La vigilia del ser: una defensa humanista frente a la tiranía de lo medible

Por Joan R. Miret. Redacción de El Periódico de la Psicología

Fecha: 3 de septiembre de 2026


Vivimos en la era del dato. Todo es susceptible de ser cuantificado, comparado y optimizado. Nuestros pasos, nuestras pulsaciones, nuestras horas de sueño, incluso nuestros estados de ánimo, son traducidos a números y gráficos en un intento de controlar la incertidumbre. Esta lógica, que impregna la medicina, la economía y, por supuesto, la psicología, promete un conocimiento exacto, pero a menudo nos entrega una imagen empobrecida de nosotros mismos: la de un conjunto de variables que, una vez ajustadas, deberían funcionar en perfecta armonía. Sin embargo, el ser humano se resiste a ser reducido a un algoritmo.

La psicología humanista, esa corriente que emergió con fuerza en la segunda mitad del siglo XX como una «tercera fuerza» frente al conductismo y al psicoanálisis, nos ofrece un antídoto contra esta visión mecanicista . No se trata de un esoterismo naif, sino de una propuesta radicalmente filosófica y necesaria para nuestro tiempo. Un artículo del medio El Periódico de la Psicología ya señalaba la esencia de este «despertar humanista»: la necesidad de detener el vértigo y preguntarnos qué está pasando realmente con nosotros, más allá del ruido de la productividad y el consumo . Este humanismo no busca una verdad absoluta, sino que abraza la complejidad, un pensamiento que, como sugiere Edgar Morin, requiere una reforma profunda para salir del letargo de lo inmediato .

La esencia del enfoque humanista reside en una premisa incómoda para la ciencia positivista: el ser humano es más que la suma de sus partes. Es un ser en potencia, un devenir constante que, como nos enseñaron Carl Rogers o Abraham Maslow, posee una tendencia innata hacia la autorrealización . Viktor Frankl, desde la experiencia límite del campo de concentración, demostró que incluso cuando se arrebata toda libertad exterior, la persona conserva la «libertad interior» de decidir su actitud ante el sufrimiento, encontrando un sentido a su existencia . Esta capacidad de autotrascendencia, la de buscar un propósito más allá de la mera supervivencia, es un fenómeno que se escapa a cualquier ecuación o modelo predictivo. Es, en el fondo, el misterio irrenunciable de la condición humana.

Desde esta perspectiva, el trabajo terapéutico se transforma. El terapeuta humanista no es un técnico que aplica un protocolo para «arreglar» una conducta disfuncional, sino un facilitador que camina al lado del consultante . Se prioriza la calidad de la relación, la autenticidad, la escucha empática y la aceptación incondicional, creando un espacio seguro donde la persona pueda reconectarse consigo misma y con sus propios valores, moviendo su locus de control hacia el interior . La terapia no se centra en el diagnóstico, que tiende a etiquetar y homogeneizar, sino en la experiencia única del individuo y en sus recursos internos para crecer . En un mundo que busca respuestas rápidas, este enfoque propone la pregunta y el acompañamiento como las herramientas más poderosas.

Este humanismo hunde sus raíces en una tradición milenaria que reivindica la dignidad y la capacidad del ser humano. En sus orígenes, se remonta a la máxima de Protágoras de que «el hombre es la medida de todas las cosas», y recorre el pensamiento de Aristóteles hasta la filosofía existencialista . Incluso el Renacimiento florentino, con su exaltación del potencial humano y el valor de la introspección, sentó las bases para esta concepción del ser como un centro de decisión y creatividad . La psicología humanista, por tanto, no es una moda, sino la recuperación de una sabiduría ancestral que la modernidad, obsesionada con el control técnico, ha intentado sepultar bajo una montaña de datos.

En conclusión, el artículo que hemos escrito busca ser una defensa de la vida interior. Frente a la presión social por ser «productivos» y «eficientes», el humanismo nos recuerda que la verdadera salud psicológica no consiste en adaptarse sin fisuras a un sistema, sino en desarrollar la capacidad de ser uno mismo de manera plena y responsable. Es una llamada a la conciencia, un «despertar» que nos invita a reconquistar la complejidad, la vulnerabilidad y la libertad que nos hacen humanos, incluso cuando estas dimensiones se resistan a ser medidas . Porque, como bien sabemos en psicología, aquello que realmente importa suele ser lo más difícil de traducir a una cifra.

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