta en dos! En su interior contenía también una pepa que era un fruto de coco. Maravilla cuando la naturaleza se equivocaba y nos regalaba dos frutas en una misma fruta. Los adultos comentaban que era afrodisíaco; cuando crecí, ¡lo comprobé!
Allí, al lado de los carritos de bolis, helados industriales y golosinas, al frente del Colegio Hispanoamericano, estaba Pola, mi vendedora favorita de mangos y chontaduros. Llevaba una bandeja de frutas en la cabeza y una sonrisa muy colorida y carismática.
Ella tenía que recorrer muchos kilómetros para trabajar en esa esquinita y luego, a la tarde, cuando la brisa golpeaba la ciudad, se ponía la bandeja en la cabeza y hacía una caminata por todo el barrio; ofrecía sus frutos cantando con una voz cansada, pero jamás estaba triste. Su aura emanaba mucha alegría y su voz era hermosa. Siempre me decía: «¡Sí, amiga, soy feliz! La salsa me alegra el alma. ¿Usted ya sabe bailar, mijita?». Yo le decía que sí… Mientras tanto, mi niña interior se reía y al final nos reíamos las tres. Tenía una carcajada muy potente que desafiaba a todos los sonidos. Cuando reía, solo se escuchaba ella…
Era sábado y yo quería comer chontaduros. La esquina estaba llena de gente. Mi vecino José también quería comer y me anunciaba a lo lejos: «¿Oíste, mona (rubia en Colombia)? Creo que hoy hay ciclovía… y Pola no trabaja los sábados».
¡Mi bicicleta estaba en mi casa! Una vez al mes hacían la ciclovía. La ciudad se detenía; seguía oliendo a mango, pero solo se veían bicicletas. Debía preguntar si mi mamá o mi tía querían acompañarme. Había cumplido 10 años y estábamos trasnochadas por la fiesta de celebración; me habían preparado un delicioso desayuno. Mi mamá se disponía a salir, tenía que estudiar, tenía un evento; ella nunca se ausentaba los sábados. Y la iba a echar de menos… Yo amaba a mi mamá y a mi clan familiar… Yo estaba con mi tía Mari y mi yaya Manolita; estaban muy conversadoras. Compartíamos muchas conversaciones muy interesantes; tenía una relación muy hermosa con ellas. Esas conversaciones nutrían cada día mi alma. La ciclovía se acababa a las 15 h y tan solo me quedaban cuatro horas… Estábamos viendo la TV… Finalmente, cuando ya pensaba que no iría, la yaya me animó a ir y fuimos las tres.
¡Me sentía muy feliz! Todos me miraban mucho, supongo que sorprendidos por mi cabellera rubia, que en la mañana brillaba más que en la tarde. Ellas iban caminando; yo, en mi bici nueva azul. Estaba estrenando; ya no era una bici de niña, sino de adolescente: era grande y llamativa. Mi cuerpo era delgado y fuerte, pero la bici, un poco anacrónica…
De repente apreté muy fuerte el freno; me gustaba la velocidad y… sentí como un frío en todo mi pecho. ¡Había unos ojos muy negros mirándome entre la multitud!
Los ojos iban acompañados de unas pestañas muy radiantes, delirantes ¡y largas! Yo nunca había visto algo parecido. Di la vuelta para asegurarme de que lo que estaba viendo era verdad y… ¡Sí era verdad! No tuve duda alguna en preguntarle: «¿Oye, cómo te llamas?». «¡Irene!», me dijo. «¿Y tú?». Durante el momento en que la conocía, sentía como si ella fuera mi alma gemela en mujer y como si la conociera de toda la vida. Yo nunca había tenido amigas; generalmente Javi hacía de amigo y amiga a la vez. ¡Me sentía feliz de tener unas pestañas a mi lado tan luminosas!
Ella iba con su madre, Soledad, también de española como mi familia. Soledad era también hermosa; su alma era joven y muy iluminada, tenía una voz suave y muy cálida. Además, ellas ya se conocían… La yaya las invitó a compartir y disfrutar juntas de la ciclovía.
¡Nuestras vidas eran muy parecidas! Había muchas rutas por descubrir en la bici y también en nuestra amistad. ¡Había encontrado mi compañera de vida!
Esa tarde también jugamos a las barriguitas. Irene tenía mis mismos gustos. En la noche, mi tía Mari me había regalado mi primera casa de Fisher-Price, una casa granja con animales: perros, patos, grajeros. Irene estaba sorprendida por mi regalo. Era hermoso decorar la casa juntas; también era el inicio de decorar o construir una amistad… ¡Y de comprender el valor de las relaciones fuertes y profundas!
Mi yaya, con sus 50 años en ese momento, me decía: «Que podrían haber tormentas, rayos y centellas, pero que si estabas acompañada por verdaderos amigos, la vida siempre sería más fácil de sobrellevar».
La yaya tenía amigas muy antiguas; hablaban horas y horas… Sobre todo con Beatriz, la mamá de Javi, y con su amiga Maricel… (Yo no entendía por qué hablaban tanto y cómo aún había temas para seguir hablando…). ¡La yaya me enseñó el valor de la amistad eterna! «Tal vez los hombres te fallan… tal vez el trabajo y las vecinas, pero las amigas nunca, Sandra, ¡nunca! Pero tienes que echar agüita cada día… ¡con perseverancia y paciencia!».
Esa noche nos despedimos abrazándonos. Habíamos jugado el día entero y también por la noche inventábamos mundos raros como Júpiter y algunos seres muy místicos. Nadie era Barbie ni esclava; jugábamos a ser luz, a iluminar, y ese era el motivo de estar juntas. Yo le decía a mi niña interna: «Estaré con ella en Navidad cuando tengamos 70 años».
¡Tenías unas pestañas que me pintarían mejor el mundo!
Deseaba dormir para encontrarme nuevamente con ella al día siguiente… Todo era mágico. Vivíamos a una cuadra tan solo… Allí donde el viento daba la vuelta… ♡
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