l objeto de la psiquiatría son las manifestaciones o fenómenos mentales patológicos. Ahora bien, cualquier manifestación mental, ya sea normal o patológica, se nos muestra como algo inmaterial, por más que pueda atribuírsele una base orgánico-cerebral. La psiquiatría, por tanto, se halla ineludiblemente a caballo entre lo corpóreo y lo inmaterial, lo que necesariamente nos coloca ante una disciplina cuya naturaleza científica, al menos en el sentido de las ciencias duras, es muy cuestionable. Es decir, en psiquiatría no podemos hablar de enfermedades, como sí ocurre en el resto de las especialidades médicas, porque no disponemos de datos objetivos o físico-químicos (marcadores) con los que asegurar que estamos ante una determinada enfermedad y no ante otra o ante ninguna. Por eso en psiquiatría no podemos hablar de enfermedades y tenemos que emplear un término tan vago como desórdenes o trastornos o desórdenes.
Es decir, a diferencia de las enfermedades médicas, que cursan con lesiones o alteraciones somáticas objetivables, los trastornos psiquiátricos se fundamentan en variaciones del comportamiento, cuya valoración es ineludiblemente subjetiva. Se comprenderá, pues, que la psiquiatría haya contado siempre con detractores acérrimos que preconizan la necesidad de su desaparición como rama de la medicina, por considerar que su persistencia resulta más dañina que beneficiosa. Y junto a éstos, defensores a ultranza que sostienen que se trata de una disciplina científica en todo igual a cualquier otra de las especialidades médicas y, por tanto, sin especificidad alguna.
Esta confrontación entre partidarios y detractores de la psiquiatría, que ha sido un hecho constante y sobresaliente a lo largo de toda la historia de esta especialidad, médica, se conoce con el nombre de controversia psiquiátrica, la cual muy sintéticamente viene a decir que el pretendido cientificismo de la psiquiatría biológica es sólo eso: una pretensión, una suposición, una hipótesis no probada.
En efecto, la psiquiatría biologicista actualmente predominante viene asegurando:
1º. Que las alteraciones y/o síntomas psiquiátricos son el resultado de una una alteración cerebral.
2º Que ya conocemos la fisiopatología de esas alteraciones cerebrales, que serían determinados
cambios en la neurotransmisión neuronal.
3º. Que ya disponemos de psicofármacos específicos para cada un o de esos trastornos.
Pero estas tres aseveraciones de los psiquiatras biologicistas no han podido ser mínimamente probadas o validadas, por lo que siguen siendo meras hipótesis o suposiciones. Ahora bien, este enfoque completamente materialista del sufrimiento psíquico se ha ido imponiendo a lo largo de las cuatro últimas décadas hasta hacerse claramente mayoritario, en gran medida debido al fuerte predicamento que ha ido adquiriendo el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Psiquiátricos (más conocido como el DSM, por sus siglas en inglés), que es el manual que publica la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés) desde el año 1950 que actualmente va por su quinta edición o DSM-5.
No es extraño, pues, desde el comienzo mismo de mi andadura profesional y al igual que le ha ocurrido a tantos y tantos colegas, me haya cuestionado la validez de diversos planteamientos y actuaciones psiquiátricas, las cuales, por más que hayan nacido con un afán terapéutico, a la hora de la verdad, es decir, al ponerlas en práctica, generan más perjuicios que beneficios.
Efectivamente, las clasificaciones internacionales de las enfermedades mentales actualmente en vigor (DSM y CIE) son una mezcla de criterios provenientes de diferentes épocas de la historia de la psiquiatría, que no guardan conexión entre sí e, incluso, resultan contradictorios. El resultado de todo ello es que algunos de los principales diagnósticos que usamos hoy, no sólo carecen de utilidad terapéutica, sino que resultan perjudiciales en sí mismos, produciéndose un empeoramiento de la situación del enfermo desde el momento mismo en que se le aplica ese diagnóstico. Por otra parte, en los últimos años se han ido produciendo avances muy significativos en diversas neurociencias, especialmente en el terreno de la neuro-psico-farmacología, que no resultan compatibles con determinados postulados psiquiátricos clásicos todavía hoy en vigor, los cuales quedan por tanto en entredicho.
Con todas estas prevenciones y reservas en la mente, y sirviéndome de la experiencia clínica y del estudio de otros autores que han investigado previamente en la misma línea que yo, he ido construyendo poco a poco una concepción psiquiátrica propia, la cual implica, junto a otras más secundarias, una hipótesis central relativa a la naturaleza epiléptica de un gran número de manifestaciones psiquiátricas que hasta el presente vienen siendo incluidas en el diagnóstico de diferentes trastornos mentales. Esta hipótesis permitiría explicar y comprender por qué y cómo se originan las manifestaciones mentales que en psiquiatría se conocen como síntomas productivos: todos estos síntomas, tanto da que sean psicóticos (alucinaciones, ideas delirantes, etc) como neuróticos (ataques de pánico, vivencias de despersonalización, trastornos somatomorfos, etc.), tendrían su origen en descargas epilépticas, mientas que los llamados síntomas negativos o defectuales obedecerían a patogenias diferentes a la epiléptica.
Para poder llevar a cabo todos estos nuevos planteamientos ha sido necesario rescatar para nuestra especialidad áreas de conocimiento que, aunque psiquiátricas en sus orígenes, fueron dejadas en manos de otras neurociencias a partir del primer tercio del siglo XX: nos referimos al estudio de la epilepsia y la demencia. Porque los actuales textos de psiquiatría pasan por alto casi todo lo relativo a las manifestaciones psíquicas que originan las crisis epilépticas parciales, y no informan en absoluto de nociones tales como epilepsia refleja, epilepsia autoprovocada, epilepsia afectiva, relaciones entre epilepsia y aprendizaje o entre epilepsia y memoria, etc., conceptos que han ido elaborando en estas últimas décadas los profesionales de otras neurociencias (neurólogos, neurofisiólogos, neurorradiologos, etc.). Otro tanto cabe decir de la demencia, patología atendida por los médicos alienistas durante los siglos XVIII, XIX y principios del XX, y que luego fue dejada por la psiquiatría en manos de otras neurociencias. En efecto, para ir configurando nuestra Nueva Psiquiatría fue necesario recobrar igualmente los conocimientos sobre esta materia, muy especialmente todo lo relativo a los mecanismos cerebrales que intervienen en la adquisición y pérdida de la memoria. En este sentido —recuperación de los conocimientos de la epilepsia y de la demencia por parte de los psiquiatras— el presente trabajo va en la línea de ese inevitable encuentro que, como afirmaba el prestigioso neurólogo Sir Denis Hill a mediados del siglo pasado, antes o después ha de ocurrir entre psiquiatría y neurología.
Junto a nuestra experiencia clínica y los estudios teóricos citados, la Nueva Psiquiatría que exponemos se ha nutrido de una tercera gran fuente de conocimientos que podríamos agrupar bajo la denominación de auto-experiencias psiquiátricas (psychiatric self-experiences) o experiencias psiquiátricas personales, en la que se incluyen: en primer lugar, los trabajos escritos por algunos psiquiatras acerca de sus propias vivencias psicopatológicas, muy especialmente la detallada y rica descripción que hace J, J. Moerau de Tours de sus vivencias bajo el efecto del hachís, pero igualmente las experimentadas por otros muchos autores. En segundo lugar, mis propias experiencias psicopatológicas, sin las cuales este trabajo probablemente no hubiera sido posible, al menos tal y como aquí va a ser expuesto.
Por: Nueva Psiquiatría
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