Por Ana S. (Redacción invitada)
Hay un momento, justo antes de escribir la primera línea en un diario, en el que ocurre algo extraño. El bolígrafo toca el papel, pero la mente se queda en suspenso. No es bloqueo. Es otra cosa. Es como si, por un instante, nos asomáramos a un espejo que no refleja nuestro rostro, sino todas las versiones de nosotros que aún no hemos nombrado.
Llevo años recomendando a pacientes y amigos que escriban. No por esa vieja idea de que ordenar los pensamientos sirva para “desahogarse” –aunque también– sino por algo más incómodo: el diario nos confronta con la persona que somos cuando nadie mira.
El ruido que nos impide escucharnos
Vivimos en una conversación constante. Con el móvil, con la pareja, con las expectativas, con el jefe que no dijo tal cosa pero sonó como tal cosa. Ese ruido de fondo termina por disfrazarse de nuestro propio monólogo interno. “Estoy enfadado porque…”, “Debería haber hecho…”, “Si ella supiera…” Frases repetidas, cáscaras vacías de emociones que nunca llegamos a pelar del todo.
El diario actúa como una cámara anecoica. Una habitación sin eco donde los pensamientos, al tener que volverse letra, se ven obligados a bajar la voz.
Recuerdo a un paciente, llamémosle Darío, que empezó a escribir tres líneas cada noche. Era esquinero de obra y decía que las palabras le pesaban como bloques. Al principio escribía cosas útiles: “Comprar leche”, “Llamar a la seguridad social”. Pero a los quince días apareció una frase que cambió el tono: “Hoy no he saludado al del quiosco. No sé si es que no me caía bien o que no me caía bien yo”.
Eso es el diario. No un registro de hechos. Un registro de pequeñas grietas.
Escribir para no seguir engañándonos
Lo paradójico es que el diario no sirve para guardar secretos. Sirve para descubrir los que nos contamos a nosotros mismos. Porque cuando relees lo que escribiste hace una semana, te encuentras con trampas narrativas que tu cerebro te tendió para sobrevivir al día.
“Estoy tranquilo”, anotaste. Pero al lado hay un garabato hecho con rabia, el bolígrafo perforó el papel. La letra se desvía en la esquina derecha. Ahí, sin que lo planearas, está la verdad: no estabas tranquilo. Estabas mordiéndote el labio para no llorar o no gritar.
El filósofo Michel Foucault decía que la escritura de sí no es una confesión, sino un trabajo. Una ascesis. Una manera de “raspar” la capa de discursos prestados que llevamos pegados. No escribimos para soltar lastre. Escribimos para encontrar el lastre que creíamos necesario y descubrir que era solo una piedra en el zapato.
Los tres miedos que todos compartimos
Cuando alguien me dice “Yo no podría llevar un diario”, casi siempre es por una de estas tres razones, aunque no se atreva a decirlas en voz alta:
- Miedo a encontrarse con el vacío. A sentarse a escribir y descubrir que “no hay nada”. Y ese nada, en realidad, da más miedo que el dolor. Porque el dolor al menos se siente. El vacío se parece a no existir.
- Miedo a gustarse poco. A leer las propias palabras y sentir que son sosas, quejumbrosas, repetitivas. Como si el diario nos obligara a admitir que no somos tan interesantes como creíamos.
- Miedo a empezar y no poder parar. Porque el diario, cuando engancha, tiene algo de adicción silenciosa. Es la única conversación donde siempre tienes la última palabra.
A esos tres miedos hay una respuesta única: no importa. El diario no es un producto. No es una red social. No necesita métricas ni coherencia. Puedes escribir una palabra un día y veinte páginas al siguiente. Puedes dibujar un punto y llamarlo poema. Puedes pegar el ticket del súper y escribir al dorso: “Hoy compré tomates y me acordé de mi abuela”.
Eso basta.
Una propuesta para este domingo
No voy a dar instrucciones. No voy a decir eso de “toma un cuaderno bonito y un bolígrafo azul”. Pero sí te propongo algo pequeño: esta noche, antes de dormir, escribe tres frases que empiecen con “Hoy he notado que…”.
No “hoy ha pasado que”. Sino “he notado”. Porque notar ya es medio camino hacia uno mismo.
“Hoy he notado que cuando suena el teléfono me pongo tenso.”
“Hoy he notado que he sonreído de verdad con un mensaje tonto.”
“Hoy he notado que no sé bien qué siento, pero escribir esto me ayuda a no huir.”
Eso es el diario. No un espejo. Una mano amiga que te dice: mira. Y cuando miras, por fin te ves.
Publicado en el suplemento dominical del Periódico de la Psicología.
medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 www.elperiodicodelapsicologia.info Teléfono: +34 675763503