La memantina abre una puerta inesperada: beneficios cognitivos progresivos en el trastorno bipolar

Por Redacción Barcelona El Periódico de la Psicología


Hay noticias que llegan como un susurro, casi sin hacer ruido, y sin embargo tienen el poder de cambiar la forma en que miramos una enfermedad. Esta es una de ellas.

Un equipo de investigadores iraníes ha publicado los resultados de un ensayo clínico aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo que sugiere algo que hasta hace poco parecía esquivo: la memantina, un fármaco que llevamos años utilizando en el Alzheimer, podría mejorar de forma progresiva la cognición de las personas con trastorno bipolar I. No se trata de un hallazgo menor. Estamos hablando de una de las áreas más olvidadas y más dolorosas de esta enfermedad: el deterioro cognitivo que tantas veces acompaña a los episodios, que se queda ahí, como una sombra silenciosa, afectando la memoria, la atención, la capacidad de organizar la vida cotidiana.

Durante décadas, la psiquiatría se ha centrado —con razón— en estabilizar el ánimo, en prevenir las recaídas, en controlar la manía y la depresión. Pero los pacientes y sus familias llevan tiempo diciéndonos algo que la investigación tardó en escuchar: «Doctor, ya no soy el mismo. Me cuesta pensar, me cuesta recordar, me cuesta leer un libro o seguir una conversación». Ese sufrimiento, tantas veces silenciado, es el que ahora este estudio pone en el centro.

¿Qué encontraron exactamente? El ensayo incluyó a 63 pacientes con trastorno bipolar I, todos ellos estabilizados con litio y olanzapina. La mitad recibió memantina —un antagonista del receptor NMDA, es decir, un fármaco que modula la transmisión del glutamato, uno de los principales neurotransmisores del cerebro— y la otra mitad recibió placebo. A las seis semanas, las puntuaciones de cognición global del grupo tratado con memantina eran 9,3 puntos superiores a las del grupo placebo. A las 18 semanas, la diferencia había crecido hasta 12,7 puntos.

No es un efecto instantáneo. No es un milagro. Es algo más interesante: un efecto que se construye con el tiempo, que va sumando, que sugiere que estamos ante un mecanismo de neuroplasticidad, de reparación lenta pero sostenida. La función ejecutiva —esa capacidad de planificar, de tomar decisiones, de inhibir impulsos, de sostener la atención— también mejoró de forma significativa.

Por qué esto importa más allá de los números. Permítanme ser claro en algo: no estamos ante una cura. No estamos ante un fármaco que vaya a resolver el trastorno bipolar. Estamos ante una pista, una hipótesis que se abre camino, un posible complemento a los tratamientos que ya existen. Y, sobre todo, estamos ante un cambio de mirada.

Durante demasiado tiempo, el deterioro cognitivo en el trastorno bipolar fue considerado una consecuencia secundaria, algo que venía «de regalo» con los episodios, o incluso un efecto adverso de la medicación. Hoy sabemos que no es así. Sabemos que la inflamación, la excitotoxicidad mediada por glutamato, el estrés oxidativo y las alteraciones en la plasticidad sináptica juegan un papel central. Y ese conocimiento abre la puerta a tratamientos que no solo estabilicen el ánimo, sino que protejan el cerebro, que lo cuiden, que le den la oportunidad de recuperarse.

La memoria como derecho, no como lujo. Hay algo profundamente humano en todo esto. La memoria no es solo un archivo. Es la materia con la que construimos nuestra identidad. Recordar quiénes somos, lo que hemos vivido, lo que hemos aprendido, lo que amamos. Cuando la cognición falla, no falla solo una función cerebral: falla la posibilidad de habitar la propia vida con plenitud. Cuando un paciente con trastorno bipolar nos dice «siento que he perdido parte de mí», no está exagerando. Está describiendo una pérdida real, profunda, que merece toda nuestra atención y todo nuestro esfuerzo científico.

Este estudio, con sus limitaciones —muestra pequeña, un solo centro, seguimiento relativamente corto—, es un recordatorio de que la psiquiatría no puede conformarse con controlar síntomas. Tiene que aspirar a restaurar vidas. Tiene que escuchar lo que los pacientes llevan años diciendo. Tiene que atreverse a investigar en territorios que parecían reservados a otras enfermedades.

Lo que viene. Los autores piden prudencia. Es lo correcto. La ciencia avanza así, con pasos pequeños, con verificaciones, con escepticismo saludable. Pero también con esperanza. Porque detrás de cada dato hay una persona que quizás, algún día, pueda volver a leer un libro entero, a seguir una conversación sin perderse, a sentirse dueña de su propia mente.

La memantina no es la respuesta definitiva. Pero puede ser el comienzo de una conversación más amplia, más ambiciosa, más humana: la de una psiquiatría que no solo calma el ánimo, sino que protege la memoria, la identidad y la dignidad de quienes conviven con el trastorno bipolar.

Y eso, aunque parezca pequeño, es enorme.


El Periódico de la Psicología seguirá informando sobre los avances en el tratamiento del trastorno bipolar y otras condiciones de salud mental. Si usted o alguien que conoce convive con esta enfermedad, no dude en consultar con un profesional especializado. La información aquí presentada no sustituye el consejo médico individualizado.

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