Hace unas semanas, una paciente me dijo algo que no he podido sacarme de la cabeza: “No es que haya cambiado. Es que me cambiaron y no me avisaron”.
Llevaba dos años cuidando a su madre con Alzheimer, había dejado su trabajo de ilustradora —el que de verdad le llenaba— y ahora se descubría respondiendo con un tono seco a su pareja, algo que antes jamás hacía. Ella se sentía como un bicho raro. Como si una mañana hubiera despertado con patas de escarabajo y no supiera muy bien cómo usarlas.
Y claro, uno no puede evitar pensar en Kafka. En ese Gregorio Samsa que amanece convertido en un horrible bicho. Pero llevamos décadas leyendo mal ese cuento. No va de transformaciones mágicas. Va de cómo la vida te va aplastando hasta que un día ya no reconoces el reflejo.
La metamorfosis silenciosa de las pequeñas muertes
Los psicólogos clínicos vemos metamorfosis a diario. No son las espectaculares, las de esas personas que renacen tras una terapia exitosa —ésas son las que venden cursos de autoayuda—. Las que de verdad asustan son las lentas, las que se disfrazan de adaptación.
Una mujer que aguanta microviolencias en su matrimonio durante quince años. Un ejecutivo que empieza a tomar ansiolíticos para rendir más y termina necesitándolos para no temblar en las reuniones. Un adolescente que deja de dibujar porque “eso no da de comer” y a los veinticinco ya no recuerda cómo se sentía cuando lo hacía.
Esas metamorfosis no avisan. No hay un momento exacto en el que cruzas la línea. Por eso duelen tanto. Porque cuando te quieres dar cuenta, ya eres otro.
La trampa del “nuevo yo”
Lo que más me fascina —y preocupa— como terapeuta es cómo hemos convertido la metamorfosis en un producto de marketing. El coaching te vende que puedes reinventarte en veintiún días. Las redes te muestran transformaciones físicas con filtros. Incluso en psicología a veces caemos en la tentación de hablar de “la mejor versión de ti mismo” como si fuera un armario que puedes cambiar por la mañana.
Pero la verdadera metamorfosis da miedo. Duele. Desorienta.
Recuerdo a un paciente que dejó una carrera de éxito en banca para abrir una librería. Hermoso, ¿verdad? Pues pasó seis meses sin dormir, con ataques de pánico cada vez que abría la caja registradora, y una sensación de vértigo constante. “No sé quién soy ahora”, me repetía. “El banquero al menos sabía cómo vestirse. Este no”.
Necesitó dos años para reconciliarse con la versión anterior sin odiarla y con la nueva sin idealizarla. Eso es una metamorfosis de verdad: un proceso de duelo, no un cambio de cromos.
El escarabajo que llevamos dentro
Vuelvo a Kafka. Lo que asusta a la familia de Gregorio no es que su hijo sea ahora un bicho. Es que sigue siendo Gregorio. Sigue queriendo a su hermana, sigue preocupándose por el dinero, sigue queriendo hacer lo correcto. Pero ya nadie sabe cómo acercarse a él.
¿No les suena? Esa sensación de haber cambiado tanto por dentro que ya no encajas en los lugares donde antes sí. Pero sigues siendo tú. Con tus recuerdos, tus miedos de siempre, tus canciones favoritas. Solo que ahora todo el mundo te mira raro porque no entiende por qué no quieres volver a la oficina, o por qué ya no te ríes con los mismos chistes.
La psicología llama a esto discontinuidad biográfica. Yo lo llamo el pasillo estrecho de la mediana edad, ese tramo vital donde ya no eres el que eras pero todavía no eres el que serás. Y puede durar años.
Lo que nadie cuenta de las buenas metamorfosis
Aquí va una herejía para este periódico: no todas las metamorfosis psicológicas merecen la pena.
He visto a pacientes mejorar tanto que se volvieron insoportables. Gente que aprende a poner límites y se olvida de que los límites también necesitan cariño. Personas que dejan de ser dependientes y se convierten en fortalezas inexpugnables donde ya nadie puede entrar.
La terapia bien hecha no debería convertirte en otra persona. Debería ayudarte a habitar mejor la que ya eres, incluso sus partes rotas. O como dijo el psiquiatra Iñaki Piñuel: “La resiliencia no es volverse de acero. Es aprender a doblarse sin romperse”.
Algo parecido a una conclusión
No sé ustedes, pero yo he dejado de creer en la gente que presume de ser la misma de siempre. Es mentira, y además es triste. Llevamos veinte mil años de evolución cultural como especie. Cambiamos. Metamorfoseamos. Y está bien que duela un poco.
Lo que no está bien es que nos vendan el cambio como una línea recta hacia arriba. Como si fuera obligatorio salir mejor de cada crisis. Como si la tristeza por lo que dejamos atrás fuera un residuo a eliminar y no una parte legítima del proceso.
Así que si hoy amaneciste sintiéndote un poco escarabajo, un poco fuera de lugar, ni siquiera capaz de mover las patas nuevas como deberías: bienvenido al club. No hay prisa por aprender a caminar otra vez.
Eso sí —y esto va para los psicólogos que nos lean—, por favor, no le digas a tu paciente que “todo cambio es una oportunidad” antes de preguntarle de verdad qué es lo que está perdiendo. Porque a veces lo único que la gente necesita escuchar es: “Claro que duele. No tenías por qué pasar por esto solo”.
Y quizá, solo quizá, esa sea la única metamorfosis que realmente importa: aprender a sostener el dolor de otro sin querer arreglarlo. Convertirnos, por unos minutos, en esa habitación donde un escarabajo puede seguir siendo Gregorio sin que nadie cierre la puerta con llave.
Javier R. es psicólogo clínico y terapeuta sistémico. Sus columnas en este periódico intentan hablar de psicología sin recetar soluciones mágicas.
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