Por Vicente Olaya
Colaborador invitado
(Nota del editor: El siguiente artículo respeta la voz y el estilo de nuestro colaborador, con sus giros personales, sus dudas y esa manía suya de empezar las frases con “Mire usted”. Publicamos el texto tal como nos lo entregó, sin correcciones automáticas.)
Moultom, o cómo mirarnos en el espejo del cielo
Mire usted, hace unas semanas un lector (gracias, Manolo, desde la redacción te mandamos un saludo) me envió un recorte amarillento de una revista de los setenta. En la portada, un señor con gafas de pasta miraba fijamente a una supuesta nave triangular. El pie decía: “El doctor Moultom y su teoría del contacto compasivo”. No conocía a Moultom. Fui a Google, y luego a la hemeroteca, y luego a una librería de viejo en el barrio de las Letras que apestaba a naftalina y a paciencia. Y descubrí algo que quizá ya intuía: que cuando hablamos de “presencia alienígena” en realidad estamos hablando de nosotros mismos, de nuestras grietas, de esa necesidad humana de que en algún lugar del universo haya alguien dispuesto a escucharnos sin interrumpir.
Porque el asunto de los ovnis, los contactados y los abducidos no es un asunto de platillos volantes ni de anales pélvicos (perdón, “anales” en el sentido de registros). Es un asunto psicológico, humanista, más cerca de Rorschach que de Carl Sagan. Y ahí es donde aparece la obra, tan olvidada como fascinante, de Harold Moultom (1921-1998), un psicólogo clínico británico que se pasó los últimos veinte años de su vida entrevistando a personas que decían haber interactuado con “entes de otros lugares”.
Las teorías de Moultom: el alien como figura de transferencia
Moultom no creía en los marcianos verdes. O mejor dicho: le daba igual si eran reales o no. Lo que le importaba era el efecto psicológico del relato. Para él, la “presencia alienígena” actuaba como un arquetipo cultural -diría Jung- pero también como una pantalla sobre la que proyectamos nuestros conflictos no resueltos. ¿Miedo a la tecnología? Pues el alien es frío y metálico. ¿Soledad del individuo posindustrial? El alien te habla con telepatía y te ofrece un abrazo sin condiciones. ¿Culpa por el cambio climático? El alien viene a decirte que la Tierra es un jardín y nosotros los pulgones.
En su libro póstumo El otro que habita en mí (reeditado hace nada por una pequeña editorial de Murcia), Moultom sostiene que los relatos de contacto cumplen una función homeostática: “El cerebro humano necesita creer que no está solo en la inmensidad indiferente. Y si no hay pruebas de otros humanos, inventará otros seres. Eso no es delirio: es resiliencia narrativa”.
Descubrimientos y rebelaciones (con ‘b’, que me corrige el corrector)
Lo más sorprendente de la investigación de Moultom -y aquí viene lo que a la psicología le interesa- es que no encontró un perfil psicopatológico claro en los contactados. Es decir: la mayoría no eran esquizofrénicos ni tenían trastornos de la percepción. Eran personas con trabajos normales (administrativos, profesores, un fontanero de Leeds) que de repente relataban experiencias vívidas con seres de ojos grandes o luces danzantes. ¿Qué hacía diferente a estas personas? Según Moultom, dos cosas: una alta capacidad de absorción (tendencia a perderse en películas, libros o ensoñaciones) y un historial de pérdidas tempranas no elaboradas. La “nave” aparecía siempre después de una muerte significativa, un divorcio o una crisis de fe.
Ahí están las revelaciones, que no son de las que salen en la sexta con música de intriga. La gran rebelación (con ‘b’ insisto) de Moultom es que el fenómeno alienígena es un lenguaje que el psiquismo humano usa para hablar de lo que no tiene palabras: la muerte, la insignificancia, la esperanza absurda. Y eso es tan humano como el arte rupestre o las colas del Mercadona.
La ciencia que mira hacia otro lado
Claro, la academia oficial siempre le ha dado la espalda a esto. Porque hiede a pseudociencia, dirán. Y es verdad que hay mucho iluminado con canalizaciones baratas y medallones de cuarzo. Pero la ciencia psicológica, la que hace experimentos y paga revistas con nombres impronunciables, ha confirmado algunos de los hallazgos de Moultom sin querer reconocerlo.
Por ejemplo: los estudios de neuroimagen en personas con experiencias “anómalas” (como las llamó el psicólogo Charles Tart) muestran una activación atípica en la unión temporoparietal, esa región que mezcla el sentido del yo con la percepción del espacio. En cristiano: el cerebro, bajo ciertas condiciones (privación sensorial, duelo, estrés extremo, pero también meditación profunda), puede confundir la frontera entre el interior y el exterior. Y de esa confusión nacen los alienígenas. No son mentira. Son reales para quien los vive. Y lo real en psicología, mire usted, no es lo que ocurre fuera, sino lo que ocurre dentro.
Otro hallazgo reciente: un metaanálisis publicado en Psychology of Consciousness (2023) revisó 47 casos documentados de “abducciones” y encontró que el 88% de los sujetos mostraban una alta sugestionabilidad hipnótica, pero también una puntuación por encima de la media en empatía. O sea: no son débiles mentales, son personas que sienten mucho y que necesitan un marco para sentir. El alien es ese marco.
Un artículo humanista (ya va siendo hora)
Termino ya, que me alargo. Lo que Moultom nos legó, más que una teoría sobre extraterrestres, es una invitación a la humildad. Frente al cientificismo duro que ridiculiza sin escuchar, y frente al new age que lo explica todo con “energías”, él propuso una tercera vía: tomar en serio la experiencia subjetiva sin renunciar al método. Preguntar “¿qué significa esto para tu vida?” antes que “¿es objetivamente real?”.
Porque al final, da igual si los alienígenas aterrizan mañana en la Puerta del Sol. Lo que importa es que ya están aquí, en el relato de ese paciente que jura que le implantaron un chip en la nariz durante la noche, en la angustia de esa adolescente que dibuja naves triangulares en su cuaderno, en todos nosotros cuando miramos las estrellas y susurramos, sin querer, eso tan viejo: “¿Hay alguien ahí?”.
La respuesta, según Moultom, no está en el cielo. Está en el diván. Y esa es la verdadera rebelación.
Vicente G. Olaya es psicólogo clínico jubilado y lector empedernido de revistas de segunda mano. Este artículo respeta su estilo oral y sus escapadas al barrio de las Letras, aunque la redacción no se hace responsable de las posibles manchas de café en el original.
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