No se trata de ser feliz, sino de estar viva: Un mapa desordenado para las distintas estaciones de la mujer
Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
La trampa de la sonrisa perpetua. Me da miedo escribir sobre la felicidad. Porque cada vez que alguien dice «voy a enseñarte a ser feliz», me suena a esas revistas que venden cremas antiedad prometiendo detener el tiempo. La felicidad no es un estado al que se llega, es una textura que se siente en la piel según el viento que sopla.
Si estás leyendo esto, quizás, como yo, has pasado por la fase en la que todo el mundo te dice «disfruta la etapa», mientras tú estás ahogada en pañales, en facturas o en la incertidumbre de quién eres cuando nadie te mira. Este artículo no es una receta. Es un puñado de migas de pan que he recogido en mis tropiezos y en los de otras mujeres que se atreven a hablar sin filtros.
Fase 1: Los 20 y los 30 (o la era del «debería» .Aquí estamos todas, con el acelerador a fondo. El cuerpo responde, la energía sobra, pero la cabeza es un tsunami de expectativas. «Debería estar promocionando», «debería estar casándome», «debería estar viajando».
Cómo hacerlo: Deja de hacer. Suena a contradicción, pero en esta fase, la clave está en la pausa activa. No se trata de tener un plan B, sino de tener un «plan Z»: ese que solo te gusta a ti. Si te da vergüenza decir que tu hobby es ver reality shows o que tu gran sueño es tener un huerto de tomates, abrázalo. Esa vergüenza es el indicador de que estás viviendo para el qué dirán, no para ti.
Cómo vivirlo: Vivir esto es ensuciarse. Es cambiar de carrera a los 28, es llorar en el baño de la oficina, es mandar un mensaje que no deberías mandar. Vívelo con la misma pasión con la que te pones una mascarilla un domingo: sin prisa, pero con la certeza de que el caos también es parte del proceso. No construyas una casa sobre cimientos de «debería», porque tiembla.
Fase 2: Los 40 y los 50 (o el despertar de la invisibilidad). Ahí está el espejo. Y empiezas a notar que la sociedad te vuelve transparente. Ya no te silban en la calle (qué alivio), pero tampoco te preguntan tu opinión en la mesa. Es la fase de la rebelión silenciosa.
Cómo hacerlo: Aprende a decir «no» sin dar explicaciones. Este es el gran arte femenino que nos cuesta horrores. Si no quieres ir a esa cena, no vayas. Si no quieres cuidar de los nietos este fin de semana, no los cuides. La felicidad aquí no está en servir, está en elegir a quién sirves. Convierte tu casa en tu refugio, no en tu cárcel. Compra esas flores que te parecen caras para la mesa del comedor, aunque nadie las vea más que tú.
Cómo vivirlo: Vívelo como una segunda adolescencia, pero con dinero y criterio. Permítete la rebeldía de usar el pelo gris si te da la gana, o teñírtelo de rosa si te apetece. En esta fase, la vida feliz no es la que tiene menos arrugas, sino la que tiene más risas genuinas. Busca amigas que no te juzguen por engordar o por flaquear, sino que te pasen el vino y te digan: «hermana, yo te veo bien».
Fase 3: Los 60 en adelante (o la cosecha). Llega un momento en el que te das cuenta de que la vida no es una carrera de velocidad, sino un partido de tenis contra ti misma. Ya no importa tanto el qué, sino el con quién.
Cómo hacerlo: Despréndete. Literal y metafóricamente. Regala los objetos que te atan al pasado, pero conserva los que te hacen cosquillas en el alma. Si no te gusta alguien, aléjate sin culpa. El tiempo ya no se negocia. Dedica una hora al día a hacer absolutamente nada. Mirar por la ventana cuenta como hacer algo.
Cómo vivirlo: Vive con la cadencia de quien ya no tiene que demostrar nada. Esa es la gran liberación. La felicidad aquí es un acto de resistencia: es levantarse con el dolor de rodillas pero hacerlo igual para ver el amanecer. Es comer el postre primero. Es reírse de la propia muerte. Es entender que la plenitud no es un destino, es la manera en la que doblas la ropa o la forma en la que aceptas que ese día no fue bueno, y está bien.
El secreto que no te cuentan. He intentado estructurar esto por edades, pero la verdad es que todo ocurre al mismo tiempo. Una mujer de 30 puede estar en la fase de la «invisibilidad» emocional, y una de 60 puede estar en la de los «debería».
El único consejo que puedo darte, el que me repito a mí misma los días malos, es este: No confundas estar serena con estar muerta. La mujer feliz no es la que siempre sonríe, es la que llora cuando toca, se enfada cuando la pisotean y baila cuando le nace.
No se trata de «gestionar» las fases como si fueran proyectos de empresa. Se trata de habitarlas como se habita una casa vieja: con goteras, con paredes desconchadas, pero con la calefacción encendida y la puerta abierta para las que quieran entrar.
Tú no eres una etapa. Tú eres la temperatura que pones en cada una de ellas. Elige el calor.
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