Una investigación internacional codirigida por el King’s College de Londres ha analizado el ADN de casi 700.000 personas y ha identificado el mayor número de asociaciones genéticas con la ansiedad. Sin embargo, el hallazgo más revelador no está en los genes, sino en lo que ellos no explican.
Por la Redacción de EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGIA www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay preguntas que persisten generación tras generación. ¿Por qué algunas personas se desmoronan ante el estrés cotidiano mientras otras, sometidas a circunstancias similares, parecen mantener el equilibrio? ¿Heredamos la ansiedad como heredamos el color de los ojos? ¿O es la vida, con sus golpes y sus alegrías, la que esculpe nuestro malestar?
Un equipo internacional de investigadores, codirigido por el King’s College de Londres y el QIMR Berghofer Medical Research Institute de Australia, ha tratado de responder a estas preguntas con el mayor estudio genético sobre ansiedad realizado hasta la fecha. Sus resultados, publicados en la revista Nature Human Behaviour, arrojan luz sobre los mecanismos biológicos que subyacen a este trastorno, pero también nos devuelven una verdad incómoda y, a la vez, liberadora: la ansiedad no está escrita en piedra.
Un mapa del malestar: 74 puntos en el genoma. Los investigadores analizaron el ADN de 693.869 personas de ascendencia europea, una cifra sin precedentes en este campo. Utilizaron una técnica conocida como estudio de asociación de genoma completo (GWAS), que permite identificar qué diferencias genéticas aparecen con más frecuencia en quienes experimentan síntomas de ansiedad más severos.
El resultado fue un mapa detallado: 74 ubicaciones en el genoma humano —los llamados loci— vinculadas a la ansiedad. De ellas, 39 eran completamente nuevas, nunca antes descritas en la literatura científica. Entre los genes identificados, cobran especial relevancia PCLO y SORCS3, ambos relacionados con la comunicación entre las neuronas y especialmente activos en el tejido cerebral.
Pero el hallazgo no es solo cuantitativo. Tradicionalmente, la investigación clínica ha clasificado a los pacientes en un binomio: los que tienen ansiedad y los que no. Este estudio rompe con esa lógica. Presenta la ansiedad como un espectro, un continuo biológico que va desde la respuesta natural del organismo al estrés —esa que nos mantiene alerta ante un peligro— hasta los trastornos crónicos y debilitantes que atrapan a millones de personas.
El 94% que no está en los genes. Y aquí llega la gran noticia, la que debería resonar en consultas, en escuelas y en conversaciones de café. Los investigadores calcularon que las variantes genéticas comunes identificadas explican aproximadamente el 6% de las diferencias en la gravedad de la ansiedad entre las personas.
El 94% restante depende de factores que no están escritos en nuestro ADN: influencias ambientales, experiencias de vida, contextos sociales, factores psicológicos, interacciones entre los genes y el entorno.
“Una predisposición genética elevada no dicta de forma inevitable el destino de una persona”, subrayan los autores. Y lo repiten con claridad meridiana: alguien con un perfil genético de alto riesgo podría no desarrollar jamás un trastorno de ansiedad si vive en un entorno favorable, mientras que una persona con bajo riesgo genético podría desarrollarlo frente a situaciones de estrés severo o traumas.
La doctora Megan Skelton, primera autora del estudio, lo expresó con la honestidad que merece un hallazgo de esta magnitud: “Es importante destacar que la genética interactúa con las experiencias de vida, los contextos sociales y los factores psicológicos para moldear el riesgo individual. Esto significa que incluso alguien con un alto riesgo genético podría no desarrollar ansiedad, mientras que alguien con bajo riesgo genético sí podría”.
El aumento de la ansiedad: un problema de nuestro tiempo Hay un dato que los investigadores no pasan por alto: las tasas de ansiedad están aumentando de forma acelerada en las últimas generaciones. Y los genes, como bien saben los genetistas, no cambian tan rápido. Ese incremento no puede explicarse por mutaciones en el ADN.
“El aumento en los trastornos de ansiedad no puede explicarse por una sola causa. Se trata de un fenómeno multifactorial que involucra predisposición genética, cambios en los entornos sociales y económicos, sobrecarga laboral y exposición a situaciones traumáticas”, señala la licenciada Delfina Ailán, miembro del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO.
Es decir: si la ansiedad crece, es porque algo en nuestro entorno, en nuestra forma de vivir, de trabajar, de relacionarnos, está cambiando. Y eso, a diferencia de los genes, sí podemos modificarlo.
¿Para qué sirve entonces este descubrimiento? Si los genes solo explican el 6%, ¿qué utilidad tiene identificar 74 regiones genéticas? La respuesta es más esperanzadora de lo que parece.
Comprender la arquitectura genética de la ansiedad abre la puerta a la medicina personalizada: identificar qué personas tienen una mayor vulnerabilidad biológica y, por tanto, podrían beneficiarse de intervenciones preventivas más tempranas. También permite desarrollar tratamientos farmacológicos más dirigidos, actuando sobre vías biológicas específicas que ahora conocemos mejor.
Pero, sobre todo, este estudio nos devuelve la agencia. Nos recuerda que, aunque nacemos con un cierto equipaje genético, las decisiones que tomamos, los entornos que construimos, las relaciones que cultivamos y las políticas públicas que impulsamos tienen un peso decisivo en nuestra salud mental.
La profesora Thalia Eley, autora principal del estudio, lo resumió con claridad: “A pesar del impacto en la salud pública de la ansiedad, el progreso en la comprensión de su genética va por detrás de otras afecciones de salud mental. Dado el aumento de las tasas de ansiedad, especialmente en adultos jóvenes, es más importante que nunca mejorar nuestra capacidad para identificar y comprender las fuentes de riesgo”.
Conclusión: los genes no son un destino
Este estudio, el más grande jamás realizado sobre la genética de la ansiedad, nos entrega un mapa. Pero el mapa no es el territorio. Nos muestra dónde buscar, pero no nos dice quiénes somos.
La ansiedad no es solo biología. Es también historia personal, es contexto, es relación. Es el ruido de un mundo que no para, la presión de una vida que exige más de lo que podemos dar, la soledad de una sociedad que ha olvidado mirarse a los ojos.
Los científicos han encontrado 74 puntos en nuestro genoma. Pero el verdadero hallazgo, el que debería quedarse con nosotros al cerrar este artículo, es que el 94% de la historia todavía está por escribir. Y esa escritura no corre a cargo de nuestros genes, sino de nuestras vidas.
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