La psicología entra en la cabina de la IA

La APA crea un centro para que la inteligencia artificial deje de olvidarse de las personas

Por J. Miret Editor www.elperiodicodelapsicologia.info

Durante años hemos visto cómo la inteligencia artificial avanzaba a toda velocidad mientras la psicología miraba desde la barrera. Ahora, la Asociación Americana de Psicología (APA) ha decidido subirse al coche. Y lo ha hecho con la creación de un Centro de Ciencia del Comportamiento e Inteligencia Artificial, una iniciativa que busca algo tan sencillo de decir como difícil de lograr: que la tecnología se diseñe pensando en cómo somos, no en cómo nos gustaría ser.

Una pared que protege. Lo primero que llama la atención del proyecto es su decisión de mantener una separación clara entre la ciencia psicológica y las empresas tecnológicas. No se trata de desconfianza, sino de proteger algo frágil: la credibilidad de la psicología.

Durante los últimos años, muchas compañías han contratado psicólogos, sí, pero no para preguntarse cómo afectan sus productos a las personas, sino para hacerlos más adictivos. La ciencia del comportamiento se convertía así en una herramienta para captar nuestra atención, no para protegernos.

La APA quiere otra cosa. La psicología aporta el conocimiento basado en evidencia; las empresas hacen la parte técnica. Y en medio, un espacio de colaboración donde la independencia científica no se negocia. Porque si la psicología se vende al mejor postor, deja de servir a cualquiera.

Lo que falta en la IA es lo humano. El director ejecutivo de la APA, Arthur C. Evans Jr., lo ha dicho sin rodeos: en el desarrollo actual de la inteligencia artificial falta precisamente la dimensión humana. Los equipos técnicos avanzan en potencia, velocidad y arquitectura, pero casi nadie se detiene a preguntar cómo procesa una persona la relación con una máquina que nunca se cansa y nunca dice no. Cómo se construye la confianza. Cómo se rompe. Si la soledad se alivia o se profundiza.

La persona elegida para liderar este centro es Muriel Clauson Closs. Su perfil no es el de una académica encerrada en un despacho. Es doctora en psicología industrial y organizacional, pero también fundó una empresa que usaba IA para apoyar a trabajadores, y ha asesorado a grandes corporaciones sobre cómo adoptar estas tecnologías de forma responsable.

Su diagnóstico es directo: la inteligencia artificial se está construyendo y adoptando más rápido de lo que somos capaces de entender cómo nos afecta. Dicho de otro modo: estamos usando la salud mental de las personas como campo de pruebas de una tecnología que avanza sin manual de instrucciones.

Adolescentes y trabajadores, los primeros focos. El centro ha decidido empezar por dos frentes muy concretos: el bienestar de los adolescentes y la transformación del mundo laboral.

No es casual. Los adolescentes son nativos digitales, pero su cerebro está en pleno desarrollo, justo en la etapa en que la identidad se construye a través de la mirada de los demás. Y esa mirada, hoy, es en gran parte algorítmica. Los trabajadores, por su parte, se enfrentan a otra presión: no tanto la de ser reemplazados, sino la de ser tratados como datos, como piezas de un sistema que mide, optimiza y a veces deshumaniza.

En ambos casos, el fondo es el mismo: ¿cómo nos adaptamos cuando el entorno cambia a un ritmo que no elegimos?

No todo es celebración. Sería ingenuo aplaudir sin matices. El centro está en Estados Unidos, y sus marcos éticos y su idea de lo que es una «buena vida» llevan el sello de una cultura concreta. Cuando esos estándares se exportan al debate global, ¿qué pasa con otras formas de entender a la persona?

Y hay otra cuestión incómoda: la psicología no es una disciplina impoluta. Venimos de una historia con sombras, con experimentos cuestionables y una crisis de replicabilidad que aún coletea. Entrar en el territorio de la IA exige humildad. No basta con llegar diciendo «aquí venimos los que sabemos de personas».

Lento contra rápido. Hay una diferencia que no se puede ignorar. La psicología es una ciencia lenta: un estudio bien hecho requiere años. La inteligencia artificial se reinventa cada pocas semanas.

Esa distancia genera ansiedad. Pero quizá, precisamente porque la IA corre tanto, necesitamos más que nunca a alguien que vaya despacio. Que se detenga a preguntar si esta tecnología nos está haciendo más lúcidos o más distraídos, más conectados o más solos, más libres o más predecibles.

El nuevo centro de la APA no es la solución a nada. Es, más bien, un lugar donde por fin esas preguntas se van a hacer en serio, con método y con vocación de influir.

La psicología entra en la cabina de la IA. No para agarrar el volante, sino para asegurarse de que nadie olvide que quien conduce, al final, es siempre una persona.

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