La esquizofrenia y el trastorno bipolar se dibujan en redes neuronales

La geografía íntima del cerebro: cuando la esquizofrenia y el trastorno bipolar se dibujan en redes neuronales

Hay preguntas que la psiquiatría lleva décadas persiguiendo sin alcanzar del todo. ¿Qué ocurre realmente en el cerebro de una persona con esquizofrenia? ¿Y en el de alguien con trastorno bipolar? Durante mucho tiempo, las respuestas han sido esquivas, ocultas en la complejidad de un órgano que no se deja fotografiar con facilidad. Pero algo está cambiando. Dos investigaciones recientes han logrado asomarse a esa geografía íntima del cerebro con una resolución que antes parecía imposible, y lo que han encontrado dibuja un mapa nuevo, más preciso, más humano.

El mapa que no encaja: redes cerebrales que se desbordan. Imaginen el cerebro como un atlas. Cada región tiene su lugar, sus límites, sus conexiones con otras regiones. En un cerebro sano, ése atlas es reconocible, estable, ordenado. Pero en personas con esquizofrenia o trastorno bipolar, algo se rompe. Los límites se difuminan.

Un estudio publicado en Molecular Psychiatry utilizó una técnica novedosa para analizar la conectividad funcional de 158 pacientes con trastornos psicóticos. En lugar de aplicar plantillas genéricas, como se hacía hasta ahora, los investigadores construyeron un mapa de conectividad personalizado para cada individuo. Y entonces apareció lo que buscaban: patrones únicos que se correlacionaban directamente con los síntomas de cada persona. Podían estimar la gravedad de los síntomas positivos, negativos y maníacos con una precisión que nunca antes se había logrado, con correlaciones que alcanzaban hasta el 0,51.

Lo más revelador fue que los circuitos responsables de los síntomas positivos y los negativos eran prácticamente independientes. No era un mismo problema con distintas caras, sino problemas diferentes que conviven bajo el mismo diagnóstico. Y aún más: los mapas que predecían síntomas en la esquizofrenia no servían para el trastorno bipolar, y viceversa. La psicosis, al fin, empezaba a mostrar sus distintas identidades.

Otra investigación, publicada en Scientific Reports, ha añadido una pieza más a este rompecabezas. Utilizando electroencefalografía dinámica, científicos españoles descubrieron que tanto la esquizofrenia como el trastorno bipolar comparten un rasgo común: una rigidez en la conectividad cerebral, especialmente en la banda beta. El cerebro sano fluctúa, cambia de estado constantemente. El cerebro con estos trastornos parece atascado, incapaz de realizar esa danza flexible. Los autores hablan de un posible biomarcador común de psicosis. Una huella, quizás, que precede a los síntomas y nos permite anticiparlos.

La proteína que silencia las conexiones: el misterio de la ankirina-G. Pero los mapas cerebrales no son suficientes. Para entender un trastorno hay que bajar al nivel molecular, a las piezas diminutas que construyen la maquinaria neuronal. Y ahí aparece un nombre recurrente: ANK3, el gen que fabrica una proteína llamada ankirina-G.

Hace años que los estudios de asociación genómica señalaban a ANK3 como un factor de riesgo para el trastorno bipolar. Pero no se entendía por qué. Ahora, un equipo de la Universidad de Michigan ha dado con una pieza clave del mecanismo. En un modelo animal, al eliminar la ankirina-G en las neuronas de la corteza cerebral, las conexiones inhibitorias —las que frenan la actividad neuronal— se debilitaban. Las neuronas se volvían hiperactivas. Y los animales desarrollaban comportamientos que recordaban a la manía humana. El litio, uno de los fármacos más antiguos y eficaces para el trastorno bipolar, conseguía restaurar parcialmente ese equilibrio.

¿Qué significa esto en lenguaje humano? Que en el cerebro de algunas personas con predisposición genética al trastorno bipolar, la ankirina-G no cumple bien su función. Las neuronas pierden el freno. La actividad se desborda. Y esa desregulación, en el contexto adecuado, se traduce en los altibajos extremos que definen la enfermedad. Es, como explica el doctor Eduard Vieta, una prueba de que los trastornos mentales graves no son compartimentos estancos, sino fenómenos que afectan a todo el organismo.

La esperanza de un tratamiento a medida. El avance más prometedor, sin embargo, quizá no esté en la biología molecular sino en la simulación. El proyecto europeo Virtual Brain Twin pretende crear gemelos digitales del cerebro de cada paciente. Un modelo matemático que refleje su conectividad única, sus patrones de activación, sus respuestas a los fármacos. Los médicos podrían probar distintas estrategias terapéuticas en ese gemelo virtual antes de aplicarlas al paciente real. Simular cambios de medicación, ajustar dosis, anticipar efectos secundarios.

El proyecto, que coordina la Universidad Rey Juan Carlos, se centra inicialmente en esquizofrenia, epilepsia e ictus. La idea es que los neurocientíficos puedan observar, casi en tiempo real, qué ocurre cuando se modifica un parámetro del tratamiento. Es una medicina personalizada que hasta ahora solo existía en la ciencia ficción.

Mirar el cerebro con ojos nuevos. Estos avances nos devuelven a una verdad incómoda: durante demasiado tiempo hemos tratado la enfermedad mental como si fuera una cuestión de voluntad o de carácter, como si ocurriera en un plano separado del cuerpo. Los estudios que hemos repasado aquí nos recuerdan que la esquizofrenia y el trastorno bipolar tienen una base biológica tangible. Que se pueden medir, que se pueden mapear, que se pueden simular.

Y también nos recuerdan que estas enfermedades no son monolíticas. Detrás de un diagnóstico hay cerebros distintos, mapas distintos, historias distintas. La psiquiatría del futuro, la que ya se está construyendo en laboratorios y hospitales, no tratará trastornos. Tratará personas. Conocerá sus redes neuronales como se conoce una ciudad, sus callejones y sus avenidas. Y sabrá, quizás, por dónde empezar a reparar el camino.


Este artículo se basa en investigaciones publicadas en Molecular Psychiatry, Scientific Reports, Biological Psychiatry: Cognitive Neuroscience and Neuroimaging, Neuropharmacology y otras revistas científicas, así como en los proyectos del Hospital Clínic-IDIBAPS y el consorcio europeo Virtual Brain Twin.

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